La historia tras una de las puertas más icónicas de Zaragoza: la Puerta del Duque de la Victoria
La puerta inicial en honor a Espartero se tuvo que levantar a toda prisa en apenas dos semanas

Restos de la Puerta del Duque de la Victoria de Zaragoza

Las grandes obras urbanas suelen traer muchos inconvenientes tanto a peatones como sobre todo al tráfico y a los vecinos de alrededor, además de que el resultado final no suele contentar a todo el mundo. Pero más allá de eso, cuando se producen obras a cierta profundidad en la zona más antigua de las ciudades, lo que ocurre habitualmente es que se encuentran restos del pasado, ya conocidos o no, y que dan una oportunidad, aunque sea fugaz, de estudiarlos y recomponer un pequeño pedazo más de la historia de la ciudad.
En el caso de Zaragoza lo hemos visto en este primer cuarto de siglo XXI, pues con las enormes obras de Paseo Independencia para construir un parking se encontró todo un barrio, el de los Sinhaya, que empezó a cambiar lo que se sabía hasta entonces sobre la ciudad medieval. Hallazgos mucho más recientes, como los de la zona de Paseo María Agustín y sobre todo los de la calle Pomarón, al otro lado del río Huerva, parecen confirmar algunas teorías que hablaban de que la Zaragoza de época islámica era muchísimo más grande de lo que se creía, llegando incluso a casi duplicar la población que las estimaciones daban hasta entonces.
En este sentido, las últimas grandes obras en el casco urbano más antiguo de la capital aragonesa están afectando en su primera fase a la plaza de San Miguel, y obviamente, tanto en las catas previas como en el transcurso actual de las obras, han ido saliendo algunos restos. El anuncio más reciente es el que se produjo hace tan solo unos días y en el que se han encontrado restos de la antigua muralla medieval y de una de las doce puertas que llegó a tener la ciudad: la Puerta del Duque de la Victoria. Una entrada a la ciudad que, por supuesto, también cuenta con sus propias anécdotas.
Su historia nos lleva al año 1854, momento en el que en España reinaba Isabel II de Borbón y en el que se produjo un nuevo pronunciamiento militar que llevó al gobierno al sector más progresista del liberalismo del momento, siendo este liderado por su gran paladín, el general Baldomero Espartero. Se abría el conocido como Bienio Progresista, un corto periodo de tiempo en el que además España vivió cierta bonanza económica, en parte debida al contexto internacional del momento.
El año anterior había estallado la Guerra de Crimea (1853-1856), en la que el Imperio ruso atacó al decadente Imperio otomano. Sin embargo, potencias como Francia y Gran Bretaña no deseaban que los rusos aumentaran su influencia en Europa a costa de los turcos, de modo que salieron en su ayuda y gran parte de las operaciones militares se centraron en la península de Crimea con el famoso asedio sobre Sebastopol. España se dedicó a vender cereal a los contendientes, y por ello la prensa española del momento decía que «para que España vaya bien, se necesita agua, sol, y guerra en Sebastopol».
Era también la época en la que se comenzaban a construir las primeras líneas de ferrocarril en España, y fue en ese contexto en el que Espartero, presidente del consejo de ministros, premiado con el título de duque de la Victoria por haber sido el artífice del final de la Primera Guerra Carlista (1833-1840), visitó la capital aragonesa. En 1854 se construyó junto a la parroquia de San Miguel de los Navarros el Puente de San José para cruzar el río Huerva y dar salida y acceso a la ciudad por el camino que llevaba hacia el Bajo Aragón. Era necesario pues construir una puerta monumental en ese lugar, y fue el banquero y comerciante zaragozano Juan Bruil y Olliarburu, gran admirador del general, quien se hizo cargo de financiar la construcción de dicha puerta con motivo de la visita que Espartero hizo a Zaragoza en junio de 1856 con motivo de la inauguración de una línea de ferrocarril.
La puerta en honor al Duque de la Victoria fue proyectada en forma de arco honorífico por el arquitecto municipal Miguel Jeliner. Pero para llegar a tiempo al evento, se tuvo que levantar a toda prisa en apenas dos semanas. Y ya sabemos que las prisas son malas consejeras, pues no mucho tiempo después, la puerta inicial acabó colapsando y viniéndose abajo. Y así quedó, hecha una ruina, durante los años siguientes, hasta que en octubre 1860 los restos de la puerta fueron demolidos y de nuevo Juan Bruil financió la construcción de la puerta definitiva, con rejerías de hierro fundido y utilizando cimentación de piedra de Muel.
Esa fue la puerta que hoy en día vemos pintada en un gran mural en la actual plaza de San Miguel, que fue inaugurada en 1861 aguantando en pie hasta que fue definitivamente demolida en 1919. Estos días han aparecido, más de un siglo después de su demolición, los restos de la puerta y también de la muralla de la zona, que tras ser debidamente documentados serán protegidos y conservados bajo el nuevo vial.
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