El Real Zaragoza metió su hocico de cachorro insaciable en la golosa cesta de la zona Champions con una laboriosa y merecida victoria en el Manzanares. Se llevó todo el pastel, tres puntos que le han situado en la cuarta posición de la Liga sin que nadie le regale nada, acudiendo anoche a por el triunfo no sin sufrir, no sin trabajar, no sin dejarse seducir en muchos momentos por un empate que se ofrecía como un tesoro en una cita áspera, frente a un enemigo cuya propuesta fue el intercambio de golpes. Pero él y su entrenador creyeron hasta el último suspiro en la victoria, impulsados por un espíritu valiente que fue creciendo paralelo a su estilo constructivo. El gol de Óscar sobre la campana lo marcó el salmantino tras una elegante asistencia de Diego Milito. Un toque de seda para castigar la lija del Atlético, que fue un rival rácano, agresivo, despiadado, muy arropado por la permisividad del árbitro con su dureza extrema. Contra todo y contra sus propias dudas y miedos, que los tuvo al buscar a Aimar y no hallarlo, el conjunto aragonés salió del Vicente Calderón con la mirada altiva, agotada y feliz del héroe cuando regresa a casa tras la batalla ganada. Un gran triunfo, sin duda, de consecuencias futuras muy bondadosas.

PARTIDO DURO El encuentro fue de rasca, rasca, uno de esos compromisos donde los jugadores ejercen más de mineros que de futbolistas. Sin Aimar, el Zaragoza, con un D´Alessandro que no dejó de ser un correcto aunque excesivo sucedáneo de su compañero, se agrupó para no dejarse sorprender por un Atlético que se protegió mascando el juego con tres trivotes de trote lento, liderados por lo general por Costinha, uno de esos sargentos chusqueros que disfrutan amargándole la vida y los tobillos a quienes transitan por su zona de influencia. Con unos muy contemplativos y otros sacudiendo a todo lo que se moviera, el fútbol se agrió, adquiriendo una acidez excesiva para dos aspirantes a Europa.

Galletti y el zaragozano Víctor Bravo pusieron en la primera parte ambición y buen gusto. Bien es cierto que Diogo y Juanfran colaboraron mucho abriéndoles las puertas que tampoco podían cerrar Movilla y Zapater, superados en número e imprecisos en el pase, con D´Alessandro interpretando el liderazgo que le ofreció su entrenador como un abuso de poder de la pelota, casi siempre sumando un regate de más. El Atlético se subió a la excavadora y escarbó una y otra vez sin ideas, pero en su insistencia halló un par de ocasiones para adelantarse en el marcador. Galletti probó a César desde lejos para después examinarle con un cabezazo a un par de metros que el guardameta despejó con una maravillosa respuesta de reflejos.

Ese aviso anunciaba lo peor porque la escuadra de Víctor era incapaz de pisar el área de Leo Franco. Tímido, resguardado del mal tiempo que se le venía encima y golpeado sin piedad, el Zaragoza aguantó el tipo sobre las espaldas de sus centrales, Sergio Fernández y Gaby Milito, monumentales al igual que César Sánchez. Los rojiblancos apretaban las tuercas como una máquina insulsa, robotizada, y su falta de sensibilidad le iba convirtiendo poco a poco en un chirriante grupo de jornaleros metálicos.

AMENAZA IRREAL La mortecina aportación de Fernando Torres, que se desinfló en su puesto de icono solitario en la delantera madrileña, colaboró a certificar que el Atletico, con Agüero viendo el partido desde el banco, era una amenaza irreal, un grito furioso al vacío, un edificio de hormigón por fuera y gaseosa por dentro. La paciencia fue la mejor virtud del equipo aragonés, que se sobrepuso progresivamente a ese ejecicio de aplastamiento burocrático y recuperó su salud. Una de las claves del regreso al partido se dio con la entrada de Sergio García por un Ewerthon que desaprovechó su titularidad y una gran cesión de Diego Milito a la que contestó con un golpe al aire. Sergio García trajo con él desparpajo, frescura y movimiento inteligente, lo que a Pablo y Perea les sentó muy mal y muy bien a sus compañeros.

La marcha de Costinha a la ducha, quien dejó su lugar a Jurado, desmanteló el trivote atlético y despejó el campo, que se convirtió en un espacio más razonable para jugar al fútbol sin el peligro de la guadaña del portugués. Aparecieron entonces con criterio Movilla, muy desafortunado hasta entonces, y Zapater, autoritario y poderoso ante las acometidas de Maniche, un león desenfrenado. También Lafita, quien respondió a la confianza de Víctor reventando su cuentakilómetros en un trabajo impagable, ilusionado sin perder nunca el norte del compromiso, la exigencia y la responsabilidad que le correspondían.

Agonizaba el Atlético en la rompeolas de Gaby Milito y Sergio Fernández, cuando surgió Óscar relevando a D´Alessandro. Sergio García cogió la bandera de la victoria y la ondeó cerca del área rojiblanca con un par de llegadas espectaculares. Su equipo se dejó lllevar por la ambición del catalán y por la innata tendencia al atrevimiento de esta camada de cachorros insaciables. Y ganó con un gol de Óscar. Salieron entonces todos de la mina con un filón de oro en las manos, con una paga extra bien ganada.