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LA MONTAÑA EN ARAGÓN

Jerónimo López, aventurero, alpinista y científico: «Es peligroso mirar al Pirineo solo desde una óptica desarrollista»

Figura inevitable en los inicios del himalayismo, primer español en subir un ‘ochomil’ y geólogo vinculado durante tres décadas a la Antártida, recibe el jueves el premio honorífico en el Pirineos Mountain Film Festival

Jerónimo López.

Jerónimo López. / SERVICIO ESPECIAL

Sergio Ruiz Antorán

Sergio Ruiz Antorán

Huesca

Este jueves recibirá el premio honorífico en el Pirineos Mountain Festival. ¿Cómo se siente?

Me siento, lo primero, muy honrado y agradecido. También me siento muy cercano a la perspectiva de los valores que defiende este Festival, de cómo aborda la montaña de una manera amplia y con una visión, como poco, muy interesante.

Y además, por ser en Aragón y en Huesca, tierra a la que me siento especialmente vinculado, donde he vivido algunos años, en Zaragoza, y donde he ido a la montaña desde mis inicios. El Pirineo siempre ha sido un lugar de enorme atractivo; para mí lo sigue siendo. Mis vínculos de amistad y de recuerdos con Aragón y con Huesca son muy intensos.

¿Cuál es su primer recuerdo del Pirineo aragonés?

Lo tengo muy vivo. Yo tendría 15 años e iba con un grupo de amigos algo más mayores. Hicimos un largo recorrido por Ordesa entrando por el Valle de Ara. Era un viaje larguísimo desde Madrid. Llegamos en tren primero, luego en autobús y después alquilamos un taxi en Torla que nos llevó al Puente de los Navarros. Íbamos con unas mochilas enormes para estar quince días. Llevábamos hasta una tienda y toda la comida porque no teníamos medios para ir a los refugios franceses.

Fuimos al Vignemale, luego a Gavarnie y accedimos a la Brecha de Rolando. Escalamos los picos de ese sector y al bajar me quedé con un amigo a hacer una vía de dificultad en el Tozal del Mayo. Estuvimos dos semanas. Iba a cumplir 16 poco después. No se me ha olvidado.

Luego fue parte activa de los primeros logros del himalayismo aragonés.

Fueron unas expediciones muy innovadoras para la época. En 1980, en el Baruntse hicimos la segunda ascensión con un grupo de Peña Guara y Montañeros de Aragón. Abrimos la ‘vía de los aragoneses’ por una vertiente donde no se había adentrado nadie.

Repetimos en el Hidden Peak en 1983, en el Karakórum, coincidiendo con el cincuenta aniversario de Peña Guara. Fue un reto importante, porque no la habían subido españoles y la afrontamos por una cara inédita.

Me sentía muy identificado con ese grupo de montañeros aragoneses por su mentalidad de innovar. Íbamos sin sherpas, sin portadores de altura ni tampoco llevábamos oxígeno. No solo conseguimos abrir una vía muy demandante, sino que todos los miembros de la expedición logramos subir a la cumbre en el mismo día.

Tristemente esa cordada se rompió con la tragedia del K2.

Era un grupo extraordinario y entrañable, al que sigo muy vinculado. Desgraciadamente hay miembros que no están con nosotros. El jefe de esas expediciones era Javier Escartín, fallecido, como dice, en la tragedia en el K2 junto a Lorenzo Ortiz y Javier Olivar, y del que tengo un recuerdo imborrable. Mantengo un vínculo con su familia, su mujer y sus hijos e hijas, al igual que con el resto de compañeros de esas aventuras a los que espero volver a ver en Huesca.

Le persigue el hito de ser el primer español en escalar una montaña de más de 8.000 metros. El año pasado se cumplieron 50 años de esa gesta en el Manaslu. ¿Qué espacio tiene ese momento en su vida?

A veces se intenta condensar toda la experiencia en el momento de llegar a la cumbre. Para mí fue mucho más. Yo era un estudiante de 22 años que iba por primera vez al Himalaya. En aquellos años, a principios de los 70, recorrer durante muchos días aquellos valles del Nepal era ya una aventura increíble. Percepciones que forman parte de un conjunto de recuerdos que no es solo la explosión de la conquista. A veces hay intentos a una montaña, vivencias que ocurren en alguna de estas expediciones, que íntimamente son más destacados para uno mismo.

¿Por ejemplo?

Hemos hablado del Hidden Peak, que abrimos una vía que era primera escalada española, pero no hemos hablado de algo que hubo en aquella expedición que fue de enorme importancia y significó en lo que era el alpinismo en aquellos años, reflejaba una mentalidad de un estilo muy avanzado.

