Definitivamente, Suazo es un jugador distinto. Lo es en el más amplio sentido del adjetivo. Por su fútbol, por su físico, por sus silencios, por su gol. Marca las diferencias en su equipo. También con su comportamiento, dentro y fuera del campo, que poco tiene que ver con las conductas que se entienden como naturales entre los jugadores que pueblan el fútbol español. No habla fuera del estadio, ni una palabra, huye de la prensa como si fuera la peste, hasta elude a los aficionados, con los que trata lo justo, y sería decir mucho. Así que no se sabe casi nada de él. Ni cómo vive, ni qué piensa, ni qué quiere, ni qué ve. Solo se conoce su actitud sobre la cancha, que tampoco entra dentro de los parámetros comunes. Ni siquiera ahí conversa, apenas discute. Solo se expresa con el balón en los pies.

El Chupete sacó ayer un punto de su puntera, un empate que difícilmente habría conseguido el Zaragoza si no hubiese aparecido el talento asesino del chileno, que por una vez entendió el fútbol de manera egoísta. Acertó, no le quedaba otra. Arrancó en tres cuartos, aceleró, percutió y cuando la defensa le robaba los espacios, centímetros antes de pisar el área, se sacó un punterazo exclusivo a la escuadra de Justo Villar. No debería extrañar su aptitud y genio frente al gol porque su reconocimiento internacional le llegó por la sencillez con la que desplomaba porteros en el continente americano. Era y es puro gol, aunque en el equipo aragonés se le esté apreciando por otras cosas. Así que no extraña, quizá sorprende. Sobre todo gusta, por lo que se vio en ese diestro disparo, por lo que asoma.

De Suazo, penalti de Tenerife aparte, se había visto todo menos su cualidad fundamental, la que le ha dado un nombre, la que marca las diferencias en el fútbol, la que mejora a los equipos de manera definitiva. Es el gol, condición innata, naturaleza única. Por sus movimientos, su facilidad para hacer la lectura correcta de los partidos y sus momentos, o la conciencia de las características propias de cada compañero, al chileno se le valoraba por el juego que es capaz de generar alrededor de su figura, que hasta parece menos gruesa. Su fútbol ayuda mucho a este Zaragoza aún desvalido. Sus goles dan y darán más. Al cabo, fútbol es gol.

Del Chupete, sobre todo, vivió ayer el Zaragoza. De él y de Contini, que le amargó la vida a Diego Costa. El brasileño fue el mejor hasta que se marchó, violáceo él por los cardenales, y seguramente muerto de miedo, incapaz de pelear otro balón más con el bravo italiano. Sí, Contini hizo lo que ya avisó el primer día, defender con uñas y dientes. Y manos, codos, caderas, rodillas, tacos... Todo lo que tuvo a su alcance. Ahí también se ganó gran parte de ese buen punto que dejó un regusto extraño. Ni fu ni fa. El tiempo mostrará su valor.