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LA MONTAÑA EN ARAGÓN

Las proezas imposibles de Enrique Beltrán

El ingrávido monrealense culmina 2025 en un estado de forma increíble, sumando cuatro vías de noveno grado a su colección y encadenando, en menos de una semana, dos exigentes líneas de 9a+, su nuevo límite de dificultad,

Enrique Beltrán, suspendido en el aire y agarrado a las rocas

Enrique Beltrán, suspendido en el aire y agarrado a las rocas / CHARLOTTE VELD

Sergio Ruiz Antorán

Sergio Ruiz Antorán

Huesca

Agárrense, porque hoy no les contamos la historia de un cualquiera. Hablamos de alguien que, con tan solo 25 años, ha conseguido una auténtica proeza, algo inaudito, un imposible, casi un milagro. No se lo van a creer. Enrique se acaba de comprar una casa en Huesca. «Esto sí que es complicado. Los bancos te piden de todo». Tan complejo es hoy en día ser tan joven y pactar una hipoteca que convierte casi en un acto mundano las animaladas ingrávidas de las que es capaz este monrealense que está rompiendo todos los límites en la escalada de dificultad en Aragón. Enrique Beltrán acaba de encadenar su duodécima vía de noveno grado, un imposible inalcanzable en esta tierra.

Una docena. Sí, doce. Una barbaridad que le cuesta enumerar. «Es que con estos nombres tan raros…», bromea. No le falta razón: Supernova, A Star is Born, Priorato de Sión, Ali Hulk Extension Total, Pozo Verde Power, Mavericks, No Pain No Gain, Ali Hulk Extension Sit Start, Víctimas Pérez, Patanics, Gancho Perfecto y Mejorando Imagen. Una suculenta lista de grandes éxitos exigentes que comenzó en febrero de 2022 y a la que este año ha sumado cuatro conquistas, con la guinda de cerrar dos proyectos de 9a+ con una semana de diferencia. «Estoy buscando información y no he encontrado aún a nadie que haya repetido este grado con tan poca diferencia», reconoce.

Porque, obviamente, lo de este chico no es normal. Requiere cualidades y mucho más: entrenamiento, formación y sacrificio, hasta para alguien acostumbrado a la disciplina, enamorado profundamente de la roca y conocedor de la exigencia de la competición desde que era un canijo en la escuela que regentan sus tíos Fran y Eva en su Monreal del Campo natal. Pero no, ni con todo eso es suficiente. Esta vez la cabeza le mandaba parar y tomar distancias del barullo de rumias personales. «Me fui a Japón unas semanas para no pensar en la roca. Pese a que había sido un año en que había sumado algún noveno cerca de casa, me había centrado en entrenar porque no encontraba la motivación necesaria para meterme en algo grande. Tenía que encontrar nuevos retos», asiente.

COMPLICARSE LA VIDA

Y esos nuevos horizontes requerían emanciparse, salir de casa, huir de la comodidad de Aragón. Trilladas las escuelas de Rodellar, Alquézar, Foz de Zafrané o su Monreal, se acostumbró a hacer los 166 kilómetros entre Huesca y Margalef (Tarragona), meca internacional de la deportiva de máxima condición. «Las vías más duras de Aragón las tenía casi todas hechas. Quise salir de mi zona de confort y complicarme un poco la vida. Me metí en el muro del sector Racó de la Finestra, que concentra diez novenos a elegir. Me decidí primero por Víctimas Pérez. Estuve dos meses yendo y viniendo hasta completarla en febrero».

Entre sus mínimas presas le cautivó la aventura que subía desplomada a su derecha: Gancho Perfecto. Se empeñó en doblegarla. Lo intentó e intentó, en los huecos que le dejaba su tajo como equipador de rocódromos y competiciones, sin terminar de alcanzar esa ansiada última cinta. «Me encontraba como nunca físicamente, en forma, pero psicológicamente no estaba», recuerda.

Enrique Beltrán

Enrique Beltrán / CHARLOTTE VELD

Tenía razones para estar en las nubes: su padre había recaído de un cáncer y esa preocupación le alejaba de la eficacia total en la piedra. «Estuve bajando a Teruel para acompañar a mis hermanos y a mis padres en el tratamiento. Por suerte, respondió bien y ahora se encuentra perfecto», narra aliviado.

Los amigos siempre están ahí en los malos momentos, aunque te hagan madrugar sin contemplaciones. «Javi Acín y Oihane Ardanaz me llamaron para salir a Rodellar y me animé a probar Patanics. Como hacía calor, empezábamos a escalar a las seis de la mañana, con los primeros rayos de sol. Había dieciocho grados al amanecer. Para no perder tiempo, calentaba a las tres de la madrugada». Casi lo logra en la primera semana de mayo y, tras un parón para equipar en el Campeonato de España de dificultad, puso otra muesca en sus manos callosas en junio.

Esta conquista no difuminaba su obsesión, esa a la que seguía agarrado, ese Gancho Perfecto que le tenía atrapado en Margalef. «Quería conseguirlo. Con Dani Moreno programamos un entrenamiento intensivo, como cuando competía, de tres meses: julio, agosto y septiembre. Entrenaba siete días a la semana, combinando los movimientos que me iba a encontrar en la vía y puliendo mis puntos débiles».

SILENCIO

Descansó en octubre y se «instaló» en Margalef en noviembre. «Estuve tres semanas y no lo conseguía. Me caí diez veces en el último paso. Me sentía como nunca, pero estaba presionado después de ocho meses de trabajo. Ha sido el proyecto más duro de mi carrera. Me ha enseñado que hay condiciones que sí dependen de mí, en las que tengo que trabajar a tope, pero hay otras que se escapan a mi control y, en esas, solo queda esperar y tener paciencia». De esa liberación nació el silencio. «Otras veces grito, celebro al llegar al final. Esta vez no. Me callé. Ni lloré. No me salían las palabras. Ni recuerdo cómo bajé».

Este sobrecoste mental fue decisivo para calificar, por primera vez para él, esta vía como 9a+, nivel que no había querido datar por honestidad con otras repeticiones que sí alcanzaban este grado para otros escaladores en su origen. «Escalo para mí, no para los demás. Soy honesto con lo que me han enseñado. Como mi tío, que lleva décadas enseñando a escalar a los niños de Monreal sin cobrar un duro. O mi madre, que no sabe muy bien qué hago, solo me pregunta si me lo paso bien y voy con amigos. Que mi entorno le quite trascendencia me quita responsabilidad. Solo subimos piedras a las que ponemos números y letras», dice. Unos valores que no son palabras en el aire. Acaba de rechazar una suculenta oferta de una marca que no le convence en su filosofía por principios.

Liberado y con tiempo, echó un pegue por probar a Mejorando Imagen, uno de los novenos en la saca de Daniel Moreno, su entrenador y referente con Dani Fuertes en la deportiva aragonesa. «Me suele pasar que, cuando gano confianza, luego voy más fluido. Probé para tocar algunas presas y, como vi que con pocos intentos llegaba arriba, me motivé y en una semana, yendo y volviendo a Huesca, la completé», indica Enrique.

Está en racha y no quiere parar. Ahora quiere subir su grado en búlder, mientras marca con fuerza el siguiente salto: entrar en el exclusivo universo del 9b. «Sinceramente, pienso que mi límite no está en el 9a+. En enero quiero subir un peldaño. Estoy pensando en volver a Margalef para probar Perfecto Mundo (9b+) o ir a Santa Linya a intentar Stoking the Fire (9b)». ¿Imposible? No tanto como la hipoteca.

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