Es que nada más bajamos del Hidden Peak, cuatro de aquellos seis que habíamos subido, salimos hacia otra montaña vecina, que se llama el Gasherbrum II, que tiene también más de 8.000 metros. No había nadie más, nuestro grupo era el único que estaba en todo el enorme circo de montañas, no había huellas, no había cuerdas, no teníamos porteadores de altura y los cuatro salimos del campamento base llevando todo lo necesario para subir arriba y volver. Es decir, llevamos todo el peso nosotros: las cuerdas, las mochilas, la comida, el gas, el abrigo, los sacos… todo eso.

Y estuvimos subiendo y subiendo… Cada día montábamos la tienda, volvíamos más arriba, más arriba y llegamos a 300 metros de la cumbre y entonces el mal tiempo se metió, no había visibilidad, no sabíamos por dónde continuar. Era demasiado peligroso porque nos podíamos perder y decidimos bajar. Con muchísima pena, porque estábamos al lado, nos encontrábamos bien y teníamos la cumbre cerca, pero ni la veíamos por la ventisca y la niebla. Y nos dio tanta rabia que bajamos prácticamente toda la montaña ese mismo día.

Y de eso, fíjese, no hemos hablado. Y eso tuvo un significado para nosotros como reto y un aliciente como alpinistas de abordar una montaña en ese estilo en aquellos años, pero como no llegamos arriba, pues no se habla de ello. Pero para mí, íntimamente, es algo que no se me olvidará nunca en el mismo grado que lo que hablábamos del Hidden Peak, sino superior incluso.

Jerónimo López.

Jerónimo López. / SERVICIO ESPECIAL

Es un error sintetizar el alpinismo en la conquista y olvidar el camino de valores de humanidad que representa.

Por ejemplo, a mí muchas veces me presentan como aquel que subió al Everest sin oxígeno en 1988. Y se queda ahí la cosa. Pero se entra poco en los detalles. Para mí, y esta es la más intensa de todas las vivencias que yo he tenido en la montaña, no fue aquella subida al Everest. Es que al bajar, a no más de cien metros debajo de la cumbre, uno de mis compañeros, que se había quedado allí antes, estaba desfallecido, inconsciente prácticamente. No tenía fuerzas y se iba a morir.

Entonces, otro y yo nos quedamos con él y estuvimos bajándolo desde allí, desde 8.750 metros, durante tres días, hasta que coincidimos con un grupo de ayuda que ya lo bajó el último día. Eso para mí es una vivencia más intensa, más inolvidable, o sea, diría, más satisfactoria que el hecho de haber subido.

Ahora suben al Everest centenares de montañeros cada temporada utilizando cuardas fijas, helicópteros, con ejércitos de sherpas o sin auxiliar a monañeros accidentados. Vivimos en el mundo de los récords en altura. ¿No le da pena esta desvirtualización?

No todos buscamos lo mismo. Hay quienes buscan coleccionar picos, que son los que tienen más renombre, y al final es algo que se retroalimenta, se habla más de aquello que ya se conoce y eso lleva a que haya montañas que están sobrefrecuentadas, están masificadas incluso, y otras en las que uno no va a encontrar a nadie. Esto lo ha habido, lo hay y lo seguirá habiendo siempre.

Si uno quiere buscar valles, montañas poco exploradas, donde no va a encontrar a gente, eso existe. Lo que pasa es que hay que buscar la información, no es lo que más se promueve. Claro, son montañas que a veces la gente no sabe ni el nombre.

¿El turismo ha matado a ese himalayismo de aventura?

No, yo creo que no ha muerto. La búsqueda de eso que significa escalar montañas y montañas difíciles sigue vigente. Este año mismo ha sido un ejemplo muy bueno. Se han hecho cosas extraordinarias. Hay cordadas que abordan objetivos de una dificultad enorme, superior a la de antes, porque el material de hoy en día es mejor, la información meteorológica, el entrenamiento de la gente… Se siguen haciendo cosas magníficas en montañas que no buscan ese renombre, sino que significan un avance para el alpinismo.

Se han abierto rutas en montañas de más de 7.000 metros como una nueva en el Manaslu o la proeza de Pipi Cardell y Denis Urubko en el Nanga Parbat, subiendo los dos solos saliendo de abajo y escalando 4.000 metros de desnivel en estilo absolutamente alpino.Es decir, no ha muerto ni morirá. Sigue habiendo alicientes y alpinistas que buscan eso en otro orden de dificultad que lo que estaba hablando.

