CICLISMO
La pizarra de Ángel Giner: hay algo que no encaja
Estaba cantado que Pogacar quería la etapa, pero no se portó como un líder ambicioso

Thymen Arensman, tras ganar la etapa este viernes. / MARTIN DIVISEK / EFE
Después de lo visto en los Pirineos, estábamos seguros de que habría un recital alpino a cargo de Pogacar. Se le veían ganas. Creíamos que había justificados motivos para que el esloveno siguiera abrasando la carrera en los desniveles, su espacio favorito, sobre todo después de haber sofocado cualquier intentona por parte de Vingegaard, como se vio en la Madeleine. Parecía claro que llegando en el primer vagón al pie de los puertos finales de etapa, como la Loze o la Plagne, sus coléricos demarrajes servirían para abolir aventuras como las protagonizadas por O´Connor o Arensman, triunfadores en sendos mares de agonía en medio del sublime paisaje alpino. ¿Qué pasó? ¿Dónde estaba en esta segunda parte del Tour la chispa final del Muro de Bretaña o de Dunkerque? La respuesta solamente la tiene Pogy. ¿En la fatiga acumulada? ¿En la desgana de ver siempre al danés pegado a su tubular? ¿Acaso no quiere dar una imagen de caníbal?... o quizá haya alguna otra razón más poderosa y sensible que desconocemos. El caso es que este viernes el UAE hizo un trabajo perfecto para que su líder ganase la minietapa en kilómetros pero no en dureza. Estaba cantado que Pogacar quería la etapa, pero no se portó como un líder ambicioso que venía pregonando desde los Pirineos que buscaría más victorias. Su superioridad así lo hacía prever.
La subida a La Plagne se convirtió en una aceptación de la situación. Ciertamente Pogy no necesitaba dar ningún recital. Tiene el Tour encarrilado, pero no es propio de su estilo arrollador dejar en manos de otros, a un tiro de piedra, llegadas tan golosas y a su medida. Hay algo que no encaja. Que Vingegaard le mostrase el dorsal en la meta de La Plagne tampoco dice mucho, y menos del danés que se pegó toda la subida a rueda sin un mínimo acelerón. Quizá el miedo le hizo perder ayer una etapa preciosa que habría endulzado su amargo transitar por este Tour, siempre haciendo sombra al esloveno. En este sentido el expescadero también defraudó. La Plagne ofreció una ascensión final de emoción contenida que derivó en una colectiva frustración, salvo para el espigado Arensman, que se ganó con decisión, honra y aplomo la victoria de su vida.
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