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El concierto de Ravel en Zaragoza

En 1928, el compositor Maurice Ravel ofreció un concierto en la capital aragonesa

Maurice Ravel en 1925

Maurice Ravel en 1925 / El Periódico de Aragón

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Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

El compositor francés Maurice Ravel, es uno de los grandes músicos de las primeras décadas del siglo XX, logrando una fama imperecedera gracias a obras como su famoso Bolero. Sin embargo, y como suele ocurrir en muchas ocasiones, artistas como él, protagonistas de una época de profundas transformaciones y cambios, suelen ser a veces muy criticados e incomprendidos a pesar de su genialidad. Por suerte, Ravel consiguió vivir tanto esos sinsabores, como también el recibir en vida el reconocimiento que merecía su obra.

Nació un 7 de marzo de 1875 en la localidad francesa de Ciboure, en el llamado País Vasco francés, aunque apenas unos meses más tarde la familia acabaría trasladándole a un París que se había convertido ya en el gran foco de la cultura y el arte a nivel mundial acogiendo no solo a artistas franceses, sino también a numerosas estrellas (o proyectos de estrella) internacionales. Desde muy pequeño mostró sus grandes aptitudes musicales, y enseguida su carrera fue hacia esos derroteros, convirtiéndose en pocos años en uno de esos nuevos compositores a los que habitualmente se suele situar como inspirados por los movimientos culturales de vanguardia, como el expresionismo y el impresionismo. Aunque es cierto que Maurice nunca abandonó del todo la inspiración clasicista en sus obras musicales.

Ya en los primeros años del siglo XX comenzó a hacerse un nombre como compositor y músico, aunque no fue hasta su primera gira internacional, allá por el año 1909, cuando se dio cuenta de que en ese punto de su carrera su obra era mucho más reconocida en el extranjero que en Francia. Pocos años más tarde, en 1914, estalló en Europa la Gran Guerra, y aunque en un primer momento fue descartado dada su escasa estatura a pesar de haberse presentado voluntario, logró enrolarse como chófer de camión en marzo de 1916 siendo destinado a la zona de Verdún, donde se desarrolló una de las batallas más atroces de la guerra con más de 700.000 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos.

Tras la guerra, Ravel recuperó su carrera profesional logrando entonces sus mayores éxitos, siendo ya incluso entonces reconocido en Francia como el mejor compositor francés vivo tras la muerte de su idolatrado Claude Debussy en 1918. Incluso en 1920 le concedieron el rango de caballero de la Legión de Honor, un distintivo que rechazó mientras el compositor y pianista Éric Satie bromeaba diciendo que “Ravel rechaza la Legión de Honor, pero toda su música lo acepta”.

Durante toda su vida, Maurice Ravel se sintió muy atraído tanto por la cultura como por la música española, motivando no pocos viajes por el país e inspirándose para muchas de sus obras. Incluso tuvo contactos con músicos aragoneses, como el que tuvo en el año 1924 con el violinista y director Rafael Martínez, hermano de Antonio, más conocido como el cineasta Florián Rey. Además, en esos años la célebre y magnífica pianista zaragozana María Pilar Bayona era una de sus más fervientes admiradoras, acudiendo a alguno de los conciertos que el francés dio en España y consiguiendo de él una fotografía firmada.

Y así llegamos al 14 de noviembre de 1928, cuando el afamado músico fue invitado por la Sociedad Filarmónica de Zaragoza para dar un concierto en la capital aragonesa. Por entonces tenía 53 años, y llegó el mismo día de la representación en tren para ofrecer dicho concierto de piano en el Teatro Principal, acompañado por el violinista Claude Laoy y la cantante Magdalena Grey. Ravel fue recibido en la estación por los representantes de la Filarmónica y por varias decenas de admiradores, y en las horas siguientes aprovechó para dar un paseo por las calles zaragozanas y realizar una visita a la colección de tapices expuestos aquellos días en La Lonja.

Las crónicas de la época dejan entrever que el concierto en el Principal fue algo accidentado, aunque sin entrar en detalles, creando cierto desconcierto entre algunos de los asistentes, más acostumbrados a piezas mucho más clásicas que las que ofrecía el francés. A pesar de que se menciona una calurosa ovación final, también se comentó años más tarde la anécdota de alguna protesta por parte del público. Los miembros de la directiva de la Filarmónica acudieron al camerino en el que se encontraba el compositor tras terminar el concierto, preocupados poque se hubiera sentido molesto o agraviado por esas protestas. Sin embargo, Ravel les contestó que no se preocuparan por ello y que no tenía importancia, pues en alguna localidad francesa le habían tirado incluso piedras.

Como curiosidad, mientras Maurice Ravel pasaba aquellas horas en Zaragoza, ya tenía en la cabeza su siguiente estreno, que sin saberlo acabaría siendo su gran obra maestra: el Bolero. Una obra que estrenó apenas una semana más tarde de su actuación en tierras aragonesas, el 22 de noviembre de 1928, en un marco incomparable como la Ópera Garnier de París. Una obra universal, e inspirada en danzas andaluzas, que nos conduce a través de su largo e imparable crescendo hasta su éxtasis final.

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