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Una noche mágica en La Renclusa: "Te tiene que gustar la montaña para venir a tocar hasta aquí arriba"

Los conciertos empiezan a romper el silencio ortodoxo de los refugios como un complemento atractivo para las estancias de los montañeros. Acompañamos al grupo ‘Mountain of Music’ hasta el mítico cobijo alpino de Maladetas en una actuación llena de emociones compartidas y reivindicación del amor por las montañas

Carles Hidalgo, Elisa Masy Landry Riba, en un momento de su actuación en el refugio de La Renclusa el pasado sábado.

Carles Hidalgo, Elisa Masy Landry Riba, en un momento de su actuación en el refugio de La Renclusa el pasado sábado. / SERGIO RUIZ ANTORÁN

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Sergio Ruiz Antorán

Sergio Ruiz Antorán

Y esa última nota se suspendió ingrávida en el silencio. Nadie quería ni podía romperlo. Esa emoción escapó por la ventana, voló libre entre la oscuridad, planeando entre las Maladetas, rasgando las frías agujas de las últimas crestas, filtrándose por las grietas de los ibones deshelados, desvelando a marmotas dormilonas, correteando con los sarrios como el brillo de una estrella. Como ese hilo de luz que acaricia la cara en la tormenta, como ese viento que silba en los collados, como en el aleteo renacido del quebrantahuesos, en la voz de Elisa se deshilachaba el alma de las montañas. Por eso nadie se atrevía a cerrar la noche más mágica de La Renclusa.

A las diez, silencio. Hoy no. El ortodoxo toque de queda de todo refugio se saltó por las alegrías de un lenguaje común: la música. Una música de montañeros para montañeros. Esos, como público, que al día siguiente subirían al Aneto, esquiarían el glaciar o afrontarían el corredor de Estasen. Y aquellos otros, ‘Mountain of Music’, el grupo que tocaba para ellos a 2.140 metros.

Amigos unidos por la montaña

Elisa Más y Carles Hidalgo vienen calentitos. Por la mañana se han zampado los 2.180 escalones de la Vertical de Montserrat. A las cuatro han quedado en la Besurta con Landry Riba y Elías Porter, que vienen de Andorra y La Seu. Aún queda nieve en la subida. “Cuando vinimos a tocar en marzo sí que estaba todo blanco”, reconoce Carles. Todos portean sus instrumentos. El más enjuto, Landry, muta en un caracol rítmico bajo su enorme contrabajo. Cristina y Marta son sus sherpas de la amistad. “Somos todos amigos unidos por la solidaridad, la montaña y la música”.

Los componentes del grupo musical, tras la ascensión.

Los componentes del grupo 'Mountain of Music', tras la ascensión. / CRISTINA PEREA

Todos se sientan alrededor de una buena cena. Lentejas, un guiso con cuscús y una ronda de anécdotas. “En el anterior concierto la gente se vino tan arriba que se subieron a una mesa y terminaron todos en el suelo. Habrá que avisarles que no lo hagan”, recita Elisa, vocalista de dulces pulsaciones y disco propio, ‘Wings’, inspirado en un viaje al Kilimanjaro.

Entre mil batallas, recitan cómo tocar en refugios les unió. En Cataluña y Andorra es algo más habitual. “Los mejores son aquellos en los que no hay wifi. La gente se entrega más”. En Aragón empieza a desperezarse este circuito. Ellos han actuado en Cap de Llauset y Bachimaña. “Yo tenía un proyecto de música electrónica y hacía sesiones en refugios de Andorra. Vi que Elisa también hacía conciertos acústicos. Le escribí por redes y un día nos juntamos y tocamos sobre los precipicios de Tavertet. Era finales de 2021, aún estábamos saliendo de la pandemia”.

‘Wish You Were Here’, el himno de Pink Floyd a la nostalgia de la ausencia, abre la actuación. El impacto es súbito. No es casualidad. Fue la que tocaron Elisa y Landry en ese primer encuentro. Luego se unieron más, como el guitarrista Carles. Todos corren o han corrido por las montañas, competido en raids de aventura, escalado... “Somos un colectivo de músicos aficionados a la montaña. Te tiene que gustar para venirte a estos sitios. La anterior vez que subimos a La Renclusa, en marzo, trajimos un saxo y hoy debuta con nosotros Elías con el violín”, afirma Landry, de casa de pastores del Pirineo.

El repertorio

4 Non Blondes, Leonard Cohen, Coldplay… La suave garganta de Elisa enhebra ‘covers’ que van calando en sus notas empapadas de sentimiento. La penumbra del anochecer inyecta intimidad en el comedor lleno, que solo se ilumina por unas lucecillas de Navidad enredadas entre los micros y los dos pequeños bafles. Los solos se suceden entre éxitos reconocibles que animan el coro y caldean una atmósfera entre invitaciones al baile, susurros de baladas e interpretaciones virtuosas; Carles se retuerce sobre su pequeño ukelele para clavar el riff de Slash en ‘Sweet Child O’ Mine’. Los aplausos se encadenan hasta explotar en trueno cuando Landry lee un manifiesto en defensa de las montañas como santuarios ante la vorágine de la sociedad moderna.

En una bancada afila el último trago Joan. Son un par de parejas de Tarragona. “Íbamos a venir hace unos meses, pero anulamos por el riesgo de aludes. Al darnos la nueva fecha nos dijeron que habría un concierto y nos pareció bien”. A pocos les pilló de sorpresa. A ninguno le disgustó. Incluso hay quien ha ido de propio. “La gente se va conociendo en los conciertos y han creado un grupo de WhatsApp para juntarse”, desvela Carles.

En primera línea de mesa, Iñaki se las sabe todas, enamorado de las montañas. Vasco, se impulsa juguetón cuando anuncian ‘Bella Ciao’. Sabe la coreografía e involucra a varios desconocidos para enrolarse en el baile. “Siempre quise hacer monte, pero nunca me animaba. Hasta que los descubrí por redes. Iban a hacer un concierto en un refugio de Andorra y buscaban gente que les ayudase a llevar el equipo. Me animé”, insiste, convertido en todo un ‘groupie’ que ya les ha visto “cinco o seis veces”.

Este grupo está compuesto por músicos conectados por su pasión por las montañas. “Esta es la nueva Renclusa, queremos animarla para que la gente venga”, dice Álvaro, el guardés

Álvaro no para. De detrás de la barra salta hacia las mesas o sube rápido a las habitaciones, que casi están llenas. Está en todo. Hasta que Elisa le reclama. Saca un cajón de detrás de una cortina y complementa un par de canciones con su ritmo flamenco. “Esta es la nueva Renclusa. Queremos animarla. Hacer cosas distintas para que la gente venga. Hoy somos más de noventa”, asiente el sevillano de Benasque, uno de los cuatro nuevos gestores del refugio, que recuerda la fiesta reivindicativa que hicieron en marzo para todos los ‘guardianes de la montaña’, con el madalenero Rapsusklei al micro y la chef Iris Jordán a los platos.

La noche borra el reflejo de la nieve que se resiste a desvanecerse tras las ventanas. Llega el final. Queda una última. Elisa pide que se apaguen las luces. Cuando comienza ‘Now We Are Free’ el hilo de su voz para el tiempo en una meditación colectiva que desborda el silencio de La Renclusa, todos atrapados por el alma de esas montañas que nos unen en su magia.

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