Con los futbolistas de la cantera se da una dualidad antagónica y digna de estudio sociopsicológico que emparenta con los misterios emocionales que se engendrán en la proximidad geográfica: o se les profesa una devoción extrema aunque no le den a un bote o se les coge una tirria perpetua cuando han sido reconocida su grandeza o sus virtudes por el resto del planeta. Por lo general no hay término medio. En el Real Zaragoza se acentúa históricamente esta fractura entre el graderío, lo que se suele solucionar con el fichaje o la titularidad de profesionales de la tierra media, con aventureros con pasaporte muy viajado por países de segundo orden en el mapa de las ligas.

Esta temporada no está siendo fácil para el equipo ni para los chicos de la casa aunque Ander y Lafita sí hayan contado con la confianza de Marcelino y de Gay. En el primero se está descubriendo que su talento sólo alcanza notoriedad como negociador de los pases a los delanteros, y que fuera de esa posición, en las bandas o en el mediocentro, se reducen con estrépito sus prestaciones por cuestiones de tipo físico y técnico. Lo de Ángel tiene también su miga. En el Deportivo le adoraban como mediapunta y aquí se ha rendido a la melancolía, distraído entre su naturaleza de atacante intermedio y las exigencias tácticas que le han enterrado en el carril zurdo. Ambos parecen muy afectados por la vulgaridad general, por esos cambios posicionales que causarían vértigo en el más veterano y por la presión del momento. Pese a que sus poderes se han magnificado por las siempre inquietas fuerzas mediáticas, parecen destinados a un éxito moderado en otros clubs.

A Laguardia, buen central, le trituraron de lateral derecho y cayó lesionado, y a Goni, defensor de correctísimas hechuras, después de salir de la enfermería y otorgarle galones se le retiró del equipo sin excesivas explicaciones y volvió a lastimarse. De Kevin Lacruz se ha visto poco, aunque lo suficiente como para intuir que aun siendo un niño con poco músculo le sobra categoría en cuanto tenga más horas de vuelo, quizás un par de ellas serían suficientes en un Zaragoza de fisonomía irreconocible.

La cantera da mucho juego en la conversación y poco en el campo, pero bien gestionados suelen ser al final protagonistas en situaciones delicadas como ésta porque al margen del discurso sobre la altura de su calidad, poseen los resortes del compromiso incondicional. No es necesario que haya oro en la cantera, sino mineros que conozcan sus entrañas para buscar la salida, la salvación, en pleno derrumbe de todas las galerías.