La opinión de Ángel Giner

Etapa golfa

El pelotón, en marcha lenta durante la etapa de este martes.

El pelotón, en marcha lenta durante la etapa de este martes. / EFE / GUILLAUME HORCAJUELO

Jornadas de brazos caídos, o mejor dicho, de piernas caídas, como la de este martes en el Tour de Francia no son extrañas de ver en pruebas de tres semanas. Fomentan el eterno debate sobre si una competición de dos semanas sería suficiente y evitaría estos tramos de hastío, de hedonismo sobre el asfalto.

Una auténtica etapa golfa en la que ni siquiera el flojito esprint final nos permitió recrearnos en la fantasía de ver nuevamente, casi por vicio, los brazos levantados de Mark Cavendish. Parece mentira que aquellos que el domingo se embriagaron de esfuerzo en medio de la polvareda, ayer ni siquiera armasen el teatrillo de una escapada podrida a cargo de uno o dos desconocidos. No había ganas de nada.

Ni siquiera hubo una mísera caída (que, por supuesto, nadie deseamos) pero que deja constancia de que hay lucha. Fue una obscena prolongación de la jornada de descanso. Pero hoy las cosas deben cambiar con el menú en forma de dientes de sierra del macizo central francés, escenario de no pocos hundimientos.

Hoy es jornada de estrategia, de colocar gente por delante por lo que pudiera pasar y de trabajo de equipo. Jonas Vingegard no será uno de los atacantes pero sí un magnífico defensor si la partida lo exige. Es una etapa para ver cosas.