Cuando la iglesia 'robó' Roma
Durante siglos, los papas dominaron Roma mediante un engaño que destapó la Corona de Aragón.

Imagen La brecha de Porta Pia, por Carlo Ademollo. / Servicio Especial
Roma es una ciudad a la que habría que inventar nuevas palabras para describirla con toda justicia. En ella se superponen tres milenios de historia continuada que van desde las ruinas de esa ciudad que desde las orillas del río Tiber y sus famosas siete colinas fue creando una de las civilizaciones más poderosas e influyentes de la historia de la humanidad, pasando por la larga Edad Media, y por supuesto por esa Roma producto del Renacimiento y del Barroco promovido por los papas. Si buscara una palabra justa para calificarla, esa sería inabarcable, porque da igual las veces que la visites. Siempre descubrirás un pequeño rincón fascinante que no conocías hasta ese momento.
Lo cierto es que Roma como ciudad también vivió tiempos muy decadentes, ya que pasó de gobernar la cuenca del Mediterráneo y de tener en los siglos I y II d.C. al menos millón y medio de habitantes, a los apenas 20.000 que llegó a tener en la Baja Edad Media. Sobre ella ejercían su poder desde al menos el siglo VIII los papas, que además de ser los líderes espirituales de la cristiandad católica, hay que recordar que eran (y siguen siendo hoy en día), líderes de poder temporal o lo que llamaríamos jefes de Estado.
Fueron esos pontífices los que ya en la Edad Moderna, y muy especialmente desde finales del siglo XVI, comenzaron a embellecer la ciudad con grandiosos monumentos y obras de arte que siguen asombrándonos y atrayendo a millones de turistas de todo el planeta. Ya sea por interés real por lo que ven, o por simple postureo. ¿Pero cómo llegaron a convertirse en jefes de Estado de lo que fueron durante más de un milenio los llamados Estados Pontificios? De ellos apenas quedan hoy en día la Ciudad del Vaticano, que tiene la categoría de país soberano, y que nos brinda esta curiosa circunstancia de poder visitar dos países diferentes en una misma ciudad.
Si nos vamos hasta el lejano siglo VIII, los protectores políticos y militares de los papas romanos seguían siendo los emperadores del Imperio romano de Oriente, cuya capital estaba en Constantinopla (actual Estambul). Y esto era porque esos emperadores eran considerados los legítimos continuadores de la Antigua Roma imperial, y porque además en el siglo VI el emperador bizantino Justiniano I lanzó una serie de campañas militares con las que recuperó el dominio de gran parte de la península itálica y de la misma Roma.
Pero dos siglos más tarde de esa conquista bizantina, el poder de esos emperadores había disminuido, y la ciudad de Roma y sus papas se veían obligados a defenderse de nuevas amenazas como los lombardos, siendo totalmente incapaces de logralo. Por ello tuvieron que buscar un nuevo y poderoso protector más cercano, y ese fue el rey de los francos Carlos el Grande, a quien todos conocemos como Carlomagno. Un monarca, más tarde coronado emperador por el papa, que se convirtió en el paladín de la cristiandad.
Este pacto se suele colocar como el origen de lo que acabarían siendo los Estados pontificios, con el pontífice de turno dominando no solo Roma, sino toda la parte central de Italia. Pero claro, por si venían en el futuro reclamaciones sobre ese dominio, el papado se sacó de la manga un documento al que se conoció como la donación de Constantino. Según este, habría sido el emperador romano Constantino I el Grande el que cedió a los papas la propiedad de Roma en el siglo IV, siendo utilizada como una especie de escritura de propiedad.
Pero avancemos unos cuantos siglos en el tiempo, y vayamos hasta mediados del siglo XV. Por entonces, no eran pocos los que habían puesto alguna vez en duda la autenticidad de dicho documento. En esos años, el rey de Aragón Alfonso V el Magnánimo se había embarcado en un largo conflicto por su empeño en hacerse con el control del reino de Nápoles y de todo el sur de Italia. Y como la Corona de Aragón ya estaba presente también en Sicilia y Cerdeña, hubo varios Estados italianos que se enfrentaron a este monarca dado que no querían que los Aragón siguieran aumentando su poder e influencia en la región. Por supuesto, Roma se opuso a las ansias conquistadoras de Alfonso V de Aragón, y este decidió echar mano no solo al poder de las armas, sino también al de la palabra.
Desde hacía unos años había entrado a su servicio un eclesiástico romano llamado Lorenzo Valla. Todo un humanista, buen orador, profesor y filósofo. Lorenzo se convirtió en secretario personal del monarca poniendo sus conocimientos a su servicio, y así fue como publicó en el año 1440 un estudio que había hecho y que llamó De falso et ementita Constantini donatione declamatio. En esta investigación que había hecho Lorenzo Valla y que Alfonso V se encargó gustoso de que fuera transmitida a todas las cortes europeas, demostró por medio del análisis filológico que ese documento que llevaba siglos sirviendo a la Iglesia como una escritura de propiedad sobre Roma era falso.
Y lo hizo analizando el texto palabra por palabra y cotejándolo, demostrando que el tipo de lenguaje utilizado no se usaba en ese siglo IV cuando supuestamente el emperador Constantino había hecho aquella donación. Por supuesto esto causó un importante revuelo, pero al final no ocurrió absolutamente nada ya que los Estados Pontificios siguieron existiendo hasta bien avanzado el siglo XIX. Eso sí, Lorenzo Valla, como secretario personal de un rey de Aragón, había logrado desmentir una de las grandes mentiras de la historia de Occidente.
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