Este año volvió al Himalaya para celebrar esa efeméride del 50 aniversario de su ascensión al Manaslu.

Es que en estos años había vuelto al Himalaya pero nunca a ese valle. Queríamos subir alguna montaña más desconocida con estos componentes de novedad, de aventura o de exploración. Pero también quería percibir cómo habían cambiado la vida en aquellos pueblos, los glaciares o el efecto del cambio climático.

Ha sido una experiencia muy intensa para mí. La propia marcha de aproximación hasta el pie del Manaslu nos ha llevado ahora a la tercera parte de tiempo que nos llevó en los años 70. Percibí cómo está llegando casi a la masificación ciertas rutas de trekking, ciertos campamentos base y algunos ochomiles. Pero también ver que en cuanto te sales de ese camino, como hicimos nosotros, aunque no estés muy lejos en distancia, estás en un lugar donde ya no pasa nadie, donde ya es otra vivencia como las de siempre, donde hay montañas que no están subidas, que uno tiene que buscar la ruta y tener esas mismas sensaciones de antes. Y eso no se ha perdido.

Fue una experiencia dura por la muerte de Carlos Suárez, que le iba a acompañar.

Una semana antes de irnos tuvo el accidente en un salto. Primero pensé en suspender todo. Finalmente, por diversas circunstancias, fuimos adelante acompañados del recuerdo de Carlos y de la tristeza, porque todo hubiera sido muy distinto si hubiéramos ido juntos. Y a mí me apetecía mucho compartir con él esta vivencia. Que aunque éramos de una generación distinta coincidíamos mucho en cómo ver ciertas cosas del alpinismo.

Otro Carlos, Carlos Soria, compañero suyo en esa expedición al Manaslu hace cincuenta años, se quitó la espina ascendiéndolo a los 86 años. Es increíble lo que hace este hombre.

Carlos Soria fue compañero en aquellas dos primeras expediciones mías cuando fuimos al Manaslu, pero luego lo ha sido en muchas otras, en muchas escaladas. Él es algo mayor que yo. Para mí es un amigo al que le tengo mucho cariño y al que valoro enormemente con una trayectoria en la que la fuerza de voluntad y la ilusión con la que ha llegado a esta edad tan avanzada me parece que tiene un mérito extraordinario. Es un ejemplo de poder hacer este tipo de cosas con la edad que tiene.

En Huesca preestrenará el documental Himalaya+50. Cambios en las montañas más altas del mundo. ¿Habla precisamente de esta transformación del Himalaya?

El documental plantea el dilema que hay con el desarrollo del turismo en el Himalaya. Es cierto que los pobladores de esos altos valles necesitan mejorar su calidad de vida. Viven en unas condiciones muy difíciles, pero a la vez hay una serie de valores culturales, del medio natural, que es muy importante no destruirlos a costa de lo otro. Es decir, hay un equilibrio difícil de alcanzar, no es sencillo, pero que conviene planteárselo antes de hacer actuaciones que solo vayan en un sentido que luego sean irreversibles.

Es un tema complejo que requiere una reflexión. La situación es muy diferente a Europa porque son países con mucha pobreza, remotos, que necesitan esos medios para avanzar. Entonces, cada caso en eso es un poco distinto y hay que valorar adecuadamente situaciones que se vayan a hacer en un medio tan frágil, delicado, como es la montaña.

¿Hacia dónde marcha el futuro del alpinismo?

Como siempre, hacia la búsqueda de territorios inexplorados, de nuevas rutas. Hacia ese campo de las montañas de 6.000, 7.000 metros, que hay centenares y centenares en el Himalaya. Es un territorio que tiene inagotables posibilidades con las capacidades de hoy en día, con un material moderno, con un entrenamiento muy adecuado de los que lo abordan, con unas previsiones meteorológicas muy certeras que te permiten saber qué tiempo va a hacer en tres o cuatro días.

Y luego hay otro elemento en esto que es ser conscientes de los cambios que está teniendo el medio natural con el cambio climático y la situación que se vive en las últimas décadas y las perspectivas que hay están afectando a las montañas de manera muy intensa.

En las montañas sufren el calentamiento global y los efectos del cambio climático de forma más intensa que en otros lugares. Muchas montañas están poniéndose más peligrosas que antes. Caen muchas piedras, menos nieve, los glaciares han retrocedido, el hielo que se produce en las grietas se funde, el permafrost se funde… Hay rutas, incluso en los Alpes o en los Andes, que se están perdiendo en ciertas fechas por el enorme riesgo que entraña. Hay que incorporar esa perspectiva al alpinismo.

