El Real Zaragoza sigue ofreciendo dos caras y Víctor Fernández, como reconoció al final del partido, no encuentra explicación a semejante fenómeno de desdoblamiento de personalidad. El conjunto aragonés volvió a ser anoche un equipo de contrastes exagerados, capaz de diseñar un fútbol excelso en la primera parte y de desaparecer en la segunda sin dar señales de vida frente a un Betis en inferioridad numérica por la rigurosa expulsión de Edu. En esta ocasión, sin embargo, se le puede exculpar por esa profunda laguna de tensión y concentración que le evitó cerrar el encuentro con una goleada, un comportamiento más regular y sin el agobio que provocó el tanto de Robert.

Es cierto que, una vez más, la escuadra de Víctor Fernández no terminó de redondear la faena, si bien mereció la pena disfrutar de su virtud aunque por abusar de ella afloraran sus defectos, que fueron mentales, pero sobre todo físicos. El Real Zaragoza desplegó un fútbol de ensueño en 45 minutos, impagable, de juego preciosista, coherente --bye, bye al inestable rombo y bienvenido para siempre el doble pivote--, veloz con el balón y sin él, emotivo... En ese estado de éxtasis que se tradujo con dos goles más para el infalible e inmisericorde Diego Milito, el Zaragoza cometió el pecado de no administrar el placer. Se hiperventiló, consumiendo todo su combustible para volar como un cohete durante medio camino y recorrer el resto con la lengua a la altura de la lengüeta de las botas. No reguló el esfuerzo y el Betis, sin amenazar seriamente la victoria aragonesa, se paseó a su antojo por el campo.

El comportamiento global tuvo más cuajo colectivo que en la seis jornadas anteriores. Hubo múltiples razones para que se diera ese salto de calidad que augura tiempos mejores sin tener que reiniciar el disco duro. Aimar apareció por fin en toda su plenitud, con disciplina y una genial interpretación del juego en los espacios descubiertos. Infiltrado entre las líneas enemigas, el argentino picó como un escorpión hasta que fue sustituido en el descanso. El segundo gol tradujo la belleza del Zaragoza en todo su esplendor cuando el Cai entró en el área para recoger un pase abierto de D´Alessandro: se quitó dos adversarios de encima, congeló la escena y puso la pelota a merced de Diego. Si alguien tuvo tiempo para pintar esa escena en La Romareda, puede que un coleccionista le pague hoy una fortuna por esa obra de arte.

RESPONDÓN PERO POCO El Betis había comenzado con cierto aire respondón, conservador pero con Robert avisándole a Sergio Fernández de que iba a darle la noche. Un par de amagos ofensivos del cuadro andaluz dieron paso al festival local, que iluminó el estadio en una explosión descomunal de pólvora creativa. Aimar se puso a dirigir la orquesta y Sergio García y Diego Milito tocaron el tambor de guerra como los ángeles de la muerte que son, con D´Alessandro con una metralleta en el compartimento del violín que lleva en su zurda. Ni una nota discordante. Menuda sinfonía de ataque.

En ese estadio de gracia Alberto Zapater, liberado de mover solo la rueda de molino, dio su recital particular. Sigue recuperando balones, pero sin tanta atadura táctica le dio cuerda a Aimar, ordenó, se ofreció para la pared corta y para el desplazamiento largo como un líder poderoso y justo en el reparto. Él y un señorial Gaby Milito --quien reparó el mal día de Sergio Fernández-- fueron los únicos que brillaron sin pausa incluso en la segunda parte, cuando se produjo el terrible descenso de adrenalina. El Betis, con Capi a sus anchas frente a un Zaragoza consumido, acortó distancias con encomiable esfuerzo, mientras la bella, que ya se mira en el espejo de Europa, se echaba la siesta después del atracón. De las dos caras, la primera, muy guapa, fue la ganadora.