Si el gran problema del inicio de Liga del Valencia han sido las lesiones la pésima relación entre el entrenador, Quique Sánchez Flores, y el director deportivo, Amedeo Carboni, también ha acabado por ser perjudicial para un equipo con presupuesto y fichajes para aspirar a todo y que ahora se ve abocado a recuperar a marchas forzadas el tiempo perdido en la Liga --aunque en Champios y en Copa sí cumplieron el expediente--. Quique y Carboni han protagonizado una guerra fría que ya ha obligado a Juan Bautista Soler, presidente de la entidad, a intervenir en dos ocasiones, citándolos en una reunión para que se dejaran de desavenencias y remaran en la misma dirección.

La relación entre un director deportivo y un entrenador siempre es difícil, sobre todo en los fichajes y en las bajas. El primero es un hombre de club y mira a largo plazo y el segundo, por la mayor brevedad de su cargo, suele pensar a corto. Esta realidad, inexcusable y disimulada bajo un tapiz de cordialidad en otros equipos, se ha revelado con toda su crudeza en el Valencia, donde además las relaciones venían deterioradas de antes.

Quique fue el último entrenador de Carboni y éste, por los 40 años que figuraban en su carnet, apenas contó con oportunidades el curso pasado, donde solo jugó en cinco partidos de Liga. El lateral izquierdo pasó a tener un papel secundario en la plantilla, pero sabía que muy pronto iba a ser actor principal en el club, donde Soler le tenía guardado el puesto de director deportivo pese a conocer su mala relación con el técnico, al que renovó por dos años.

Así, sin experiencia en ese puesto y con el único aval de su don de gentes, Carboni comenzó su nueva andadura con unos malos augurios que se han cumplido. Desde el primer día, técnico y director deportivo han ido por su lado. Quique quería a Luis García (Espanyol), Jesús Navas (Sevilla) y un mediocentro --Gabi (Atlético) o Zapater-- y nada de eso llegó. En su lugar, Carboni apostó por el bético Joaquín, 25 millones de euros, y por Tavano, exdelantero del Empoli (10 millones). El primero juega, pero no ha demostrado el porqué de ese desembolso, el segundo es casi una figura decorativa para el técnico, que no le dio la titularidad ni faltando Villa y Morientes.

Muchas desavenencias

El comienzo de temporada no bajó la crispación. Llegó la plaga de lesionados --hasta diez en cuatro partidos consecutivos, con Edu, Gavilán, Regueiro, Moretti, Del Horno y Marchena de larga duración-- que tanto acusó el Valencia y Quique clamó por refuerzos. La respuesta de Carboni fue negativa. "El club no va a fichar por fichar", dijo. Y añadió una indirecta clara: "Si alguien no quiere estar en el barco, puede bajarse". Quique no respondió.

Aquello colmó el vaso de la paciencia de Soler, que volvió a citarles en privado tras reunirse con ambos en verano. Quique tiene el apoyo de la plantilla, donde lo mal que está llevando Carboni las renovaciones de Cañizares y Ayala --dos pesos pesados-- ha hecho que el director deportivo apenas tenga apoyos, pero el italiano aún se siente fuerte con un presidente muy variable en sus juicios. Lo que sí ha logrado Soler es que desaparezcan las discrepancias en público, pero la guerra fría sigue latente y solo tiene una salida. Uno de los dos se irá en en junio.