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La montaña en Aragón: el corazón helado de la montaña

Mario Bielsa abre las Jornadas Montañeras del Sobrarbe con una conferencia sobre su estudio de la evolución del permafrost, el hielo milenario que fusiona invisible el interior del Pirineo

Un grupo de investigadores realiza una visita a una cueva congelada dentro del estudio en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

Un grupo de investigadores realiza una visita a una cueva congelada dentro del estudio en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. / SERVICIO ESPECIAL

Sergio Ruiz Antorán

Sergio Ruiz Antorán

Boltaña

El corazón de las montañas late congelado. Es de puro hielo. Invisible, esa palpitación silenciosa rompe la noche de los tiempos. Mucho, muchísimo antes de que el hombre pisara la tierra, esa masa gélida sujeta desde sus escondidos profundos los secretos del Pirineo. Muy pocos pueden sentirlo. Menos, verlo. Él lo ha hecho. Descifrar sus misterios, cómo su presencia marca nuestra historia y nuestro futuro, es la misión de un joven sositano, Mario Bielsa, que esta tarde (19:00 horas) abre con su estudio sobre las milenarias estalactitas de permafrost la triple jornada de las Jornadas Montañeras del Sobrarbe.

La ‘piolet de oro’ Silvia Vidal será la estrella mañana (19:00) con la charla y proyección de ‘Alaska, un paso más’ en el Palacio de Congresos de Boltaña. La exposición fotográfica ‘Rincones pirenaicos. La magia de una cordillera’ de Marta Montmany y una salida montañera, el domingo, a Berroy, completan esta cita anual organizada por los clubes del Sobrarbe (CM Nabaín, Peña Canciás,Mondarruego-Ordesa y Club Atlético Sobrarbe) coincidiendo con la celebración del Día Internacional de las Montañas.

La escaladora Silvia Vidal hablará este sábado (19:00) de sus aventuras en Alaska en Boltaña

El Pirineo es único. Lo sabemos. Treserols es un mundo fantástico. Enamora. A nadie extraña. Sin embargo, solo unos pocos, unos privilegiados, conocen las maravillas que esconden sus entrañas. “En el interior de esas cuevas heladas he visto lo más bonito de mi vida”, confiesa como un replicante Mario Bielsa. Él, hijo de bravos ribagorzanos con alas, vive la paradoja de volar hacia las profundidades calcáreas de Marboré en busca de espeleotemas (estalactitas y estalagmitas), de piedras congeladas que le cuentan cosas. "Su presencia indica que en algún momento, en esa cueva, no hubo permafrost y nos ayudan a datar los periodos de presencia de este insólito elemento. El Pirineo es un lugar extraordinario porque reúne cavidades a gran altura, incluso mayores que en los Alpes”.

Una montañera, en el interior de una cueva de Ordesa.

Una montañera, en el interior de una cueva de Ordesa. / SERVICIO ESPECIAL

Gracias a la Beca JAE CSIC es integrante desde hace tres campañas de las investigaciones del grupo del Instituto Pirenaico de Ecología capitaneado por Ana Moreno y Miguel Bartolomé que inspecciona decenas de las centenares de cavidades del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido como medidores de climas pasados e indicadores de los cambios ambientales que transforman hoy nuestras montañas. “Hay un grave retroceso en las cuevas heladas. Muchas están desapareciendo. El permafrost es esencial para su existencia. Hemos cifrado un aumento de la temperatura de un grado, aunque su penetración en el interior de las montañas es muy lenta. Un factor más notorio de erosión es la lluvia de finales de verano que se cuela en las cuevas y deshace el hielo”, analiza este geólogo de Castilló de Sos.

Graduado en Geología y Ciencias Ambientales, con un máster en la prestigiosa universidad suiza de ETH Zürich, Mario Bielsa se centra en la realización de su doctorado sobre la evolución del permafrost, el hielo milenario e invisible. Ubican termómetros para saber si las cuevas están congeladas y hallar este elemento. En sus expediciones van acompañados de espeleólogos voluntarios. Pueden encontrar indicios cerca de la boca, algunas de acceso dificilísimo, vertical, o profundizar un kilómetro dentro de la montaña para identificar estas formaciones, en ocasiones con una estética irregular y poco similar a las habituales. Datan su edad con uranio-torio “que nos permite identificar hallazgos de hasta medio millón de años. Ahora hemos pedido una nueva beca Félix de Azara para introducir el método del uranio-plomo que nos permita medir hasta el infinito”.

Han encontrado creaciones congeladas desde hace un millón de años y otras, las más adolescentes, de solo 100.000, cuando los Homo sapiens no habíamos pisado Europa. Al cortarlas y analizarlas descubren aspectos reveladores para valorar cómo afectaron los periodos de glaciación o entre glaciaciones a la evolución del permafrost compuesto por piedras, sedimentos o suelo congelado. “En los últimos 700.000 años hay una evolución de estalagmitas continua, aunque hay una tendencia a que haya un menor crecimiento. Nos ha sorprendido comprobar que no está relacionado directamente con periodos de glaciación”, subraya Mario. Sus descubrimientos van más allá. Por ejemplo, pueden determinar la presencia de un glaciar encima de la cueva o, por la fluorescencia, pueden averiguar si, por contra, existía un bosque u otro tipo de vegetación. Todos estos datos les permitirían realizar una reconstrucción de cómo era ese paisaje.

Su desaparición es mucho más lenta que la de los glaciares “que se sabe que no existían en el Holoceno, mientras que, entonces, el permafrost siguió inalterable”. No obstante, está demostrado que su progresivo deterioro puede aumentar la descomposición de las montañas, al funcionar como su cemento invisible que deja de ser inquebrantable, y provocar desprendimientos. Incluso es una teoría con la que se explica el gran derrumbe del glaciar que sepultó la población suiza de Blatten el pasado mes de mayo. “Aunque en el Pirineo es casi imposible que ocurra algo así”, nos relaja Mario.

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