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El Palacio Real de Huesca

De residencia y centro de poder de los reyes de Aragón, a sede universitaria y museo.

Palacio Real de Huesca, hoy sede del Museo de Huesca

Palacio Real de Huesca, hoy sede del Museo de Huesca / Historia de Aragón

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Si en un artículo anterior hablé de la historia de uno de los dos palacios reales que llegó a tener la ciudad de Zaragoza y del que hoy en día tan solo queda el Torreón de la Zuda, tremendamente transformado desde su forma original, esta vez me centro en otra de las residencias reales que llegaron a tener los reyes de Aragón durante las primeras etapas de la existencia del reino aragonés. Ese lugar es el palacio real de Huesca, cuya estructura también ha sufrido importantes cambios a lo largo de los siglos, y que hoy en día forma parte del museo de la capital oscense.

Recordemos primero que cuando hablamos de capital en etapas históricas anteriores, este concepto no tiene por qué ser precisamente el que hoy en día tenemos cuando pensamos en la capital de un país. Especialmente en una época en la que la monarquía, como institución, era itinerante, sobre todo en unas entidades políticas peninsulares que estaban muy volcadas a las habituales campañas militares hacia al-Andalus (y contra sus vecinos cristianos). Esto provocaba que el soberano de turno se moviera mucho por sus dominios, especialmente en la época de buen tiempo (primavera y verano), que era cuando habitualmente se realizaban las campañas militares de mayor envergadura. Por supuesto el soberano no iba solo, y estaba acompañado de su séquito y, en definitiva, de la corte, lo que suponía que el centro de poder y de toma de decisiones estaba allí donde se encontrara el monarca. Eso no quita que existieran ciudades marcadas como una especie de sede más habitual, sobre todo si el monarca no se encontraba en una campaña militar, y donde residían muchas veces los miembros de su propia familia. Algo que no niega que también pudieran residir temporalmente en otros lugares.

Inicialmente, la primera residencia real, por llamarla de alguna manera, que tuvo la monarquía aragonesa en el siglo XI, estuvo en Jaca, el que fuera el principal centro urbano, económico y de poder durante los reinados de Ramiro I, y sobre todo de su hijo y sucesor, Sancho Ramírez. Poco se sabe de este lugar, que probablemente estuviera emplazado donde hoy encontramos el Monasterio de las Benedictinas, en la calle Mayor jacetana. Pero ese pequeño reino de las montañas ambicionaba dominar el llano, y para eso debía arrebatárselo a la taifa de Zaragoza.

Tras un primer intento fracasado en el año 1094 que le costó la vida al mismísimo rey Sancho, dos años más tarde su sucesor, Pedro I, logró conquistar Wasqa, la Huesca musulmana, después de vencer al ejército de socorro en la Batalla de Alcoraz enviado por el rey al-Mustaín II desde Zaragoza. Huesca volvía a ser cristiana, y enseguida se convirtió en la nueva gran ciudad del reino aragonés y en su nuevo y principal centro económico y de poder. ¿Pero dónde se alojaron los soberanos en la capital oscense? El lugar elegido fue, al igual que ocurriría unos más tarde tras conquista Zaragoza, el viejo alcázar islámico que tenía la ciudad. El edificio donde residió hasta entonces y desde el que había gobernado el walí o gobernador de Wasqa. Un edificio que sería muy transformado tras la conquista aragonesa, pero del que quedan bastante más huellas tangibles que en el caso de Jaca.

El alcázar o Zuda de Huesca se situaba en la zona más elevada de la ciudad, y en ese mismo emplazamiento se construyó el nuevo palacio real. Hoy queda su torre del homenaje, que mantiene una curiosa planta hexagonal del antiguo alcázar. Todavía se pueden ver en la base de la torre materiales de construcción que seguramente fueron reutilizados del edificio anterior. En el interior de la torre podemos encontrar en la planta baja la Sala de la Campana, en la que el pintor José Casado del Alisal ambientó en el siglo XIX su espectacular cuadro sobre la leyenda de la Campana de Huesca con Ramiro II el Monje como protagonista. Una sala que realmente se creó para que fuera utilizada como cripta de la iglesia que hubo justo en la planta superior de la torre, conocida ahora como la Sala de doña Petronila.

En el resto de lo que queda del antiguo edificio del Palacio Real de Huesca encontramos entre otras estancias un gran salón, que se considera que pudo tener la función de salón del trono y en el que desde luego se tomarían importantes decisiones en una época en la que el reino aragonés fijaba su futura expansión hacia las tierras y ciudades de la cuenca media del río Ebro. Anexo a ese complejo palacial, y formando actualmente un todo, está el edificio de planta octogonal, conformando así el actual Museo de Huesca. Un lugar de visita obligada y que recordemos que fue durante varios siglos la sede principal de la universidad más antigua del reino de Aragón y la tercera de toda la Corona de Aragón: la Universidad Sertoriana de Huesca. Creada por orden de Pedro IV el Ceremonioso en el año 1354, por estos edificios pasaron numerosas estudiantes y maestros durante siglos, hasta su cierre definitivo tras una larga decadencia a mediados del siglo XIX.

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