Se puede tener más o menos inspiración, la muñeca suelta o atornillada, las ideas claras o turbias, pero la actitud es un valor innegociable para profesionales de la altura deportiva y económica del CAI. O debería serlo, porque ayer en Ipurúa la vendieron a precio de saldo, afectados por un estado catatónico al que acompañaron inútiles y aislados episodios de epilepsia individual. Al primer golpe tiró la toalla y se hizo el muerto en una ridícula postura de encogimiento competitivo.

La temporada recién nacida no está siendo feliz para un equipo desbrujulado, incapaz de conservar el prestigio y la solidez que le hicieron brillar el curso pasado y que le condujeron a la clasificación europea. El Arrate, una modesta legión de mercenarios bien dirigidos desde el banquillo y poco más, dejó al conjunto aragonés hecho un trapo desde el primer segundo y a su entrenador, Kosovac, como una mera figura decorativa. El serbosueco paseó por el pabellón eibarrés sin disimular sus dudas, incapaz de hallar soluciones, y por su gesto distraído sus chicos se fugaron del partido para no volver.

Nunca alcanzaron siquiera un empate. Los guipuzcoanos tomaron el mando sin oposición porque el CAI abandonó el barco antes de salir de puerto. El trabajo defensivo fue una broma, una pared agrietada. Los hermanos Cutura, Dalibor y Davor, parecían los Dalton: una y otra vez recibían la clave para abrir una caja fuerte de algodón. Los serbios marcaron entre ambos 21 goles, casi el total de su rival. También se lo pasó en grande Nunes, un extremo que disfrutó de las autopistas inauguradas en su honor. El único que dio la talla fue Carlos Prendes, que anotó todo lo que salió de su mano, pero Kosovac le premió con el banquilo y nunca más se supo de él.

EL DESASTRE En el cuarto parcial se fraguó el desastre. El marcador comenzó a dispararse a favor de un Arrate férreo atrás y resolutivo en ataque. Sin florituras, a un ritmo machacón, se fue yendo hasta el 16-10 con que finalizó la primera mitad. Durante doce minutos, el CAI no pudo batir la portería de un soberbio Malumbres, que se exhibió dentro de un esquijama amarillo de héroe casero. Esa distancia de seis tantos y la intolerable falta de puntería durante tanto tiempo resultaron una fosa para los aragoneses pese al empeño y las ganas de Doder y Cartón y algún ramalazo de Zaky.

Ni un acercamiento, ni una intención de ganar... Mariano Ortega, camuflado tras una melancolía de poeta tísico, escenificó con pulcra exactitud la imagen de sus compañeros, descabalgados por un adversario que ni tiene publicidad en la camiseta. Lo que le sobró al Arrate, sin embargo, fue orgullo, desparpajo, gravedad en el juego y un entrenador en su sitio. Es decir actitud general, que es el valor que sustituye a la inspiración en un mala tarde. Y ayer fue la peor para el peor CAI.