Pepe Díaz y María Pilar Sáenz llevan más de medio siglo unidos por el Pirineo Aragonés. Ambos pertenecen desde su juventud a Montañeros de Aragón y desde los años 50 escalaron las paredes más difíciles de Ordesa, Morata y los Mallos de Riglos. Están muy cerca de cumplir sus Bodas de Oro desde que se casaron en la localidad oscense de La Peña el 1 de diciembre de 1962. "El arco de bienvenida nos lo hicieron unos amigos con piolets y trepamos al campanario de la ermita para tocar la campana", dice Sáenz.

Lo suyo con la montaña fue un verdadero flechazo. "Salíamos al monte con un grupo del club y nos hicimos novios casi por aburrimiento", dice irónicamente María Pilar Sáenz.

Ahora ninguno de los dos escala, aunque son jóvenes de espíritu. María Pilar tiene 65 años y apenas puede andar por la montaña, pero su esposo, que tiene 77 años, al menos realiza con cierta asiduidad senderismo. "Hace mucho que no escalo. Lo último fuerte que hice fue el Mallo Pisón con uno de mis hijos hace cinco años. Tuve un problema de arterias coronarias y me canso en exceso. Ahora hago, como mucho, algún tresmil. Es posible que al Balaitous vayamos este fin de semana", dice Díaz.

Sáenz fue la pionera de la escalada de grandes paredes en Aragón en los cincuenta. Conquistó las Agujas de Ansabére, el Vignemale, el Midi d´Ossau, la cara sur del Aspe en invierno, la Punta Aragón, la Punta Zarra, el Pico Escarra, la Aguja Roja en Riglos o el Cervino en los Alpes. "Y la Aiguille du Midí en el teleférico", recuerda con gracia Sáenz. La aragonesa fue una avanzada de su época. "Sólo había una catalana que salía en las revistas, María Antonio Simó. Pero era raro ver una escaladora en los cincuenta. La mujer de José Antonio Bescós, Rosario, subió el Firé. Pero poco más", dice Pepe.

Sáenz estaba muy vinculada a Montañeros y realizaba las escaladas con un grupo de amigos. "En mi casa nunca se enteraron de mis escaladas. Solo sabían que salía de excursión. Mi padre era cazador y pescador y salía con él en el autobús de Montañeros. Le decía que si podía ir de perro", apunta.

Los inicios

Sáenz se hizo de Montañeros de Aragón a los 15 años. "Hice los cursos de escalada sin que se enterasen en casa". Era una tradición que antes de partir al Pirineo, los alpinistas fueran a Misa de Infantes en el Pilar. Sáenz tenía problemas para entrar con pantalones al Pilar. "Entraba a la iglesia con una falda de colegio un poco larga, me subía el pantalón y cuando salía me la quitaba". A continuación cogía con su grupo el Canfranero en la Estación del Norte. También tenían problemas cuando regresaban y salían de la estación. "Algún energúmeno nos decía cosas en la calle. Hay gente muy patosa y alguno se pasaba con las chicas", dice Díaz.

Sáenz nunca tuvo como meta vivir una experiencia en el Himalaya. "Nunca me gustaron las expediciones. Donde la montaña no me compensa, me vuelvo". De los muchos detalles que recuerda de su época como escaladora, nunca olvidará el tacto frío de la roca de madrugada. "Siempre me sobrecogía".

Sáenz ha tenido cuatro hijos. No le quedó otro remedio que bajar su ritmo de escalada. "Cuando los empecé a tener me centré más en los niños y abandoné un poco el deporte. Aún así subí el Anayet, el Midí, el Vignemale", apunta.

En los cincuenta, estaba mal visto que una mujer fuera escaladora. "Incluso mi marido decía que éramos unos marimachos. Ahora no se atreve a decírmelo", apunta. No sólo las mujeres escaladoras eran gente rara. "Los montañeros se consideraban gente loca que iba suelta por el monte. No teníamos buena prensa. Ahora lo cuentas y da risa", explica Díaz.

La indumentaria del montañero era avanzadísima para la época que vivía España. "Las mujeres llevábamos jersey de lana, un anorak artesanal tipo buzo, pantalón bávaro y medias de lana y gorro de lana aunque hiciera calor. No se llevaba falda. Algunas chicas llevaban falda-pantalón", recuerda María Pilar Sáenz.

Las botas eran de cuero con suelo de goma. "Parecidas a los que llevan los militares. Eran un poco cortas de caña y suela rígidas". Para escalar Pepe Díaz recuerda que llevaban unas botas "como las de los legionarios. También llevábamos alpargatas de cáñamo que tenían más adherencia en la roca. El problema es que, si llovía, estabas perdido".

El año que viene Sáenz cumple 50 años como socia de Montañeros de Aragón. "Estoy encantada de que me den una insignia de plata. Pero eso no es por ningún mérito, aunque ser de Montañeros de Aragón es lo que más me gusta. Estoy encantada".