La clase no la entregan con los títulos, ni con el dinero, ni tan siquiera con equipos inolvidables por su fútbol rico de espectáculo y leyendas. La categoría de un club, la elegancia, es inherente a la forma de actuar de sus dirigentes conduzcan deslumbrantes deportivos o utilitarios de tercera mano. Nada tiene que ver con la voluble estética de las promesas y mucho con el respeto que infunde la gestión de los directivos a su afición, al público en general de un deporte cada vez más deshumanizado por su empeño en construir galaxias con demasiadas estrellas de bisutería.

La grandeza se sostiene sobre una historia bien relatada, y el Real Zaragoza ha contado a lo largo de sus 75 años de vida con narradores de lujo, con jugadores que le han dado un inconfundible toque de distinción admirado y admirable. La auténtica magnitud de un club, sin embargo, reside en muchas ocasiones en los gestos aparentemente pasajeros de quienes ostentan el poder, en detalles con pocas lentejuelas y una enorme sustancia sentimental. Son los ingresos atípicos que enriquecen el orgullo de la hinchada, que, pese a su ligera trascendencia en estos tiempos como sostén económico del presupuesto, aún posee la llave del laberinto de las pasiones que necesitan los profesionales cada fin de semana.

La celeridad con que han actuado Agapito Iglesias y Eduardo Bandrés para comunicarle a Luis Carlos Cuartero que no tema por su renovación mientras sana su rodilla, manifiesta sensibilidad, justicia y el tacto que merece un futbolista que lleva el escudo bordado sin tópicos al corazón. La decisión produce asimismo una onda expansiva que alcanza a los seguidores de incondicional cariño al Zaragoza, de aquéllos que alimentan su fidelidad con fichajes de relumbrón y también, en la misma medida, con este tipo de guiños de los que se sienten partícipes por la raíz.

Con mucho todavía por aprender y mejorar, Agapito, Bandrés y sus consejeros han demostrado clase en el trato del caso Cuartero, una victoria discreta pero contundente.