Zaragoza, supongo (Segunda parte)
Henry Morton Stanley, autor del famoso “Mister Livingston, supongo”, pasó unos sangrientos días en Zaragoza

Ilustración de 1876 recreando el encuentro entre Stanley y Livingstone / El Periódico de Aragón
En la primera parte de este artículo, dejamos al periodista de origen galés Henry Morton Stanley llegando en ferrocarril desde Madrid a principios del mes de octubre de 1869 a una Zaragoza rebelde. Recordemos que poco más de un año antes se había iniciado en Cádiz un pronunciamiento militar por parte del almirante Topete apoyado por generales como Juan Prim y Francisco Serrano. El objetivo no era lograr un simple cambio de gobierno, como venía siendo habitual a lo largo de ese siglo XIX, sino directamente derrocar a la reina Isabel II de España, acabar con su régimen, y dar inicio a uno nuevo para intentar poner fin a los vicios de ese sistema.
En pocas semanas se logró, y la reina, que estaba ultimando sus vacaciones veraniegas en San Sebastián, cogió el camino del exilio hacia Francia. El nuevo gobierno provisional salido de la Revolución Gloriosa convocó elecciones generales para principios de 1869, las primeras en la historia de España con sufragio universal masculino, y en ellas ganó en el conjunto del país las opciones de establecer una nueva monarquía. Sin embargo, esta no debía regirse por un sistema constitucional como el isabelino, sino por una incipiente democracia, aunque con todos los vicios del caciquismo que tan bien definió el aragonés Joaquín Costa años más tarde. Eso sí. En las tres capitales de provincia aragonesas, y muy especialmente en Zaragoza y en Huesca, ganaron las opciones republicanas. Sobre todo aquellas que buscaban establecer una república de corte federal que huyera del tradicional centralismo madrileño, teniendo también entre ellas un importante peso las opciones federalistas más radicales que apoyaban el sistema cantonal al estilo de Suiza.
En esa Zaragoza de los cafés y las tertulias se fue fraguando en los meses siguientes un importante descontento que cristalizó en una rebelión armada en las calles zaragozanas a inicios de octubre de 1869, estando en esos momentos en Madrid nuestro protagonista, el señor Stanley, que llevaba varios meses como corresponsal del “New York Herald” cubriendo todo lo que acontecía en la política española de aquellos momentos. En cuanto se enteró de que cuatro regimientos del ejército estaban saliendo de Madrid rumbo a Zaragoza para aplastar aquella rebelión, Stanley cogió un tren en Atocha que le dejó a primera hora de la mañana en la estación del Sepulcro de la capital aragonesa, dispuesto a presenciar todo lo que allí ocurriera.
Los zaragozanos sabían que era inminente la llegada de las tropas gubernamentales dispuestas a acabar con la revuelta, así que nos podemos imaginar perfectamente el ambiente que debió encontrarse el galés. En poco rato, logró que le dejaran acceder a una vivienda para poder presenciar desde un balcón los sangrientos enfrentamientos que comenzaron a producirse nada más llegar el ejército a la ciudad. Los choques entre ambas partes fueron tales que prefirió abandonar esa especie de “palco” que se había agenciado y buscó una mayor seguridad subiendo a los tejados de las casas, donde observó todo durante los días 7 y 8 de octubre. El estallido de violencia entre las tropas enviadas por el gobierno y las milicias ciudadanas de los Voluntarios de la Libertad fue tremendo. Se levantaron barricadas en las calles, y se desarrollaron unos combates que tuvieron una especial incidencia en los barrios de San Pablo y de la Magdalena. Todo ello siendo observado por Stanley desde los tejados zaragozanos.
Finalmente, la insurrección republicana fue aplastada tras dos días de lucha, aunque pocos años después, en enero de 1474, las barricadas regresarían de nuevo a la ciudad en defensa de la primera república española y en protesta por la entrada del general Pavía con el ejército en el Congreso en Madrid. Tras el regreso de la calma, el periodista regresó a Madrid, atónito todavía por lo que había presenciado en las calles de Zaragoza, y se encontró con un telegrama que le ordenaba abandonar España de inmediato para ir a París y recibir una nueva y alocada misión. El misionero y explorador escocés David Livingstone llevaba años desaparecido tratando de buscar las fuentes del Nilo, y el nuevo encargo que tenía ahora Stanley era adentrarse en el corazón de África y encontrarle. Eso sí, aprovechando el viaje al continente africano le enviaron primero a Egipto para asistir a la gran ceremonia de inauguración del canal de Suez, el 17 de noviembre de 1869. Un evento en el que se contó con la “Marcha egipcia” de Johann Strauus II como banda sonora (nunca la Aída de Verdi, por mucho que se siga diciendo en muchos lugares de forma errónea). Allí estuvo también presente María Eugenia de Montijo, la esposa española de Napoleón III de Francia y emperatriz de los franceses.
Al final, Stanley tuvo que hacer un nuevo viaje que le llevó por Jerusalén, Constantinopla e incluso la India, antes de regresar a África para comenzar a buscar al explorador escocés. La escasa información de la que disponía le condujo al lago Tanganica, llegando el 10 de noviembre de 1871 a la aldea de Ujiji en la que por fin encontró a un muy enfermo pero vivo Linvingstone. Supuestamente, aunque existen dudas sobre su veracidad, en ese momento del primer encuentro entre ambos el periodista galés pronunció una de las frases más célebres de la historia: “Dr. Livingstone, I presume?”, o lo que es lo mismo, “¿el doctor Livingstone, supongo?”. Pero antes de pasar por todo aquello, y dijera o no aquella memorable frase, lo que sí que es cierto es que el periodista pasó unos días en Zaragoza presenciando desde los tejados uno de los momentos más turbulentos de la historia reciente de la capital aragonesa.
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