El Real Zaragoza se ha marcado una mejora sustancial en la Liga, un espacio que ha tenido abandonado durante los últimos diez años como quien deja un viejo abrigo al fondo del trastero, junto a los cacharros inútiles. La nueva dirección administrativa y deportiva quiere que este proyecto crezca con fantasía y también con regularidad en la dirección correcta, la que puede llevarle un día a la Liga de Campeones, es decir al banco del tesoro para cicatrizar una ingente deuda heredada del pasado.

Ese objetivo no va a ser inmediato porque existen unos tiempos lógicos en la construcción de toda empresa al margen de que el fútbol, con sus caprichos y sus miserias, decida acortarlos. La mirada está puesta en Europa, pero la clasificación para Copa de la UEFA, una conquista estupenda para la afición y para el propio club en caso de producirse, supone una ruina económica pese a que se intente gestionar con mano maestra. Sólo la Champions permite un salto cualitativo considerable siempre que esos beneficios se reinviertan con criterio y se eluda la venta gratuita de los jugadores principales.

Mientras se llega a ese horizonte ahora mismo lejano, la Copa no se puede contemplar como un objeto de segunda mano, sino como un aliciente de enorme impacto psicológico, un complemento que propulse el estado anímico del grupo en todos los frentes competitivos. La dosificación de fuerzas, o rotaciones, no es siempre la mejor elección, pero con el regreso al formato del doble partido que beneficia a los grandes, en la primera cita se admite la derrota con o sin decoro o un empate insulso, como ocurrió anoche en el Rico Pérez. La cuestión es que el Real Zaragoza es un cachorro al que le gusta jugar y divertirse, aunque no puede distraerse en el torneo del KO ni lo más mínimo por la ilusión que genera este trofeo entre unos seguidores muy acostumbrados a ser felices con este tipo de brindis. La subida de tono en la Liga es primordial, tanto como seguir adelante en la Copa sin pensar en peajes. No hay tregua para los valientes.