En ocho jornadas, el Real Zaragoza ha plantado sus pies en el tiesto de la Champions. Con habichuelas mágicas y sin ellas, el conjunto de Víctor Fernández ha escalado a un cielo provisional ganado con actuaciones repletas de registros antagónicos, pero siempre fiel a un estilo ofensivo en ocasiones natural y otras veces fuera de toda ortodoxia. Han sido ocho partidos con vida propia, sin apenas parentesco que no sea una grupo juvenil y entusiasta que imprime a la pelota un sello entre atrevido y atractivo, no exento de arrogantes riesgos, pruebas varias y un once nunca coincidente hasta la fecha por diferentes circunstancias.

Gobernado por la disciplina y la anarquía en el país de nunca jamás, redibujado tácticamente del rombo al doble pivote, ha ofrecido mil caras en una, versiones coincidentes por la alineación de un grupo de futbolistas que sólo piensa en golear y en vencer. En el Manzanares añadieron a su rico repertorio de imprevisibles respuestas una más, quizá la más importante en su aprendizaje: la de equipo que sabe vencer desde la asociación colectiva, que supera con sudor y músculo su divorcio con el buen fútbol que le distingue habitualmente. Aprobó una dura prueba sin Aimar, el hombre que susurra al balón, y se impuso sobre la bocina sin que le marcaran un tanto. Nadie sabe a ciencia cierta cuál será su comportamiento ante el Getafe el próximo domingo, ni cuánto tiempo vivirá en las alturas, pero ya está entre los cuatro mejores desde su exasperante y encantadora irregularidad y da muestras de madurez en este sinuoso camino de rosas.

Mejora

En los dos últimos encuentros, contra Betis y Atlético, Gaby Milito y Sergio Fernández han estado a una altura intachable. Por primera vez este curso, en el Calderón, el equipo aragonés no encajó un tanto a domicilio después de la endeblez defensiva que mostró en Riazor y en El Madrigal, sus anteriores salidas. El Mariscal había estado metido en casi todos los líos atrás, taciturno y tardío en la llegada, muy despistado... Se ha disparado el argentino, se ha imbuido de su carácter de cacique intratable y de la magnitud de Sergio Fernández, quien desde su altiva torre de marfil gestiona la fortaleza defensiva que ponen casi siempre en peligro Diogo y Juanfran.

César Sánchez también le ha tomado la medida a la temporada después de un comienzo de manos flojas y vuelos inseguros. En Madrid, ciudad que le inspira, estuvo colosal. El equipo es un primor en ataque, pero las señales de equipo competitivo de verdad las ha lanzado con el salto cualitativo de sus centrales y de su portero y la compañía que le han puesto a Zapater --Celades o Movilla-- en el eje creativo para que el canterano continúe evolucionando sin límites.

Tiene el Zaragoza además al Pichichi de la Liga, Diego Milito, el pie generoso de Sergio García, cuya alegría está este año por encima de un Ewerthon con cierta saudade... Y en los costados ofensivos y sin reñirse el protagonismo a Aimar, genial cuando habla y cuando calla, y al agitador D´Alessandro, una bola de fuego capaz de abrasar al rival o así mismo. La solidez ganada sin perder el glamour reside, no obstante, en la reconstrucción de atrás hacia adelante, en el máximo equilibrio posible de esta troupe de funambulistas ahora con red.