Aragoneses entre los últimos de Filipinas
La resistencia en la iglesia de Baler durante casi un año dio la vuelta al mundo

Supervivientes de los últimos de Filipinas

Estas últimas semanas, gran parte de la actualidad internacional la está marcando el actual presidente de los Estados Unidos, el inefable Donald Trump, que con sus disparates y formas de actuar más propias de los caprichos de un niño que del gobernante de una de las mayores potencias del mundo, están poniendo en peligro e incluso han quebrado ya de forma definitiva el orden mundial de las últimas décadas. El nuevo capricho es Groenlandia, a pesar de ser territorio soberano de una potencia aliada de Estados Unidos como es Dinamarca, y de que sea un país miembro de la OTAN.
Sin embargo, la Historia es cabezona, y nos muestra que estos caprichos y formas de actuar son solo ecos del pasado, porque como se suele decir, la historia es como la morcilla. Está hecha de sangre, y se repite. Nos vamos a finales del siglo XIX con una España a la que todavía le quedaban algunos jirones de su antiguo Imperio ultramarino, como Puerto Rico, Filipinas y sobre todo Cuba, gracias a las cuales todavía se intentaba mantener de cara a la galería una ficción de gran potencia que a todas luces era irreal.
En los últimos años del siglo se tuvo que afrontar rebeliones y guerras por la independencia tanto en Filipinas como sobre todo en Cuba, iniciándose el conflicto de esta última en 1895. El caso filipino se logró reconducir firmándose un acuerdo de paz, mientras el conflicto cubano se alargó en el tiempo hasta que EE.UU. decidió intervenir. Y lo hizo utilizando un accidente, o quizás incluso un sabotaje propio, pues el 15 de febrero de 1898 estalló el acorazado USS Maine mientras estaba anclado en el puerto de La Habana. Estados Unidos, deseoso de seguir llevando a cabo la famosa Doctrina Monroe (América para los americanos estadounidenses), utilizó esta tragedia para culpar a España, declarar la guerra y quedarse con todo.
Mientras tanto, la paz alcanzada con los filipinos había sido aprovechada por el gobierno español para reducir efectivos y costes en el archipiélago, por lo que el habitual destacamento situado en Baler, en la isla de Luzán, que había sido de 400 hombres, fue sustituido por un remplazo de apenas 50 efectivos. Los independentistas filipinos, ahora azuzados y armados por EE.UU., volvieron a las armas cogiendo por sorpresa a este destacamento español al que todavía no le habían llegado de forma clara las noticias del estallido de la guerra con EE.UU.
De esa forma, cuando todo estalló, no tuvieron más remedio que encastillarse en la iglesia de Baler, comenzando el asedio el 1 de julio de 1898 y que se alargaría durante casi un año. Serían conocidos como los “últimos de Filipinas”. Entre ellos por supuesto hubo varios aragoneses. El primero se llamaba Santos González Roncal, y era natural de la localidad zaragozana de Mallén, logrando sobrevivir a ese infierno en un asedio en el que sufrieron todo tipo de penalidades.
Hambre, enfermedades y el mismo peligro de la guerra, mientras el mando de la tropa se negaba a rendir la plaza. El segundo aragonés conocido que estuvo entre la tropa fue otro zaragozano, en este caso de la localidad de Tauste, y que se llamaba Baldomero Larrodé Paracuello. Este no tuvo tanta suerte, pues falleció por enfermedad en la iglesia de Baler el 9 de noviembre de 1898 cuando ya llevaban algo más de cuatro meses de asedio. Y el tercer aragonés fue Marcos Mateo Conesa, natural de la localidad turolense de Tronchón, logrando sobrevivir y regresar a España, falleciendo años más tarde en 1923.
El asedio duró mucho más allá incluso de la firma de la paz con Estados Unidos con el Tratado de París del 10 de diciembre de 1898. Un acuerdo con el que ambos países firmaron el fin de las hostilidades a cambio de que España abandonara Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pasando estos dos últimos territorios directamente a soberanía estadounidense. En los meses siguientes fueron numerosos los emisarios que llegaron ante el destacamento acantonado en la iglesia de Baler, que a pesar de todo seguían resistiendo. Tanto filipinos como estadounidenses y españoles llegaron hasta allí, pero una y otra vez fueron rechazados pensando que se trataba de un engaño por parte de los filipinos para que se rindieran y entregaran la plaza.
Finalmente, en mayo de 1899 llegó un nuevo enviado, el teniente coronel Aguilar, que de nuevo no logró convencer a los asediados. Con él había llevado varios ejemplares de prensa española que dejó en la iglesia, y gracias a ellos descubrieron varias noticias que era imposible que hubieran sido inventados por lo filipinos, siendo esta la manera en la que se dieron cuenta de que era verdad que la guerra había terminado. Así, el 2 de junio de 1899, y tras 337 días de resistencia en unas penosas condiciones, los supervivientes entregaron la plaza, entre ellos el mallenero Santos González y el tronchonero Marcos Mateo, pudiendo así regresar a una España cuyas élites, heridas en su orgullo nacional por la derrota en la guerra mientras los pobres iban al campo de batalla, se encargaron de inmortalizar.
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