Se han acumulado en los últimos días algunos aniversarios zaragocistas en los que ha habido poco que celebrar. El pasado lunes cumplió el Zaragoza 81 años, un día después de que se cumplieran nueve del triunfo sobre los galácticos en la conquista de la montaña de Montjuic. Ese mismo día, en su casa, en Sevilla, Jiménez alcanzó la cifra de 50 partidos de Liga en el banquillo zaragocista, en otra tarde lúgubre, como casi todas las del 2013, en el que no hay un triunfo que echar a la mochila. Nada que ver esa modesta cifra con los 450 partidos que disputó como sevillista (354 como jugador), claro está, aunque se debe considerar si se tiene en cuenta la duración media de los entrenadores en el banquillo de La Romareda desde que Agapito se hizo dueño en el 2006.

Ha sido en este año en el que el andaluz ha devorado el crédito que tenía, ganado tanto con la milagrosa salvación última como en este arranque liguero. El presente ahora se le rebela. Jiménez atiza duro a quienes pensaban en un Zaragoza de pensamiento europeo, olvidando, se supone, que uno de los que afirmó públicamente las intenciones con las que arrancaba la temporada fue su presidente, Fernando Molinos. Lo hizo, todo sea dicho, de buena fe.

Cincuenta encuentros de Liga después de bajarse del AVE en Delicias, el 1 de enero del 2012 (poco más de un año hace, una eternidad parece), los resultados lo han puesto contra las cuerdas, sin acertar a dar razón alguna a tamaño batacazo: 4 puntos de los últimos 33, ni una sola victoria en los últimos 11 partidos. Se espera su reacción, y la del equipo, desde hace semanas, pero el atasco es mayúsculo, similar al que tuvieron sus antecesores en el cargo con Agapito al mando. Todos ellos cayeron en circunstancias parecidas, sobre todo los tres últimos: Marcelino, José Aurelio Gay y Javier Aguirre.

Del pésimo momento del equipo de Jiménez hablan las sensaciones, que muestran desde hace semanas a un Zaragoza varado. Se ha descarriado, extraviando incluso esa fe que, a falta de fútbol, lo llevó hasta la orilla en el 2012, tras una reacción que comenzó a estas alturas, con la primavera entrando por la puerta. Ni siquiera la unión que trata de trasladar en verbo el vestuario, con mensaje repetido y poco concluyente, logra convencer al zaragocista de a pie, que se huele que hay grietas, algo natural, de toda la vida, cuando los resultados martillean.

A la percepción fatal que deja el equipo, se unen los números, que confirman el fútbol que hay, el que se ve cada domingo, con datos tan terribles como las tres únicas victorias en los trece partidos disputados en su estadio. Así, el sevillano ha derrumbado las estupendas cifras de la pasada campaña, en la que consiguió el 50% de los puntos que su equipo disputó (ver gráfico adjunto), con más victorias (10) que derrotas (9). Ahora llega justo al 30% de los puntos sumados y solo ha ganado uno de cada cuatro encuentros jugados. La diferencia entre alegrías y fracasos lo explica todo: 7 victorias y más del doble de derrotas (16), con cinco puntos extra por las igualadas.

Además, en la presente temporada ha sumado 26 puntos en 28 jornadas, menos de uno por partido. En el balance anterior, Jiménez logró 33 puntos en 22 jornadas. Son cifras que interpretan lo que dice el fútbol del Zaragoza. No ocurre lo mismo con las palabras de Jiménez, que ha variado su discurso para dar predominio a los pretextos, con apenas argumentos explicativos de la deriva futbolística. En los árbitros, las lesiones y la mala suerte se le concede, con razón, excusa parcial. En ningún caso se explica por completo el derrumbe. Sí lo confirman los números, que son la realidad, la verdad, el presente.