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El fantasma de la Torre Nueva, un icono de Zaragoza añorado por su historia y trágico final

Una leyenda cuenta que un fantasma habitaba la desaparecida torre zaragozana

El fantasma de la Torre Nueva, un icono de Zaragoza añorado por su historia y trágico final

El fantasma de la Torre Nueva, un icono de Zaragoza añorado por su historia y trágico final / J. LAURENT

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Cuando hablamos de patrimonio cultural y sobre todo arquitectónico de la ciudad de Zaragoza, el ejemplo que siempre se nombra y que todavía sigue siendo llorado y añorado por los amantes de la capital aragonesa y su historia es la Torre Nueva. Especialmente por la forma en la que desapareció, siendo víctima de los caprichos de unos pocos aun a pesar de la oposición de buena parte de la ciudadanía y de figuras como Anselmo Gascón de Gotor, que bautizó esa actuación como un auténtico “turricidio”.

Tan añorada es, que muy habitualmente se la recuerda en prensa (como en esta misma ocasión), e incluso surgen proyectos que proponen su reconstrucción. Una idea con la que tengo sentimientos encontrados, ya que por una parte sería “recuperar”, al menos en espíritu, el que fue un icono zaragozano durante casi cuatro siglos, pero que al final no dejaría de ser algo falso y podría sentar un precedente en cuanto a la idea de que se puede arrasar cualquier patrimonio diciendo que si en el futuro nos arrepentimos siempre se puede reconstruir. Algo que, bajo mi punto de vista, sería muy peligroso.

La Torre Nueva fue construida entre los años 1504 y 1512, un momento crucial en la historia europea pero también para los reinos hispánicos y en este caso un Aragón donde reinaba Fernando II el Católico. Al contrario de la mayoría de las torres, asociadas a un templo, esta era totalmente exenta, se ubicó en la plaza de San Felipe, en pleno centro de la ciudad, y era una edificación civil que tenía la función de convertirse en la torre del reloj público, con cuyas horas y campanadas regiría los días y las noches de sus habitantes. Hecha en ladrillo, la construcción fue diseñada por los maestros cristianos Gabriel Gombao y Antón Sariñena, y por los maestros mudéjares (musulmanes viviendo en territorio cristiano) Juce Galí, Ismael Allabar y Monferriz.

El resultado fue una bella torre de estilo mudéjar y de más de 80 metros de altura que además empezó a tener muy pronto una peculiaridad: la torre estaba inclinada. Bastante más incluso que la famosa Torre de Pisa, y era algo que en los siglos siguientes llamó la atención de los viajeros que pasaban por una capital aragonesa a la que se comenzaba a llamar “la Florencia de España”, dada la riqueza y ostentación de sus templos, edificios públicos como esta torre, o la fastuosidad de sus más de doscientos palacios.

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