Ya no hay duda. Cada día que pasa, cada hora, cada minuto, cada segundo, la LEB es una Liga más exigente y con más complicaciones. Menos mal. El encuentro de ayer es una radiografía perfecta del estado real de salud por el que atraviesa esta competición, que es el mismo, o tan parecido que apenas se aprecian las diferencias, que el de cualquier temporada anterior. Para ver un buen partido, antes hay que sufrir diez insoportables. El de ayer contra el Tarragona fue tan malo como uno sea capaz de imaginar. Engorroso, enfangado en muchas fases, plagado de errores, discontinuo, desesperante por momentos, confuso en su mayoría y muy, muy aburrido. Fue una mala resaca de las fiestas con dolor de cabeza y escalofríos incluidos. Entre tanto desecho, el CAI se encontró un tesoro: la victoria, que tras ver lo que se vio es algo maravilloso.

Con el segundo triunfo consecutivo, el equipo de Chus Mateo saca la cabeza del fondo de la clasificación a base de sudar la gota gorda y, gracias a la particular idiosincrasia del campeonato, se puede concluir que no está ni mejor ni peor que la mayoría de los equipos de esta Liga sin gobierno, cuyo nivel es tan discutible y bajo que no vale la pena ni discutir y en la que a veces cuesta diferenciar quién juega peor.

De ese panorama, que es lo que es la LEB y lo que seguirá siendo mientras haya que sufrirla, el CAI rescató un triunfo sumado a pulso, en cada rebote, en cada recuperación, en cada tiro, en cada acierto. Los pragmáticos dirán que lo importante es ganar y la razón les asiste. Y los reflexivos mirarán atrás, repasarán el partido y se preocuparán hasta que vean a su equipo jugar mejor al baloncesto. El triunfo, que es lo que vale en cualquier torneo profesional pero que a veces oculta los problemas, debe servir para felicitarse y, al instante siguiente, quitarse la venda de los ojos y concluir que el CAI juega mal y que apenas da señales de vida. Ahora, eso sí, al menos vence.

RIVAL MUY FLOJO Solamente así se puede entender que el conjunto aragonés no sentenciara el partido hasta el último minuto y que a 3.45 para la conclusión fuera perdiendo (66-69) contra un rival voluntarioso, con el mismo gran escolta de todos los años (Berni hizo 21 puntos), un americano con clase pero blando como la mantequilla (Wolfram) y nada más, absolutamente nada más.

Incluso contra un oponente tan débil el CAI padeció lo indecible. Al final se llevó la segunda victoria de la temporada por su aplastante superioridad física, traducida en la gran actuación de Evans bajo canasta (18 puntos y 11 rebotes) y en las dobles figuras de Faverani (14 puntos y 12 rebotes), cuyos números fueron excelentes porque supo aprovechar las dos cabezas de diferencia sobre cualquiera de sus defensores. Del partido no sirvió nada más, solo que cuando se juega tan mal, lo mejor que le puede pasar a uno es ganar. Y es lo que le sucedió al CAI.