El desconocido palacio a las afueras de Zaragoza que te traslada al siglo XVIII: tiene unos espectaculares jardines de inspiración francesa
La capital aragonesa tuvo periodos de esplendor y riqueza que se reflejaron en la construcción de más de 200 palacios, de los que hoy quedan una veintena

Fachada del palacio de La Alfranca / EL PERIÓDICO
Zaragoza cuenta a lo largo de la historia con varios periodos de verdadero esplendor, como los silos I y II d.C. que nos llevan al auge de Caesaraugusta; el siglo XI en el que llegan los tiempos dorados de una taifa zaragozana que logró dominar casi toda la zona levantina y que se convirtió en uno de los mayores centros culturales de Europa; y también esos siglos XVI, XVII y XVIII en los que la capital aragonesa fue bautizada como “la Florencia de España”. Y fue un apelativo ganado con toda justicia, pues la riqueza que sus élites (el resto de la población era otro cantar), especialmente gracias al comercio y también a la agricultura, llegaron a atesorar, se vio reflejado en la imagen que querían dar a los demás de su pujanza económica.
Por eso es esta etapa en la que se ordena construir y reformar grandes edificios monumentales como la Lonja de Mercaderes, o la ampliación de la Seo del Salvador de tres a cinco naves. Pero además de grandes edificios públicos y templos, donde de verdad quisieron demostrar a todos el gran poder que tenían fue a través de sus majestuosas residencias. La nobleza y los grandes comerciantes de Zaragoza empezaron a gastarse enormes cantidades de dinero en construir grandes palacios que no solo les sirviera para vivir, sino también de pura propaganda con la que mostrar ese poderío. De esta manera, la ciudad llegó a contar con más de 200 palacios, de los que por desgracia hoy en día apenas han sobrevivido una veintena por diferentes causas como revueltas, destructivos asedios, abandonos, y sobre todo a causa de la especulación urbanística.
Pero no solo se levantaron grandes complejos palaciegos en el interior de la ciudad. Igual que hoy el sueño de mucha gente es poder tener una segunda residencia en la playa o en la montaña, también aquellas gentes adineradas, que contaban con residencias en varios lugares, intentaban tener en muchos casos una finca en medio del campo, lejos del bullicio de la ciudad, de los malos olores que pudiera haber, o que incluso pudiera servir de refugio si en una urbe pintaban mal las cosas por la declaración de alguna peligrosa enfermedad, o incluso si el ambiente estaba caldeado por la falta de alimentos o el alto precio de estos. De hecho, no fueron pocas las ocasiones en las que los zaragozanos y zaragozanas prendieron literalmente fuego a palacios que eran residencia de los altos cargos de gobierno o de comerciantes a los que se acusaba de acaparar cereal en tiempos de carestía para provocar una subida aún mayor de los precios.
Entre este tipo de lo que podríamosllamar “casas o palacios de campo”, sin duda el gran ejemplo que tenemos conservado a los alrededores de Zaragoza es el palacio de La Alfranca, también conocido como el palacio de los marqueses de Ayerbe e incluso como la Casa Palafox. Se sitúa a unos 15 kilómetros de Zaragoza en el término municipal de Pastriz, y además está muy próxima a la Reserva Natural de los Sotos y Galachos del Ebro. Nos encontramos en una zona que tradicionalmente ha tenido una enorme importancia agrícola gracias al aprovechamiento del agua, especialmente desde época de dominio musulmán, dados sus grandes conocimientos de irrigación. De hecho, “Alfranca” es un vocablo árabe que significa “la franca”, haciendo así referencia a una tierra libre de contribuciones. Es muy probable que se establecieran algunos privilegios para atraer y repoblar la zona en los años e incluso décadas posteriores a la conquista cristiana de Zaragoza en el año 1118, pues la documentación nos indica que la zona quedó muy despoblada tras esa conquista y por eso la monarquía tuvo que conceder numerosos fueros para atraer a nuevos pobladores.
Muchos siglos después, aquellas tierras pasaron a pertenecer a los marqueses de Ayerbe, que ya en el siglo XVIII decidieron construir en esas tierras un palacio de estilo neoclásico que es el que hoy en día podemos disfrutar. La elección no fue casualidad. En aquella época todavía pasaba muy cerca uno de los meandros del Ebro, que posteriormente quedó abandonado y se convirtió en el Galacho de la Alfranca. En la zona ya debían existir unas caballerizas, que de hecho son la parte más antigua de las instalaciones, y gracias a la abundancia de agua podían permitirse rodear al palacio de unos espectaculares jardines de inspiración francesa que sin duda harían las delicias de los dueños del palacio y de sus visitantes.
Uno de sus visitantes más famosos llegó hasta allí a buscar refugio y a esconderse, y no fue otro que José de Palafox. Cuando llegó a Zaragoza en mayo de 1808 tras haber presenciado las abdicaciones de Bayona tanto de Carlos IV como de Fernando VII, el militar aragonés fue a su ciudad natal y trató de convencer al capitán general de Aragón, Jorge Juan Guillelmi y Andrada de Vanderwilde, de que levantara la ciudad en armas contra los napoleónicos. Este se negó, y advirtió a Palafox que como guardia de corps que era su lugar no era otro que un Madrid ocupado por los franceses a donde debía regresar a esperar órdenes. Sin embargo, Palafox no le hizo caso, pero temeroso de ser detenido, buscó refugio en el palacio de La Alfranca. Y hasta allí fue cuando el 24 de mayo de 1808, una multitud liderada por Jorge Ibort, más conocido como el Tío Jorge, fueron a buscar a Palafox para convertirle en su nuevo líder contra los napoleónicos. Eso sí. Cuando el militar zaragozano vio desde las ventanas del palacio la que se le veía encima, su primer pensamiento era que venían a detenerle e incluso a lincharle. Nada más lejos de la realidad, pues ya conocemos todos lo que vino en los meses siguientes. Pero esa, es otra historia.
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