La sangrienta visita a Zaragoza de Henry Morton Stanley, autor de la famosa frase "Mister Livingston, supongo" (Primera parte)
El periodista galés pasó unos días en la capital aragonesa en 1869

Henry Morton Stanley / El Periódico de Aragón
A lo largo de los cinco años de vida que tiene ya esta sección histórica, he podido repasar a través de numerosos artículos los diferentes episodios históricos que nos muestran a una Zaragoza que podríamos de calificar de rebelde. La capital aragonesa, fruto de su propia idiosincrasia, de su tradición foral, de sus privilegios, y de ese poso que deja el haber sido durante siglos la capital del reino de Aragón y el lugar simbólico en el que eran coronados los soberanos de la Corona en la Seo, ha marcado en muchas ocasiones la evolución de diferentes hechos políticos y sociales. Fue, por ejemplo, la que lideró esa rebelión del año 1591 frente a los abusos contra el Derecho aragonés que estaba cometiendo la monarquía de Felipe II durante el caso Antonio Pérez. No en vano, ese espíritu a veces indomable y también contradictorio nos lo resumen ese Privilegio de los Veinte que había otorgado a finales de la década del 1120 el rey Alfonso I el Batallador para atraer nuevos pobladores a la ciudad. Un privilegio que permitió durante siglos a la capital aragonesa el declarar por su cuenta la guerra contra cualquier otra población e incluso contra particulares si se consideraba que estos atentaban contra los intereses de la ciudad.
Si nos vamos hasta el siglo XIX, ahí están esos desastrosos sitios napoleónicos que sufrió entre los años 1808 y 1809 que arrasaron gran parte del casco urbano y que sobre todo se llevó por delante a gran parte de sus habitantes. Pero lo que marca realmente ese siglo XIX es que Zaragoza se convirtió en una de las ciudades más revolucionarias de toda España. De hecho, se puede ver que en la gran mayoría de conflictos sociales y políticos que tuvieron trascendencia a nivel nacional, la capital del Ebro siempre estuvo o bien liderando esos sucesos, o como mínimo siendo un baluarte importante.
En la Guerra de la Independencia (1808-1814), a la par que se combatía contra las tropas enviadas por Napoleón Bonaparte, también hubo espacio para el desarrollo de una revolución española, con la construcción de ese primer liberalismo que buscaba acabar con el Antiguo Régimen y el absolutismo tradicional de la monarquía y los estamentos privilegiados. Todo ello cristalizó en 1812 con la primera Constitución de la historia de España, la cual hablaba de que la soberanía nacional no residía en el monarca sino en el pueblo a través de sus representantes electos. Eso sí, a través de un régimen electoral muy censitario que marcaba el nivel de riqueza.
Fernando VII regresó tras la guerra y tras ver que tenía apoyos suficientes abolió la Constitución y persiguió con dureza a aquellos liberales que habían luchado por su vuelta. Durante su reinado, y a pesar de los intentos de regresar a la senda constitucional por medio de pronunciamientos militares y con algún pequeño periodo en el que se consiguió como en el Trienio Liberal (1820-1823), el absolutismo siguió rigiendo el devenir del país hasta que el monarca falleció en septiembre de 1833. Pero el hecho de que el monarca tuviera una hija (Isabel II), y que el hermano de Fernando hubiera sido hasta hacía muy poco el heredero, derivó en la cruenta Primera Guerra Carlista (1833-1840), en la que Zaragoza se mostró como uno de los baluartes del liberalismo más progresista de todo el país frente al carlismo. Una tónica que continuó el resto del siglo, y que se fue mezclando con la llegada y desarrollo de nuevos movimientos como el obrero al calor de la incipiente industrialización de la ciudad.
Al final, el régimen isabelino acabaría siendo derrocado por la fuerza de las armas con el estallido en septiembre de 1868 de la Revolución Gloriosa, iniciando así uno de los periodos más alocados de la historia de España en los que pasó absolutamente de todo. Tras derrocar a la reina, las elecciones generales celebradas el 15 de enero de 1869, las primeras en la historia española con sufragio universal masculino, arrojaron una mayoría para establecer una monarquía democrática. Sin embargo, en las tres capitales de provincia aragonesas vencieron las opciones que apostaban por proclamar una república, especialmente las que optaban por la descentralización, el federalismo, e incluso el sistema cantonalista al estilo de Suiza.
Pero la victoria general monárquica hizo que el gobierno provisional en el que destacaba el general Juan Prim se pusiera manos a la obra a buscar entre las monarquías europeas a alguien que aceptara el trono español y el nuevo régimen constitucional y democrático. Ese alguien acabaría siendo el italiano Amadeo de Saboya, apodado como “Macarronini I”. Esto no dejó de generar descontento en una Zaragoza donde había arraigado con mucha fuerza el republicanismo, e incluso donde comenzaba a aparecer el anarquismo. En este contexto aparece el periodista galés Henry Morton Stanley, que había sido enviado como corresponsal del “New York Herald” para cubrir todo lo que estaba ocurriendo en España. Pasó seis meses en los que realizó crónicas sobre todo lo que ocurría y que le sirvieron para comenzar a hablar un castellano bastante fluido. Y así llegamos a los primeros días de octubre de 1869, en los que Stanley se enteró de que estaban saliendo de Madrid cuatro batallones del ejército camino de Zaragoza para aplastar una sublevación republicana. El periodista cogió un tren en Atocha que salía a las 20:30 horas y que le dejó en la capital aragonesa a las 6 de la mañana del día siguiente, dispuesto con papel y lápiz en mano a cubrir los combates que estaban a punto de producirse en las calles zaragozanas. Unas luchas que cubriría desde los tejados de la ciudad, sin saber que no tardaría en recibir el encargo que le hizo pasar a la historia. Encontrar al famoso Livingstone perdido en el corazón de África. Pero de lo que vivió en esos combates zaragozanos, y de su famosa expedición, tocará abordarlo en la segunda parte de este artículo.
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