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La entrada triunfal de Fernando El Católico a Nápoles tras ser expulsado de Castilla por Felipe el Hermoso

Se construyó un puente que se adentraba treinta pasos en el mar y que estaba cubierto de telas azules decoradas con las armas reales, finalizando en un muelle decorado con un arco del triunfo levantado sobre cuatro columnas y coronado con cinco esculturas que representaban a las ninfas

La entrada triunfal de Fernando El Católico a Napolés

La entrada triunfal de Fernando El Católico a Napolés / SERVICIO ESPECIAL

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Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Desde que en el año 1282 Pedro III el Grande lanzara a la Corona de Aragón hacia una nueva fase expansiva por el Mediterráneo, los soberanos de la casa de Aragón tuvieron como uno de sus grandes objetivos el controlar Sicilia y todo el sur de la península itálica. Algo que los llevó, en diferentes momentos, a enfrentarse a una Francia que también ansiaba controlar el Mediterráneo desde tierras itálicas, iniciándose en ese momento la tradicional enemistad entre ambas potencias que más tarde heredaría el Imperio español.

Ya a comienzos del siglo XIV la isla de Sicilia, que quedó escindida del resto del reino en tierras continentales, quedó bajo el gobierno de una línea secundaria de la casa de Aragón, hasta que a inicios del siglo XV Sicilia quedó por fin totalmente integrada en los dominios de la Corona. Si miramos un mapa del Mediterráneo podemos entender perfectamente esas ansias por controlar la zona, ya que el sur de Italia, la propia Sicilia y los archipiélagos de la zona, junto a las costas de Túnez, forman una especie de cuello de botella en la zona central del Mediterráneo cuyo control daba una gran ventaja estratégica a la hora de desarrollar el comercio por todo el Mare Nostrum.

Sin embargo, no fue hasta mediados del siglo XV cuando llegó el siguiente asalto protagonizado por el rey Alfonso V el Magnánimo, que tras una larga guerra contra franceses, napolitanos, milaneses, e incluso contra el mismo papado, consiguió por fin en 1442 hacerse con el control del reino de Nápoles. Ese año hizo su gran entrada triunfal en la capital partenopea, que podemos ver perfectamente inmortalizado en piedra en el arco triunfal del Castel Nuovo que ordenó construir años más tarde el hijo ilegítimo del rey Alfonso, Ferrante I, a quien le cedió el trono a su muerte en 1458.

De nuevo Nápoles quedaba separada de la Corona de Aragón, aunque dentro de una rama secundaria de esta familia, siendo Fernando II el Católico el soberano que impulsaría su conquista definitiva. Una vez más, la lucha por hacerse con el control de este reino fue contra Francia, dando inicio a una sucesión de conflictos que comenzaron a finales del siglo XV y se alargaron durante buena parte del XVI y que fueron bautizados como las Guerras italianas.

Fernando de Aragón, con el firme apoyo económico y militar de la Castilla de Isabel la Católica, envió a Gonzalo Fernández de Córdoba, que gracias a su genio militar consiguió hacerse con Nápoles y expulsar de allí de forma definitiva a los franceses.

Mientras tanto, una vez muerta Isabel en noviembre de 1504, Fernando dejó de ser automáticamente rey de Castilla, y el trono fue a parar a su hija Juana y su díscolo marido Felipe el Hermoso. Este consiguió expulsar de Castilla a su suegro Fernando, que tras llegar a un acuerdo, decidió viajar a sus nuevos dominios italianos para tomar formalmente y en persona posesión de ellos. Así, y previo paso por una Zaragoza donde estuvo unas semanas, Fernando llegó a Barcelona y embarcó en una flota que le llevó a finales de octubre de 1506 hasta la ciudad napolitana. La flota recaló en el Castillo del Huevo, donde Fernando y su nueva esposa, Germana de Foix, esperaron hasta que las autoridades de la ciudad culminaran los preparativos para recibirles de forma solemne. Así, el 1 de noviembre de 1506 embarcaron en una gran galera e hicieron su entrada triunfal al puerto de la ciudad junto al Castel Nuovo.

Para que los reyes pudieran bajar de la galera se construyó un puente que se adentraba treinta pasos en el mar y que estaba cubierto de telas azules decoradas con las armas reales, finalizando en un muelle decorado con un arco del triunfo levantado sobre cuatro columnas y coronado con cinco esculturas que representaban a las ninfas. Bajo el arco se dispusieron sendos tronos para Fernando y Germana, donde fueron recibidos por las autoridades del reino de Nápoles, las cuales solicitaron al monarca que jurara sus estatutos y privilegios. Después, y tras haber cumplido con todo el ceremonial y protocolos, la comitiva real inició su camino hacia el interior de la ciudad, realizando un recorrido que les llevó varias horas hasta llegar, ya de noche y rodeados de cientos de antorchas, al Duomo.

Fernando II de Aragón pasó los ocho meses siguientes en la ciudad reordenando el gobierno de su nuevo reino, desarrollando algunas reformas económicas, y también asegurando el importante flujo de cereales hacia sus dominios peninsulares de la Corona de Aragón, tanto desde Nápoles como sobre todo desde la cercana Sicilia. Solo le faltaba ser investido como rey por parte del papa, pues Nápoles era desde hacía siglos un feudo papal. Sin embargo, sus malas relaciones con Julio II de la Rovere hicieron que esta proclamación se retrasara, y tuvo que llegar ya en 1510, aunque con el pontífice llamando al monarca aragonés “fortísimo atleta de Cristo”. Como prueba de su visita a la ciudad, lo tenemos retratado entre otros monarcas, incluido su tío Alfonso V el Magnánimo, en la sala capitular de la basílica de san Lorenzo Maggiore, en pleno centro histórico de Nápoles. Tras esos ocho meses, Fernando decidió regresar hacia tierras castellanas, pues durante el viaje de ida recibió la noticia de la inesperada muerte de su yerno Felipe el Hermoso, y debía retomar el poder en Castilla como regente en nombre de su hija Juana. Pero esa, es otra historia.

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