Usted que ha estado vinculado durante más de tres décadas a la investigación antártica y su conservación. El jueves, en el Palacio Villahermosa de Huesca dará la charla 'Antártida, Ártico y montañas: laboratorios del cambio climático'.

Las montañas son laboratorios privilegiados para estudiar, para investigar y también para percibir los efectos que está teniendo el cambio climático, como lo son la Antártida y el Ártico. En estos momentos vivimos una situación política muy preocupante para garantizar su conservación. Sobre todo, por el riesgo a perder algo que es esencial: la protección internacional. La conservación de la atmósfera, de los océanos o de los polos es algo que nos atañe a todos y no es una cuestión individual de cada país. Estamos viviendo una pérdida de ese ánimo de conservación colectiva. La Antártida mantiene un estatus especial con el Tratado Antártico y ha sobrevivido a etapas convulsas como la Guerra Fría. El futuro de la humanidad pasa por mantener ese entendimiento multinacional.

Tiempos convulsos en los que incluso hay gente que sigue pensando que la Tierra es plana.

Que la Tierra tiene una forma esférica, que no es plana, es algo irrefutable. Entonces es importante que lo que son evidencias no se pase a considerar como creencias. Siempre hay gente capaz de apuntarse a lo que haga falta. Simplemente les diría que se fijen en lo que se sabe, en la ciencia.

¿La Tierra tiene solución?

Siempre hay soluciones. Puede haber momentos, etapas preocupantes en las que prevalecen más unas tendencias problemáticas, pero yo creo que hay capacidades en el mundo como para reconducir las cosas. Soy optimista.

Este invierno intenso de nevadas en el Pirineo ha sido un argumento para los negacionistas del cambio climático.

La sucesión de episodios intensos que hemos tenido, como las inundaciones, las olas de frío, las nevadas muy intensas… son un reflejo de una atmósfera y unos océanos calentados que provocan este tipo de fenómenos que se van a seguir produciendo. Y los Pirineos, que es un escenario magnífico para la investigación y las actividaes en montaña, es igualmente sensible a estos fenómenos.

¿En este contexto es lógico apostar por la industria de la nieve como motor de desarrollo de las comunidades del Pirineo?

Es peligroso mirar estas cuestiones solo desde una óptica desarrollista y de que va a permitir más explotación, más llegada de recursos, más frecuentación de gente. Esta visión puede conllevar que se pierdan otros valores de forma irreversible que hacen que este medio natural sea atractivo. Hay que mirarlo de una manera más allá que de unas circunstancias políticas momentáneas. Tendríamos que tener esa capacidad para valorar qué tipo de actuaciones lógicas debemos hacer para mejorar la calidad de vida de quienes viven en esos lugares y hacerlos compatibles con la conservación de esos valores únicos que contienen nuestras montañas.

Usted que ha recorrido medio mundo. ¿Cuál es el lugar que más le ha impactado?

Esto es muy difícil. Hay muchos. El momento que me produjo la primera vez que fui al Pirineo, el impacto de observar esas grandes montañas pero tan accesibles, que uno puede recorrer. O el Himalaya, descubriendo paisajes, poblados remotos, pequeñísimos, esos gigantes de nieve, roca y hielo. Y cuando fui a la Antártida. El contacto con aquellos animales que no había visto nunca, aquella ausencia de ruidos, tanto frío, los mares helados, los grandes témpanos, toda aquella sensación… Es algo que se queda grabado, es algo distinto a lo que uno ha vivido antes.

Por eso debemos defender que haya sitios en la naturaleza que le sigan aportando esas emociones a otros, conservarlos en estado puro, donde la ausencia de gente y el silencio te inviten a adentrarte en ellos y descubrirlos. No debemos perderlos.

¿Cuál es la aventura que le queda por hacer?

Afortunadamente, sigo interesado en las montañas y en la investigación geológica, sigo involucrado en la investigación antártica, sigo conectado al alpinismo, sigo subiendo montañas siempre que puedo. Volví a la Antártida en 2024 y al Himalaya en 2025. Hay muchos más sitios en los que no he estado que en los que sí, y aunque vuelva las vivencias son nuevas. Mantengo esa ilusión, aunque naturalmente adaptada, siendo consciente de la edad que uno va teniendo, de mis capacidades. Quizá no me importaría repetir esa caminata por el río Ara que le conté antes que hice con 16 años.

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