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La montaña en Aragón: una familia para el Recuerdo

Una treintena de voluntarios del Club Montañeros de Aragón de Barbastro sostiene todas las tareas que permiten la organización del Memorial del Recuerdo que este fin de semana reunirá a más de 200 esquiadores en Cerler

Un grupo del nutrido equipo de voluntarios de la carrera Memorial del Recuerdo posan juntos en una terraza de Cerler.

Un grupo del nutrido equipo de voluntarios de la carrera Memorial del Recuerdo posan juntos en una terraza de Cerler. / Club Montañeros de Aragón de Barbastro

Sergio Ruiz Antorán

Sergio Ruiz Antorán

Benasque

Raúl iba de sobrado. Normal. Es una bestia. Un bigardo mulato de dos metros de altura que, deporte que tocaba, deporte en el que triunfaba. Hasta que se calzó sus primeros esquís. Zasca. «Me subí un día a Candanchú y me alquilé todo el material, sin instructor, pensando que no sería para tanto y al subirme… ¡primera caída! ¡Pero esto qué es! Como soy tan concienzudo en todo lo que hago no paré hasta aprender», confiesa Raúl Espinal.

No hace tantos años de eso, solo seis, y ahora es un crack entre crestas y corredores, tanto que este verano se ha subido todo un Alpamayo (5.960 metros) en la Cordillera Blanca del Perú. A este dominicano, nacido en una isla donde la nieve es pura fantasía, que llegó a España con 17 años para jugar al baloncesto en el Prat, salir con una chica de Barbastro le cambió la vida y le puso la montaña entre sus obsesiones. «Soy todo un friki de la montaña. Me enganché desde el primer día. Fuimos a Escarpinosa, en Estós. Yo, sin ninguna idea, iba con unas zapatillas de calle y una camiseta de algodón. Cuando vi al resto del grupo el material que llevaba pensé ¿dónde me he metido?».

Pues hasta el fondo, Raúl, hasta el fondo te has metido. Él es uno de los treinta voluntarios que este fin de semana sostienen el XXV Memorial del Recuerdo, la clásica cronoescalada vertical organizada en Cerler por el Club Montañeros de Aragón de Barbastro, a la que se suma el olímpico II Open Sprint Tu Provincia Huesca La Magia, ambos valederos para la Copa de España. «Este año hemos reforzado el grupo con cinco personas más, sobre todo para apoyarnos con la comunicación y la difusión. Tenemos un grupo muy sólido, casi todos de la zona de Barbastro», apunta Jairo Lanau, director de la carrera.

El grupo, toda una familia.

El grupo, toda una familia. / Club Montañeros de Aragón de Barbastro

Entregar dorsales, cuadrar inscripciones, preparar bolsas del corredor, montar y balizar circuitos, bajar derrapando las pistas para mantener la nieve de los corredores, encargarse de las redes sociales y la web, estar pendiente en los avituallamientos… Su labor sostiene una competición con solera que supera los 200 inscritos, entre los que contamos catorce internacionales y ocho federaciones representadas, y que este año tiene el aderezo de ser Copa de España. «Hay que tener en cuenta que todo este trabajo se hace en un medio hostil, todo nevado, por encima de los dos mil metros de altura… Encima este año la previsión es de frío y nevadas. Por eso nos sorprende que a estas alturas haya tanto nivel de involucración sin pedir nada, sin cobrar, gastando sus vacaciones… aunque sabemos la razón. Porque hemos sabido crear una fiesta entre nosotros, ser un bloque que se lo pasa bien haciendo lo que hace», añade Jairo.

Raúl es la viva imagen de esa afirmación. Palea y palea nieve en el circuito corto del sprint. Mueve nieve para hacer rampas o plataformas para las áreas de transición. O te monta una carpa o está en un control. Lo que haga falta. Porque él es consciente de llegar a una carrera y que todo esté perfecto. «Cuando he ido a una trail no me daba cuenta del trabajazo que hay detrás. Cuando te metes de voluntario valoras todo de otra manera», asiente el caribeño.

‘One club man’

No muy lejos anda Javier. Él es un one club man, un hombre de club. Disponible para todo. Versátil. Lleva una vida vinculado a Montañeros. «Me apunté de crío y ahora tengo 52. Con catorce años subimos al Monte Perdido y con veinte participé en la expedición al Aconcagua en la que abrimos la variante altoaragonesa por el glaciar de los polacos», relata Javier Alvira, escalador, esquiador y alpinista de Binaced.

Miembro de la Junta en su momento, monitor eterno de los cursos de esquí de montaña, hasta director de esta misma carrera durante tres años, siempre ha sido voluntario, desde la primera edición. «Empezamos como homenaje a los montañeros oscenses muertos en el K2. No seríamos más de cuarenta. Entonces se llegaba hasta la cumbre de Gallinero. Fue una carrera muy novedosa en España porque no había ni un metro de descenso. Antes era un perfil más montañero y ahora se ha transformado en algo más atlético. Para mí es un orgullo ver cómo año tras año pasan participantes a los que yo he formado en los cursos», reconoce el binacedense.

Él se encarga del marcaje de la cronoescalada, de poner balizas o información sobre el desnivel superado para guiar a los esquiadores hasta la meta de Cogulla. Este año debutará como escoba. «Se trata de animar a los últimos para que lleguen al final», describe. Tiene mil anécdotas guardadas y momentos tensos, como cuando han tenido que suspender e ir a buscar a algún participante perdido en mitad de una ventisca. Lleva desde el jueves en Cerler echando un cable en lo que le reclaman.

Los tres y seguramente los treinta repiten por lo mismo, «por el ambiente» y comparten sin saberlo una palabra: «familia». «Y mira que hacemos faena. Aunque cada uno seamos de nuestra manera, nos lo pasamos en grande. Somos una familia y es una satisfacción ver que si todo sale bien es fruto también de nuestro esfuerzo por colaborar». Ese es el secreto. Nada más. Estar juntos. Ser club.

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