Lo peor de la derrota no es el terrible paso atrás que supone, por mucho que la tabla dicte que la vida sigue igual para el Zaragoza, a un punto del descenso, sino la sensación de orfandad y desasosiego. El equipo pareció otro ante el Sevilla, venía de crecida, y ya en Valladolid volvió a mostrar miserias que ayer se convirtieron en horrores, en una imagen inadmisible para un conjunto que, no se olvide, se juega la vida a nivel deportivo e institucional con la única meta de la salvación y que fue rebajado a la vulgaridad por un Sporting superior en todo: en rapidez, en sentido colectivo, en intensidad, en ganas... Al Zaragoza le quedan 15 finales en su lucha, pero a este nivel, si juega andando y sin movilidad, es carne de cañón y no evitará la tragedia. Lo mismo que con partidos como el del Sevilla la permanencia en la élite está asegurada...

En esa dicotomía sobre con qué imagen quedarse, si con el Ave Fénix que resurgió para vencer en Tenerife y al Sevilla o con este Frankenstein, se mueve ahora el equipo, Gay y, sobre todo, el zaragocismo entero, que tiene razones para hartarse tras la enésima decepción. Mira que ha visto bodrios en este curso, pero éste casi superó lo imaginable.

El técnico se equivocó en mantener a Carrizo, de nuevo señalado por su enésimo error, en apostar por Babic en el lateral zurdo o por un Edmilson sin ritmo en la medular y en la persistencia en que los extremos (Lafita y Eliseu) jueguen a pierna cambiada, pero la derrota ante el Sporting es obra exclusiva de los jugadores, de casi todos los que se vistieron con una camiseta que demostraron no merecer. Algunos detalles de Suazo, el carácter de Ponzio, la aparición de Pennant y Arizmendi... Y pare usted de contar. Más que insuficiente para derrotar a un Sporting que dio, literalmente, un baño táctico y de fútbol al Zaragoza para que la afición, en la mejor entrada del curso, tema otra vez por el futuro.

Y es que el partido cargó de razones a los pesimistas. Les dio un extenso repertorio. El Sporting había sumado hasta ayer un punto de 15 y el Zaragoza coleccionaba dos victorias y un empate, pero sobre el césped se vio a un equipo, el gijonés, y a una banda, algo que debería preocupar a Gay, porque el rival es en teoría directo en la lucha por la salvación y ahora está a siete puntos.

Desde el inicio, Lola y Rivera se adueñaron de la medular y Diego Castro y Carmelo buscaron las cosquillas a los laterales. Tanto una cosa como otra le resultaron sencillas al conjunto gijonés. Los nervios atrás, la lentitud en la transición, donde Edmilson solo restó y Gabi fue insustancial, y la poca movilidad arriba, sobre todo en los carriles, ya que ni Eliseu ni Lafita cumplieron su función, hicieron el resto para retratar pronto al vencedor y al derrotado.

Una falta dentro del área en la que Juan Pablo repelió el disparo de Suazo y un envío de Gabi bien respondido por el meta gijonés ratificaron lo importante que es jugar con un portero y supusieron casi el epílogo del partido zaragocista. Y no se había llegado ni al cuarto de hora... El centro del campo desapareció, a Colunga se lo tragó la tierra, y el Sporting empezó a jugar con una comodidad casi insultante. No es que Ander haya aportado mucho cuando ha jugado, pero este pobre Zaragoza le echó de menos.

CARRUSEL DE FALLOS Esa superioridad visitante la ratificó Bilic, en su retorno a La Romareda. Lora envió un balón entre los centrales y Carrizo se quedó a media salida para que el croata marcara a placer. En la segunda parte, Gay movió el equipo en busca de una solución. Quitó a Babic, retrasó a Edmilson al eje, pasó a Contini al carril y dio el timón a Jorge López. Todo, en un solo cambio, pero tampoco fructificó, porque el ataque hizo la guerra por su cuenta y el Sporting, comandado por un Rivera excepcional y afilado por Diego Castro, caminó por la autopista que fue el Zaragoza.

Carrizo regaló a Morán el 0-2 para que La Romareda explotara contra el argentino y Gay intentó repetir la reacción de Tenerife con tres centrales, acumulando jugadores en ataque y recurriendo al caos. Esta vez no salió bien, aunque al menos Penant y Arizmendi aportaron algo. Entre ambos acortaron distancias en el descuento, pero fue un espejismo con el que Barral acabó con un disparo ajustado para cerrar un partido indigno de un Zaragoza que vuelve a generar inquietud. Demasiada inquietud...