¿Merece ser conservado el antiguo edificio de Correos de Zaragoza?
No tiene porqué gustar a todo el mundo, porque de ser esa la única vara de medir, hoy en día estaríamos hablando de auténticos crímenes contra el patrimonio

Edificio brutalista de la antigua sede de clasificación de Correos. / Jaime Galindo
Sirvan estas líneas para poner otro granito de arena más en el debate ciudadano e institucional, así como de las reclamaciones de diversas asociaciones, sobre la conservación o no del antiguo edificio de la capital aragonesa dedicado a la clasificación de Correos. En más de una ocasión he mostrado en esta sección mi parecer personal, pero también profesional como historiador y gestor de patrimonio cultural, de la importancia que supone el preservar el patrimonio artístico y arquitectónico en cualquier ciudad. Especialmente de aquellos ejemplos que tienen por sus características un carácter especial, que cuentan un pedacito de la historia en este caso de Zaragoza, por muy reciente que esta sea.
Por recapitular, este edificio se construyó en la década de los años 70 del pasado siglo y se sitúo junto a la antigua estación ferroviaria de El Portillo, precisamente para dar una mejor salida a ese correo que se movía por tren hacia todo el país. El diseño del edificio corresponde al arquitecto madrileño Carlos Gonzáles Cruz, y es el gran ejemplo en la capital aragonesa de arquitectura brutalista. ¿Pero qué es el brutalismo?
Es un estilo arquitectónico surgido en Gran Bretaña en la década de 1950 en el tiempo de posguerra, con edificios caracterizados por su minimalismo y utilizando materiales de construcción desnudos, mostrando los elementos estructurales del edificio poniéndolos por encima de la decoración. En esos materiales destacan el uso del hormigón y el ladrillo vistos, sin lucir ni pintar, y utilizando en el diseño formas geométricas. También se utilizan el acero, el vidrio, e incluso la cerámica, como en este ejemplo zaragozano. Este tipo de arquitectura se extendió en las décadas siguientes por el mundo, y en el caso de Zaragoza, el de Anselmo Clavé es su gran exponente.
Por supuesto hay que ser sincero. Es un tipo de arquitectura que no gusta a todo el mundo, y desde luego para gustos están los colores. Pero el debate debe ir mucho más allá de ser un edificio que guste precisamente por la misma cuestión. No tiene porqué gustar a todo el mundo, porque de ser esa la única vara de medir, hoy en día estaríamos hablando de auténticos crímenes contra el patrimonio. Por poner un ejemplo, en el siglo XVIII y comienzos del XIX, la arquitectura gótica estaba vista como fea, antigua y pasada de moda, siendo el neoclasicismo lo que gustaba.
Por ejemplo, cuando Napoleón Bonaparte se coronó en Notre Dame en el año 1804, se cubrió la fachada del edificio con grandes lonas que hacían parecer a este maravillo templo como si fuera un edificio del estilo que se llevaba entonces, decorándose también el interior en ese mismo sentido. Si hubieran existido en ese momento los medios económicos para hacerlo, se habría derribado completamente la catedral gótica para construir allí otro edificio neoclásico, de la misma forma que el gótico sustituyó en innumerables lugares a los templos precedentes realizados en estilo románico cuando este pasó de moda. El gusto no debe ser pues, el único criterio que se deba valorar.
Comienzo de las obras
Esta semana empezaron las labores de derribo del edificio, pero que han sido paralizadas de momento por el departamento de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón ante las reclamaciones de asociaciones vecinales como la Joaquín Costa y también por Apudepa que reclaman desde hace tiempo la catalogación del edificio como Bien de Interés Cultural (BIC). Legalmente, el derribo no se puede realizar mientras no se dictamine si el edificio merece o no la máxima catalogación de protección que ofrece la legislación actual. ¿Pero la merece?
Como comentaba, el edificio puede gustar o no, pero también hay que valorar su excepcionalidad y su estilo por encima de otras cuestiones. Y este edificio es, sin ningún tipo de duda, el máximo exponente de un estilo arquitectónico que no abunda en la capital aragonesa. Es parte de la historia reciente de la ciudad, y un elemento más que da carácter al entramado urbano en una época en la cada vez más las ciudades se están convirtiendo en una especie de corta y pega las unas de las otras. Y sinceramente, Zaragoza ha perdido ya demasiados ejemplos en los últimos años de edificios y complejos icónicos.
Fundaciones como Docomomo Ibérica lo tienen catalogado como un edificio a proteger dada su singularidad, y podría convertirse, una vez restaurado, en un equipamiento público que podría utilizarse perfectamente como centro cívico de la zona, como futura sede del siempre anhelado y postergado Museo de los Sitios Napoleónicos, o como zona de exposiciones creando junto al vecino Caixa Forum una especie de nueva “milla de los museos” zaragozana como existe en otras capitales europeas. Opciones hay muchas. Pero quizás sea mejor derribar lo ya existente para construir un nuevo y anodino edificio cebra. Igual a todos los que se construyen en la actualidad. ¿Acaso no merece la pena pensarlo un poco más antes de que sea, una vez más, demasiado tarde?
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