Luis Carlos Logroño tiene toda la pinta de poeta, científico o director de cine. Incluso sus amigos le dicen que se da un aire al realizador David Trueba. El zaragozano de 36 años es programador de autómatas y el pasado 7 de octubre alcanzó la cima del Cho Oyu, la montaña del Himalaya de 8.201 metros de altitud junto a su amigo el madrileño Manuel Benito.

Logroño se quitó una espina que tenía clavada con el Cho Oyu. En el 2004 no pudo llegar a su cima. "Fuimos en primavera y tuvimos muy mal tiempo. Nos quedamos en la cota de 6.900 metros". Por aquella época Logroño ya tenía una importante experiencia en el monte. Ya conocía el Elbruz, el Pico Lenin, el Aconcagua y la Cordillera Blanca del Perú.

El montañero zaragozano se tomó el viaje como unas vacaciones y se pagó de su bolsillo los 6.000 euros que le costó toda la aventura. "En el año 2004 buscar financiación nos costó mucho tiempo de entrenamiento y las instituciones no se mojaron mucho. Me quemé mucho con este tema. Ahora tenía claro que si no subía, no sería por problemas físicos", dice el himalayista.

Su trabajo le dejó tiempo para prepararse concienzudamente para la aventura. "He hecho mucha montaña. He andado por el Pirineo tres o cuatro días seguidos. Cogía la tienda de montaña y la mochila, me la cargaba a las espaldas y subía collados y picos durante nueve horas". Entre semana hacía bicicleta en Zaragoza.

El montañero llegó tan cansado de su primera experiencia en el Cho Oyu, que pensó en no regresar al Himalaya. "Pero este año coincidí con dos amigos, José León y Manuel Benito, y me convencieron". Fueron con la empresa aragonesa Aragón Aventura y compartieron permiso con otras trece personas de toda España. "El día de cima llegamos arriba con un bombero de Burgos y un policía de Logroño". También coincidieron con cuatro alpinistas del Centro Excursionista Moncayo. Pero estos no hollaron la cima.

La vía

Luis Carlos Logroño fue por la ruta normal tibetana. La subida fue muy exigente y les costó cuatro jornadas llegar a lo más alto desde el campamento base. "Teníamos previsto salir a las tres de la mañana hacia la cima, pero al no verlo claro el tiempo, tardamos tres horas en partir. Hacía mucho viento, pero empezó a entrar la claridad del día, nos animamos y llegamos a la cima en siete horas, aunque solo estuvimos diez minutos en ella del frío que hacía", explica.

En la cima apenas pudo gozar de ese momento irrepetible. "Enseguida cambié de chip y me di cuenta de que tenía que bajar cuanto antes porque estaba muy cansado. Estuve más emocionado un poco antes de llegar, cuando la veía al alcance", recuerda.

La bajada fue agotadora para los conquistadores. "Dormimos en el campamento III y en una jornada bajamos al campamento base". La zona más técnica se encuentra entre el campo I y el II. "Es el paso del serac de unos 20 metros. La Barrera Amarilla tiene 15 metros de escalada en terreno mixto antes de llegar al campamento III", afirma.

Desde finales de septiembre subieron a la cima 60 personas y los días 6 y 7 de octubre se abrió otra ventana de buen tiempo. "La meteo no se equivocó, apostamos esos días y nos salió bien la jugada", dice

El año que viene no sabe lo que hará, aunque "nunca se puede decir que de esta agua no beberé. Pero seguro que cae algo por Perú. Son unas montañas más humanas que el Himalaya". De momento, su prioridad es irse con la novia este fin de semana a las Islas de Madeira. "Hay que tenerla contenta después de tantas ausencias", afirma satisfecho.

Logroño es un montañero que prefiere ir por libre y es reacio a incluirse en los macroproyectos de Carlos Pauner que, en teoría, aseguran el éxito de la cima. "Si la montaña es, de por si dura, si vas presionado, lo es más. Me gusta la montaña sin ataduras, sin tener que rendir cuentas a nadie y como un reto personal. Si un año me apetece la playa, me voy a la playa y tan contento", concluye.