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Un rey de Inglaterra en el Pilar de Zaragoza

En 1940, los duques de Windsor visitaron Zaragoza

Eduardo VIII y Wallis Simpson.

Eduardo VIII y Wallis Simpson. / Servicio Especial

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Por los motivos que sean, quizás por su aura, por su tradición ancestral de la que han sabido rodearse, de toda su parafernalia, de su capacidad de resistencia y adaptación al devenir de los tiempos, o simplemente por el “salseo rosa”, la monarquía británica atrae la atención de un modo u otro por parte del público. Sin contar toda la historia de la princesa Diana de Gales y de su relación con el que ahora mismo es el rey Carlos III, la familia real británica sigue acaparando mucho interés mediático e histórico.

Lo hemos visto en los últimos años con películas como “El discurso del rey”, con la que el actor Colin Firth logró merecidamente en 2011 el Oscar a mejor actor por su interpretación del rey Jorge VI, el padre de Isabel II y abuelo del propio Carlos III. También está presente la afamada serie “The Crown”, que a lo largo de varias temporadas ha hecho precisamente un repaso histórico de la vida de Isabel II y el resto de la familia real, desde su niñez y juventud, marcada por la abdicación de su tío y la llegada al trono de su padre, hasta casi su propio fallecimiento hace solo unos pocos años.

Y precisamente, uno de los protagonistas de esta pequeña historia fue el tío de la reina Isabel, el que fuera el breve rey Eduardo VIII, pues a inicios del verano del año 1940 hizo una fugaz visita por la ciudad de Zaragoza junto a su compañera de vida, Wallis Simpson.

Una visita a la capital aragonesa

Su historia de amor acaparó ya en la década de 1930 una enorme atención mediática, incluso en un tiempo en el que todavía existía por parte de la prensa británica un pacto tácito de respeto y de no entrar en los asuntos personales para algo tan sagrado para los ingleses como la monarquía (al menos en aquella época). Esos años eran de cambio, y la familia real inglesa había salido de su época de mayor esplendor, como fue la era Victoriana, para entrar en un siglo XX en el que vio cómo empezaban a caer otros soberanos europeos, como el káiser Guillermo II de Alemania, el emperador de Austria-Hungría Carlos I de Habsburgo, más adelante el rey Alfonso XIII de España, y años antes el zar Nicolás II de Rusia, víctima de la revolución bolchevique.

La Europa de aquellos años se debatía entre el avance del comunismo de Stalin, y el fascismo de Mussolini y Hitler, mientras Jorge V de Inglaterra hacía malabares para que aquellos tiempos no se los llevaran también a ellos por delante. Pero este monarca falleció en enero de 1936, llegando al trono su primogénito, Eduardo VIII. ¿Cuál era el problema? Pues que el nuevo monarca quería casarse con su amante, la estadounidense Wallis Simpson, que ya había estado casada con un marinero y en ese momento todavía seguía casada a ojos de la Iglesia con un hombre de negocios llamados Ernest Simpson.

Pero el rey de Inglaterra además era (y sigue siendo), la cabeza de la iglesia anglicana, la cual no reconoce el divorcio. Es decir, que Eduardo VIII no podía casarse con Wallis. Sin embargo, incapaz de renunciar a ello, y tras un breve reinado de 10 meses y 22 días, el nuevo monarca abdicó, llegando el trono a su hermano menor Jorge VI, que como ya sabemos tenía problemas del habla.

Una figura incómoda

Desde entonces el exrey Eduardo VIII, nombrado duque de Windsor, fue siempre una figura incómoda para una monarquía tan tradicionalista como la británica, además de mostrar, al menos en los años siguientes, ciertas simpatías por un nazismo que todavía entonces se veía en muchos sitios como la solución al avance del comunismo. La pareja acabó marchándose a una especie de exilio e incluso visitó a Hitler, para acabar instalándose en Francia. Pero en septiembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial, y con la caída de Francia ante los alemanes en la primavera de 1940, la pareja abandonó el país galo dirección a España.

Llegaron a Barcelona el 20 de junio para poner rumbo de forma inmediata hacia Madrid en una ruta que debía llevarlos hasta Lisboa, donde los recogería un barco para enviarlos al nuevo destino que les encomendara un gobierno británico en guerra. Ese viaje les hizo llegar a tierras aragonesas, deteniéndose en Candasnos para almorzar, y llegando a Zaragoza al atardecer del 22 de junio de 1940.

Se alojaron en el Gran Hotel tras su llegada hacia las 20:30 horas, coincidiendo allí, tal y como relata Antón Castro, con la plantilla del Real Madrid, que había llegado a la capital aragonesa para enfrentarse en Torrero con el Real Zaragoza en una eliminatoria de semifinales de Copa que se jugó al día siguiente y que terminaría en empate a uno, pero con el club blanquillo eliminado al haber perdido el encuentro de ida en el antiguo Campo de Chamartín. El exrey reconoció al defensa merengue Jacinto Quincoces con quien estuvo hablando, y que en aquella época era internacional por España. El jugador, tan solo dos años más tarde, ya retirado, se estrenaría en los banquillos como entrenador zaragocista.

Al día siguiente, el domingo 23 de junio, los duques de Windsor y su séquito desayunaron en el hotel y salieron a dar un paseo por una ciudad que, como el resto del país, vivía una durísima postguerra. Visitaron la catedral del Pilar (no será basílica hasta 1948), donde estuvieron media hora, y acto seguido reemprendieron su viaje hacia Madrid y Lisboa, haciendo todavía una parada en el camino para comer en Alhama de Aragón. Dadas sus simpatías con un nazismo con quien Gran Bretaña estaba en guerra, Eduardo VIII fue enviado lo más lejos posible como gobernador de las Bahamas, para que no supusiera ningún problema. Y así fue el breve paso por Aragón de todo un polémico exrey del Imperio británico.

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