El Bar§a entró y salió de Stamford Bridge sin dejar huella, sin nada que recordar salvo que el Chelsea le devolvió una que le debía y se quedó corto en el resultado. Nada del otro mundo, una derrota de las que le gustan a Mourinho, un 1-0 y gracias, pero que duele por tratarse de quien se trata y porque el campeón estuvo lejos de ser lo que es o lo que era, a imagen y semejanza de su guía, Ronaldinho, que apenas pisó el escenario y que esta vez no apareció cuando el equipo le necesitaba.

En un duelo sin la chispa y la emoción de los precedentes, el Chelsea salió ganando sin haberle pasado la mano por la cara al Bar§a, que ahora tendrá que ganar los dos partidos de casa para no quedar fuera. Un zarpazo de Drogba bastó para desequilibrar una balanza que fue inclinándose a un lado y a otro. En un duelo más táctico que emocional, aunque al Chelsea se le vio siempre con un punto más de excitación, al Bar§a le faltó convicción, como si saber que no se jugaba la vida le hubiera rebajado las ansias de ganar.

Mourinho apostó por el musculó aún más de lo previsto con la entrada de Boulahrouz, un perro de presa que apagó sin excesos a Ronaldinho. Cada vez que el balón llegaba al brasileño, allí estaba el defensa holandés, pegajoso, inseparable, hasta engullirle.

Tampoco olvidó el técnico portugués lo que ocurrió en la otra banda, cuando Del Horno hizo volar a Messi, la obra de teatro que tanto detesta Mourinho, y que ayer reanudó la pulga con Cole. Da igual quién le pongan delante. Cuando la pelota cae en sus pies, algo pasa. Ayer, en medio de un juego poco vertical, Messi ofrecía siempre una salida, una punta de velocidad que alteraba los mecanismos del Chelsea y que propició las dos ocasiones más claras de peligro. Con Messi como único agitador, el primer tiempo se convirtió en un duelo de ida y vuelta, que nacía y moría casi siempre en el centro del campo, y no iba más allá.

REVOLUCIONADO El Chelsea, revolucionado, apretó las tuercas, sin dejar un momento de respiro, y el Bar§a se sintió muy incómodo, incapaz de retener el balón y pararse a pensar. Con Gio y Zambrotta sufriendo por los laterales, Drogba tuvo la primera ocasión al cuarto de hora, en una jugada que retrató lo que sería el ataque del Chelsea. Shevchenko tuvo el remache, pero Márquez se le adelantó. Y así sería hasta el final. Drogba, convertido en una pieza incontrolable, y Sheva, en una sombra de sí mismo. No dio una y tuvo que ser el marfileño quien le diera un empujón a los suyos, con un gol que nació en un mal control y medio taconazo, y murió de una gran media vuelta.

Tocando y tocando, con más control y menos precipitación, con la defensa mejor ajustada, el campeón empezó a recuperar su identidad, jugando más al primer toque y empujando hacia atrás a los ingleses. Pero todo eso murió en cuanto Drogba se dio esa media vuelta y el Chelsea encontró lo que tanto le gusta. Una excusa para quedarse aún más atrás y atacar con genialidad la espalda.