Zaragoza, la imprenta y la Feria del Libro
El 30 de mayo de 1562 se imprimieron los primeros libros de 'Anales de la Corona de Aragón' de Jerónimo Zurita

Feria del Libro en el Parque Grande de José Antonio Labordeta / Jaime Galindo. / EPA
Hoy empieza la 33ª Feria del Libro de Zaragoza, que como viene siendo habitual en los últimos años, se organiza en el Parque Grande José Antonio Labordeta de la capital aragonesa. Una oportunidad para los amantes de los libros y de la lectura, pero también para los curiosos, de dar una vuelta entre las casetas de librerías y editoriales, conocer a muchos autores y poder además llevarse sus obras firmadas a casa. Da la casualidad que esta edición coincide en su inicio con una efeméride histórica de tintes literarios y que me da pie a hablar de los comienzos de la imprenta en la ciudad y en lo que entonces era el reino de Aragón.
Aunque hubo diversos métodos a lo largo y ancho del mundo, especialmente en China, para intentar acelerar el proceso de elaborar libros y hacer importantes tiradas de documentos o panfletos de forma rápida y barata, fue la imprenta moderna ideada por Johannes Gutenberg hacia el año 1440 lo que lo cambió absolutamente todo. Hasta entonces, la producción literaria en Occidente era muy limitada, teniendo una enorme importancia los talleres de amanuenses, especialmente en los monasterios, que copiaban cada letra y cada palabra de una obra. Un método así era muy poco productivo, pues un solo amanuense podía estar más de un año de trabajo casi diario para conseguir un solo ejemplar, lo que convertía un libro en un producto carísimo y de lujo que muy pocos tenían la capacidad económica de permitirse.

Representación de una imprenta a inicios del siglo XVI / SERVICIO ESPECIAL
En cambio, la aparición de la imprenta mecánica a mediados del siglo XV transformó radicalmente ese proceso, pudiendo imprimir libros en serie y también otro tipo de documentos mucho más rápido y a un coste mucho menor. Algo que provocó desde el principio el pavor entre las autoridades ya que desde ese momento cualquiera con un artilugio de esos a su servicio podía hacer circular rápidamente libros prohibidos o pasquines con críticas hacia el poder. Por eso se estableció una estricta censura, y siempre en esos libros salidos de las imprentas tenía que mostrarse en sus primeras páginas una cédula de confirmación por parte de la monarquía con el permiso real para poder publicar esa obra y ponerla en circulación.
Sin duda, la invención de la imprenta ha sido uno de los momentos más revolucionarios de la historia de la humanidad. Desde su aparición por tierras germanas comenzó a expandirse por el continente europeo, no llegando a los reinos hispánicos hasta el último tercio del siglo XV. Segovia, Barcelona, Sevilla, Burgos, Salamanca y Zaragoza fueron algunas de las primeras ciudades en las que hay constancia que contaron en lo que hoy es España con un taller de imprenta. En el caso zaragozano, el primer gran impresor conocido fue el alemán Pablo Hurus, que junto a su hermano Juan fundó y dirigió una de las imprentas más importantes tanto de la Corona de Aragón como de Castilla. De hecho, de su imprenta salió la obra de Fabricio Vagad en 1499, en la que tenemos el primer testimonio del escudo prácticamente completo del escudo de Aragón con los famosos cuatro cuarteles representando al Árbol de Sobrarbe, la Cruz de Íñigo Arita, la Cruz de Alcoraz, y las barras con el Señal Real de la casa de Aragón.

Fachada de la Imprenta Blasco en Zaragoza / Jaime Galindo / EPA
Otro de los grandes impresores que hubo en Zaragoza nos lleva a la efeméride de este 30 de mayo, pero del año 1562. Ese día, y saliendo del taller de Pedro Bernuz, se publicó por primera vez los cinco primeros volúmenes de la obra magna de Jerónimo Zurita, el gran cronista aragonés que en sus Anales de la Corona de Aragón nos cuenta la historia aragonesa desde la conquista musulmana del reino de los Visigodos. Su forma de escribir y de acudir a las fuentes fue un paso adelante en su tiempo, y además gracias a su trabajo tenemos una valiosa información de documentos que se conservaban en el archivo privativo del reino de Aragón en el palacio de las Casas del Reino junto a la Seo de Zaragoza y que por desgracia ardió durante el Segundo Sitio Napoleónico que sufrió la ciudad.
Del taller del zaragozano Pedro Bermuz que trabajó entre los años 1557 y 1591 desde la calle de la Puebl, salió también la segunda parte del Quijote de Miguel de Cervantes, y eso fue porque tenía una enorme consideración dada la calidad de su trabajo. Su labor contribuyó a la difusión de la cultura y la literatura en ese Aragón de la segunda mitad del siglo XVI, aunque los ejemplares salidos de su imprenta atravesaron también las fronteras aragonesas.
No nos debe extrañar que la capital aragonesa llegara a tener esa intensa actividad con prensas de tanta calidad, teniendo en cuanta la riqueza de unas élites que reclamaban esos objetos de lujo y que en aquella época transformaron el urbanismo zaragozano construyendo más de dos centenares de palacios de estilo renacentista y monumentales construcciones como la Lonja de mercaderes o la ampliación de la Seo del Salvador a cinco naves. Una transformación que la hizo, merecedora de esa famosa comparación con Florencia.
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