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El Torreón de la Zuda, el alcázar de Zaragoza que sobrevive a una historia milenaria
Los gobernadores musulmanes establecieron su residencia en un palacio en el centro de Saraqusta, del cual hoy todavía se conserva esta famosa torre

El Torreón de la Zuda de Zaragoza. / SERGIO MARTÍNEZ GIL
Hoy vemos a su lado algunos de los restos más importantes de ese perímetro amurallado de época romana con el que Caesaraugusta trató de defenderse a partir de la segunda mitad del siglo III d.C. en una época en la que gran parte del Imperio romano estaba a merced de casi continuas guerras civiles, usurpadores del trono, e invasiones de los pueblos que estaban más allá del limes que marcaba la frontera. Siglos más tarde llegó la conquista islámica de la mayor parte de la península ibérica, y la Saracosta visigoda cayó bajo el dominio musulmán hacia el año 714, pasando unas décadas más tarde a formar parte del Emirato de Córdoba de la dinastía Omeya. Un Emirato que ya en el siglo X se convirtió en Califato, siendo Zaragoza durante todo este periodo la principal ciudad de la Marca Superior. Es decir, la zona fronteriza con los cristianos del norte y que a la vez estaba más alejada del poder cordobés. Esto hacía que los gobernadores de la región gozaran de una mayor autonomía dado que tenían que responder o realizar ataques sin tener que esperar a las instrucciones dadas desde Córdoba. Pero claro, cuando a veces se da la mano, te cogen todo el brazo, y eso hizo que muchos de esos gobernadores de Saraqusta fueran a veces algo rebeldes al poder central.
¿Pero dónde se establecieron esos gobernadores en la ciudad? Pues integrado en el casco urbano, y reutilizando parte de ese recinto amurallado romano, construyeron todo un palacio que sirvió de residencia del gobernador de turno y en el que también se centralizó toda la administración del poder. Ese lugar fue el alcázar de la Azuda o Sudda, y que ha llegado hasta nosotros con el nombre de Zuda. En resumen, el Torreón de la Zuda fue la torre del homenaje de este alcázar musulmán desde el que primero se gobernó la Marca Superior, y donde después residieron los reyes de la taifa zaragozana tras proclamar su independencia a principios del siglo XI mientras el Califato de Córdoba colapsaba sumido en una constante guerra civil. Entonces, ¿qué ocurre con el palacio de la Aljafería? Recordemos que el alcázar fue la residencia habitual de esos gobernadores de la Zaragoza musulmana durante siglos, y también de los primeros reyes de la taifa independiente. No será hasta su periodo de esplendor, ya a mediados del siglo XI, cuando el rey Abú Yaáfar Áhmad ibn Sulayman, más conocido como al-Muqtádir, decidió mostrar todo ese esplendor y poder de su reinado construyéndose un palacio de recreo para el verano, a las afueras de la ciudad, y para poder escapar de los rigores del calor zaragozano con un lugar moderno y fresco. Ese palacio fue la Aljafería, cuyo nombre realmente viene de alya’fariyah. Es decir, «la casa de Yaáfar».
Eso no significó que el alcázar fuera abandonado, pues siguió siendo la residencia invernal de los reyes de la taifa, así como el centro de poder y gobierno. Seguramente desde allí actuó como visir de la ciudad el filósofo zaragozano Avempace durante el breve dominio almorávide, hasta que ya el 18 de diciembre del año 1118, Alfonso I el Batallador conquistó la ciudad y la incorporó al reino de Aragón, convirtiéndose así en la nueva y definitiva capital. Durante el resto de ese siglo XII y parte del siguiente el alcázar zaragozano siguió utilizándose como residencia real, aunque en el año 1180 Alfonso II el Casto cedió parte de las dependencias a la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén.
Hubo episodios también curiosos, como la rebelión que estalló en la ciudad a principios del año 1225 contra Jaime I de Aragón y que mantuvo al monarca y a su primera esposa, Leonor de Castilla, encerrados en la Zuda durante tres semanas hasta que les dejaron marchar. En adelante, los monarcas aragoneses comenzaron a utilizar la Aljafería como residencia real, mientras que el viejo alcázar siguió siendo utilizado por los caballeros hospitalarios mientras se transformaba poco a poco con el paso de los siglos. A su lado se construyó la iglesia de San Juan de los Panetes sustituyendo a la antigua iglesia dedicada a San Juan Bautista. El antiguo alcázar musulmán quedó transformado completamente, y de hecho gran parte de lo que vemos en su torre del homenaje, el actual Torreón de la Zuda, es fruto de las reformas que vivió del siglo XVI en adelante. Ya en 1835 el edificio fue uno de los que se vieron afectados por la Desamortización de Mendizábal y quedó abandonado durante un tiempo, hasta que em 1857 el príncipe Francisco de Paula, tío de la reina Isabel II, permitió el uso de parte del palacio de la Zuda a las Religiosas Adoratrices, fundadas el año anterior por la Madre Sacramento, vizcondesa de Jorbalán, y que se dedicaban a ayudar a salir a las mujeres de ejercer la prostitución. Allí estuvieron hasta 1910, quedando abandonado el antiguo palacio que, con el paso de los años, y dado el estado de ruina al que llegó, fue derribado salvo la torre (renovada en 1910), en la década de 1930. n
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