Fernando el Católico, ¿Un príncipe prometido?
A finales de la Edad Media existió una profecía que hablaba de un rey que recuperaría Jerusalén

Fernando II de Aragón / SERVICIO ESPECIAL
Podría parecer que el uso de la propaganda para conseguir fines políticos es algo nuevo, especialmente con el surgimiento y expansión de los medios de comunicación de masas, como los periódicos, la radio, la televisión e internet. Muchísimos regímenes políticos de un corte u otro la han utilizado para sustentar su poder y la visión de sí mismos que querían dar sobre aquellos a los que gobernaban, y legitimar de esa forma sus acciones. Es algo que está tremendamente presente hoy en nuestro día a día. Sin embargo, ese uso de la propaganda, tuviera la forma que tuviera, podría decirse que es casi tan vieja como la misma humanidad, y lo único que ha hecho es adaptarse a los medios para expandir un relato concreto que se tenía en cada momento histórico.
Sin duda, y aunque por supuesto no fue, ni mucho menos el primer caso, una de esas figuras históricas que supieron utilizarla de forma muy exitosa fue el primer princeps o emperador de la Antigua Roma, César Augusto. El hombre que ordenó refundar a finales del siglo I a.C. la Salduie íbera para convertirla en Caesaraugusta, la actual Zaragoza, consiguió hacerse con el poder absoluto en Roma tras vencer a sus diferentes enemigos y opositores. Supo aprender bien las lecciones de aquellos que antes que él habían fracasado, como su propio padre adoptivo, Cayo Julio César, a quien esa lucha por el poder llevó a su propio asesinato. ¿Pero cómo conseguir no acabar como él?
Augusto utilizó precisamente toda una enorme maquinaria de propaganda por la que no solo negaba que se había convertido en el único y verdadero amo de Roma y su Imperio, sino que además se hizo pasar como el gran salvador de la vieja república romana, y que él tan solo era un primer ciudadano (princeps). Uno más entre sus iguales de clase, pero al que debido a sus logros había que tener un poquito más en cuenta. Pero la realidad era bien distinta, ya que fue precisamente él quien puso el último clavo al ataúd que se llevaba construyendo desde hacía décadas para un sistema político que hacía aguas, logrando mantener esa ficción construida a lo largo de los años gracias a la propaganda, y con la que se erigió como ese salvador de la res publica romana. Pero en realidad, lo que realmente consiguió es que una Roma que llevaba siglos vanagloriándose de que no aceptaba reyes ni tiranos, acabara haciéndolo aunque no se llamara reyes a los césares. Tan bien le funcionó que a lo largo de la historia Augusto ha sido la gran figura a imitar por cientos de soberanos ambiciosos en gran parte del mundo.
El esquema se ha seguido repitiendo a lo largo del tiempo, y eso es lo que me lleva a hablar de un caso curioso que nos queda muy cerca: Fernando II el Católico. En mayo de 1453, poco más de un año después del nacimiento de Fernando en la localidad de Sos, el sultán otomano Mehmét II consiguió conquistar la ciudad de Constantinopla (actual Estambul). Esta no era una ciudad cualquiera, pues además de ser un estratégico emporio comercial que conectaba Oriente y Occidente, también era la nueva Roma, refundada sobre la vieja Bizancio por el emperador romano Constantino I el Grande, el primer emperador que apoyó al cristianismo desde el poder.
Cuando la Roma occidental se descompuso en el siglo V, Constantinopla siguió siendo el faro que daba continuidad, de alguna forma, a esa vieja gloria de los césares de la Antigüedad. Pero la caída de la ciudad ante los musulmanes en 1453, de esa “segunda Roma”, fue vista por no poca gente como una señal de que la segunda venida al mundo del Mesías, el Apocalipsis, y el Juicio Final, estaban acercándose. En esos años se recuperó en tierras italianas lo que expuso Joaquim de Fiore en el siglo XII. Una serie de corrientes de pensamiento muy variadas, teniendo algunas de ellas mucho que ver precisamente con el milenarismo y el fin del mundo, y que dieron como origen una curiosa profecía. Esta hablaba de un “rex hispaniae” que, como una especie de nuevo David, conquistaría de nuevo Jerusalén y los Santos Lugares para la cristiandad, y que tras ello ofrecería a Dios su Imperio en el Monte Calvario antes de la llegada del Mesías.
Como he dicho, esta idea tuvo un fuerte arraigo en tierras italianas, y precisamente en esos años era rey de Nápoles Alfonso V de Aragón, quien había establecido su corte en la capital napolitana. El fuerte impacto simbólico que provocó en toda la cristiandad la caída de Constantinopla hizo que se intentara promover una nueva cruzada para recuperar la ciudad y seguir avanzando hasta la misma Jerusalén, y Alfonso V se dejó querer y asumió ese papel de paladín de la cristiandad y de príncipe prometido, consciente del prestigio que eso le daba. Por supuesto, la realidad es que poco o nada se hizo, pero su sobrino Fernando estaba creciendo justo esos años en la Corona de Aragón, y desde luego lo hizo escuchando estas historias legendarias que la casa de Aragón hizo suyas. Años más tarde, cuando Fernando era ya rey de Aragón y también de Castilla por su matrimonio con Isabel, el avance de su poder, así como las conquistas de Granada y Nápoles, le llevaron a recuperar esas viejas profecías de que la cristiandad seguía esperando a un gran paladín que la defendiera del por entonces imparable avance de los turcos por los Balcanes y el Mediterráneo. Fernando el Católico, igual que hizo su tío Alfonso décadas antes, se dejó querer por estas historias, que más tarde asumió su nieto, el emperador Carlos V de Habsburgo, creyéndose este un nuevo Carlomagno que lograría unir a todos los príncipes cristianos para, por fin, conquistar de nuevo Tierra Santa. Pero como ya sabéis, Francisco I de Francia y Martín Lutero pensaban algo diferente.
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