Cuando el fin del mundo llegó a Zaragoza: el día en el que los terremotos y las tormentas se cernieron sobre la ciudad
El 10 de julio de 1923 se desataron varios seísmos en el Canal de Berdún que se alargaron durante más de diez días

La gran inundación de 1923 en Zaragoza. / Archivo GAZA

El año 1923 fue especialmente movido en la capital aragonesa, y hay varias fechas y eventos que pasaron a la historia de la ciudad. Se respiraba un ambiente tenso en una Zaragoza que ya rondaba los 150.000 habitantes y que estaba creciendo a pasos agigantados al calor de su industrialización y del primer gran éxodo de población que se estaba dando en España con miles de personas abandonando sus pueblos de origen para marcharse a las ciudades en busca de una oportunidad para prosperar. Una industrialización y una llegada masiva de nuevos habitantes que hicieron surgir barrios enteros en los que la gente vivía en situaciones penosas sin apenas servicios básicos, mientras en las fábricas las condiciones laborales eran en muchas ocasiones infames. Esto conllevó continuas huelgas, a lo que se sumaban las protestas por un servicio militar obligatorio que llevaba a la mayoría de los reclutas a la Guerra del Rif, donde ya se habían sucedido varios desastres militares con miles de muertos.
En el mes de marzo de ese año 1923 llegó a Zaragoza nada más y nada menos que Albert Einstein para dar un par de conferencias sobre su Teoría de la Relatividad en lo que hoy es el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Además, un atentado anarquista provocó la muerte el 4 de junio del arzobispo y cardenal Juan Soldevila. Un acto que conmocionó a la opinión pública.
Pero si hubo un día que no se olvidó en mucho tiempo fue el 10 de julio de 1923, pues en aquella jornada seguro que no pocos pensaron que lo que estaba llegando era el fin del mundo. Esa madrugada, hacia las cuatro, comenzaron a sentirse en buena parte de Aragón, incluyendo Zaragoza, una serie de terremotos que tuvieron como epicentro el Canal de Berdún, entre las Altas Cinco Villas y los valles pirenaicos occidentales. Ese fue el inicio de una serie de seísmos de entre cinco y ocho grados de intensidad en la escala Mercalli y que se alargaron durante más de diez días, aunque fueron los de esa madrugada del 10 de julio los que se sintieron con más fuerza.
A ese primer temblor le siguió otro mucho más fuerte hora y media después, hacia las cinco y media de la mañana, con testigos que hablan de muebles moviéndose, y despertando a gran parte del vecindario zaragozano. Algunas fuentes hablan de testimonios de gente madrugadora que ya andaba aquellas horas por el cabezo de Buenavista, en el parque José Antonio Labordeta, que tuvieron incluso que echarse a tierra al sentir el temblor de la tierra. En las horas siguientes fue regresando la calma a la ciudad, y aquellos madrugadores temblores que en la zona del epicentro provocaron incluso el derrumbe de casas, se convirtieron en el tema de conversación de un día que amaneció plomizo, y que ya presagiaba lo que iba a llegar tan solo unas horas más tarde.
Conforme se iniciaba la tarde de ese 10 de julio, las nubes que cerraban el cielo se fueron haciendo cada vez más y más espesas, provocando incluso que muchos comercios y hogares tuvieran que encender luces para seguir realizando sus quehaceres dada la oscuridad que se cernía sobre la ciudad. Y así, hacia las dos y cuarto de la tarde, un fortísimo vendaval comenzó a barrer las calles de la ciudad, arrancando árboles e incluso provocando el derribo de la chimenea de “Galletas Patria”, anunciando lo que se venía. Poco después esas nubes oscuras comenzaron a arrojar todo su contenido en una virulenta tormenta que no solo descargó una gran cantidad de agua, pues también iba acompañada de un pedrisco que rompió cristales de ventanas, marquesinas y faroles. Algunos testimonios hablan incluso de que en algunos balcones llegaron a acumularse varios kilos de granizo, y no fueron pocos los locales y hogares en los que llegó a entrar el agua.
La tormenta duró apenas unos veinte minutos, aunque fue la primera de un carrusel de precipitaciones que se alargaron hasta la llegada de la noche y que dejaron no pocos desperfectos. La capital aragonesa quedó casi incomunicada, quedando cortadas las líneas del ferrocarril, carreteras casi impracticables, e interrumpidas muchas de las líneas de teléfono y telégrafo. Incluso algunos barrios como el de Torrero perdieron el suministro eléctrico durante varios días. Pero lo peor no cayó sobre Zaragoza. Las fuertes lluvias provocaron el desbordamiento de los ríos Jalón y Jiloca, quedando casi arrasada toda la huerta de la zona; mientras que a pocos kilómetros al norte de Zaragoza, en San Juan de Mozarrifar, las inundaciones provocaron el hundimiento de 33 casas y los vecinos tuvieron que ser evacuados en barcas. Sin duda, no es raro que entre temblores de tierra, vendavales y tormentas, algunos pensaran que el fin del mundo había llegado.
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