El partido fue un tostón pero el resultado invita a relamerse los dedos desde la perspectiva pragmática. Tres puntos que elevan al conjunto aragonés a la azotea de la clasificación, la primera victoria a domicilio y Diego Milito sentando en el trono de Pichichi del campeonato con cinco tantos en cinco encuentros ya que uno se lo perdió por lesión. El botín de Anoeta es rico, rico para un equipo que continúa con la identidad confusa y que invirtió lo justo para hacerse con este tesoro de más peso cuantitativo que brillo cualitativo. Al considerable aumento de su patrimonio colaboró ayer la Real Sociedad, un conjunto en clara descomposición, sin fútbol ni recursos, que se va directo a Segunda, un destino que lleva años persiguiendo con obsesiva dedicación.

El partido, para el espectador, fue de los que producen jaqueca y desasosiego. Los donostiarras no sabían qué hacer con el balón salvo lanzárselo a Kovacevic como si fuera un experto localizador de pozos de petróleo. Pero el ariete vio pasar sus mejores tiempos de hábil rastreador de goles y ahora sólo cabecea como un pájaro sin alas. El Real Zaragoza sigue inscrito en el club de los fervientes románticos, fiel a un estilo de apasionamiento ofensivo que unas veces lo hace temible y la mayoría de las ocasiones lo conduce al alboroto y al desgobierno táctico. Víctor Fernández protegió algo más a sus poetas con la presencia de Celades junto a Zapater, pero el desplazamiento de D´Alessandro a la derecha y Aimar a la izquierda en una falsa línea de cuatro centrocampistas desnaturalizó a los dos argentinos, muy inquietos y fallones.

LOS PENALTIS De repente comenzaron a ocurrir cosas, primero un aviso de Sergio García de cabeza que sacó Riesgo con apuros, y después, sobre la media hora, una serie de acontecimientos confusos que terminaron por favorecer el triunfo del Zaragoza. El colegiado vio penalti de Juanfran sobre Kovacevic y Xabi Prieto adelantó a los locales, que perdieron cuatro minutos más tarde a Rivas al acumular una segunda amonestación. En el ajetreo, Ramírez Domínguez pitó pena máxima de Gerardo en un lío en apariencia intrascendente dentro del área guipuzcoana. Diego Milito, camino de su reinado, estableció el empate y el cielo, muy nublado, se abrió de par en par para el equipo aragonés. Con uno menos, la Real Sociedad sonó rota por dentro, a merced de un destino inevitable, y Bakero se encargó de mutilarla al retirar a Kovacevic y meter a Garitano para poblar la medular con mucho hombre y ninguna idea potable.

Con una hora por delante, que el Zaragoza ganara era cuestión de tiempo y de inteligencia, y sobre todo de la rendición psicológica de un enemigo incapaz de sobreponerse a sus limitaciones y a un paisaje tan desolador. El balón ya sólo fue cosa del conjunto aragonés, que se encontró cadáveres a su paso sin saber muy bien cómo esquivarlos. Sergio García era el único con los colmillos afilados y una tensión atacante real. El resto, arrastrados por la nula productividad de Aimar como libre volante zurdo, una posición que le condenó a la indefinición, no lograron inquietar a la malherida Real hasta la segunda parte.

El Zaragoza vive colgado en el aire, como una fruta verde sin hilos que la sostengan y que aseguren su madurez futura. Anuncia dulzura su aspecto sin que nadie se atreva a asegurar que posea un interior deshabitado para competir más allá de su belleza externa. En ese momento de numerosas ventajas que había adquirido en Anoeta necesitaba agrandar el campo para agotar a la Real, pero no tiene gente específica de banda y sus laterales se estiran lo justo en los carriles. Sin embargo hubo un retoque (el enésimo esta temporada) en la segunda parte que surtió un efecto bondadoso: Aimar jugó donde debe, de enganche, y con contados pero cegadores destellos abrumó al entregado adversario.

Lo curioso de este deporte es su capacidad para regalar sorpresas. Se esperaba el gol de alguien de arriba y lo marcó Diogo, que había subido para sumar sus centímetros a la salida de un córner. El uruguayo, con la pelota en los pies y casi en el área pequeña, le hizo un gorro a su marcador y superó a Riesgo con un toque sutil. Romário hubiera firmado ese derroche de imaginación en un espacio tan reducido, pero la obra de arte le pertenecía al musculoso lateral, que soñará con ese tanto y lo contará a sus descendientes bajo la lumbre de su retiro.

El monólogo zaragocista se acentuó con todo el segundo periodo por delante y no tardó en llegar el tercero. A la contra, Aimar armó una carga en superioridad, con Sergio García por la derecha y Diego por el centro. Su apertura para el catalán acabó con una magnífica asistencia de éste para el argentino, que rubricó la perfecta triangulación, una jugada que despierta la sospecha de que este equipo se manejaría mejor con una ligera dosis de especulación, no como lo intenta siempre, queriendo ser el alma de la fiesta.

Una victoria excelente en un partido plano y soso, sin adversario. Teorías al margen, viene de maravilla esta vitamina para un calendario que en breve dirá si el Zaragoza está preparado para la alta montaña o sólo para las etapas llanas.