LA MONTAÑA EN ARAGÓN
El rey del Aneto amplía su imperio: Jonatan García encadena el Aneto, Posets y Monte Perdido en menos de 43 horas
Jonatan García encadena ‘su’ Aneto al Posets y Perdido en autosuficiencia y en menos de 43 horas de machada completando las transiciones en bici. Esta nueva aventura abre una nueva era para ‘la bestia’, sin abandonar su recreo del Valle de Benasque, ante retos de gran distancia en todo el Pirineo

Jonatan García, por la cresta de Salenques-Tempestades / JONATAN GARCÍA

“Tío, no te lo vas a creer. ¡Nunca he visto la Brecha de Roland!”. La confesión es todo un bombazo cuando desciframos la identidad del sincero avergonzado. Es el rey del rey, aquel que cuenta por centenares sus conquistas en el Aneto, el pirineista que ha desarmado relojes entre sus gendarmes, domado todas sus crestas, tejiendo locuras en sus agujas, afilando líneas en el caos de rocas o volando libre todos sus cielos. Es Jonatan García, señor de Maladetas, su imperio, ese recreo en el que juega hazañas inhumanas, ese que ahora mira por encima de sus horizontes. “He ampliado mi mapa, ahora me vienen a la cabeza otro tipo de proyectos, de más larga distancia por otros lugares del Pirineo”.
Él, ese futbolista vasco que en el verano de 2011, con un par de colegas, subió su primer Aneto como cualquier otro dominguero, que cayó embrujado por el valle y una bella montañesa, que empezó a formarse con una ambición infinita y metodología estricta hasta frustrarse de la gloria artificial del ochomilismo, hasta encerrarse en casa para materializar sus ‘pedradas’, ese mismo “solo había subido tres veces el Monte Perdido. La primera fue justo esa vez que vine para ir al Aneto en 2011. Al día siguiente lo subimos por Neril. Recuerdo comprarme a la bajada unas cucharas de boj. Luego volví con un amigo en 2014 para hacer la invernal por el Collado de Añisclo y encadenar las Tres Serols. No había regresado”.
Hasta que otro colega le llamó hace unos días desde Bielsa. “¿Por qué no te vienes y subimos por la norte?”. Él, mitómano y coleccionista de las aperturas de Ravier y su admiradísimo Arlaud, no pudo decir que no a una de las ‘clásicas’ de los pioneros. “Pasamos el glaciar y fuimos por los corredores porque aún tenían buenas condiciones. En la cima me dijo de bajar a comer a Torla, pero no me apeteció. Me explicó que se podía bajar por el collado del ibón Chelau, pero preferí destrepar por el ascenso. Fue una paliza”.
Se le quedó la mosca detrás de la oreja. La idea le rondaba “una de las gordas” desde hace tiempo. “El 98% de mis proyectos son en el Valle de Benasque, pero ahora, desde que ando en bici desde hace tres años, pienso en otras rutas de larga distancia. Le comenté, como siempre, a Gerardo Bielsa el poder encadenar los tres grandes: el Aneto, el Posets y el Perdido. Me dio algún consejo y me animé”.
Vio que la semana pasada daban buena meteo y que se sentía con fuerzas para acometer la proeza de 315 kilómetros (218 de transición en bicicleta) y 12.723 metros de desnivel. Él, de horario francés (come al mediodía y se acuesta a las nueve), empezó a las 4:00 para subir a la Besurta dando pedales y tomó rumbo al Collado de Salenques ligero, “con un cortavientos, un yogur, unas barritas y medio litro de agua”, para volver a colgarse de la cresta hacia Tempestades “que habré hecho unas setenta veces”. En casi siete horas estaba en el cénit descruzado del Aneto (3.404). Bajó por el Portillón y la Renclusa para recuperar la cabra y tirar de largo hacia Espigantosa, de ahí a Orús, al ibón de Llardaneta, al Pavots y cruzarse el filo integral de Coronas hasta el Posets/Llardana (3.375), al que llegó a las 19:30. Y de nuevo para abajo.
En Eriste deshizo su rodada y tomó rumbo a casa para tomar un respiro, que no abandonar. “Sé que era un riesgo porque puede llegar a casa, tirarte en el sofá y abrirte una bolsa de cortezas y que le den al mundo. Pero soy metódico: sequé la ropa, cargué el móvil, me comí unos macarrones y un plato de quinoa con col que me había preparado mi mujer y marché por la noche como tenía previsto”.
El largo tramo en la oscuridad hasta L’Aínsa ya lo había entrenado alguna vez, pero desde ahí a Bielsa empezó su ‘aventura nueva’. “Aparqué en la Pradera al amanecer y subí por el Balcón de Pineta. ¡Qué lugar más bonito! Qué verticalidad, qué cascadón. Si viviera allí sería uno de mis lugares favoritos para entrenar”. Se acercó al ibón de Marboré y subió por la ruta normal porque el glaciar no estaba ya para bromas: pasó el collado bajo el Cilindro y directo a la Escupidera. Alcanzó la Punta Alta de Tres Serols (3.355) al mediodía.
Descendió por el mismo itinerario “rápido porque aún quedaba nieve por la que vi corretear a unos sarrios”, pero dándose cuenta de que había cometido un error. “Por minimizar tiempo no me quité el culotte y se me hizo alguna rozadura en la ingle que, por suerte, no me molestó para lo que me quedaba de regreso en bici. Una lección para el futuro”.
Hizo todo completamente solo, sin ningún apoyo, con lo justo. “Llevaba unos cuantos euros y en Bielsa me paré a comer una pizza de pollo y tomarme un Cacaolat, que me encanta. Si llego a reventar la rueda tengo que llamar a mi suegro para que venga a buscarme”. Le anocheció al llegar a Castejón de Sos. “Habría previsto hacerlo en dos días y al final me quedó en 42 horas y 47 minutos”.
Esta experiencia ha cambiado su perspectiva. Ahora ve horizontes más lejanos, proyectos más kilométricos. “Hasta ahora me daba pereza coger el coche. Me gustan las cosas sencillas y desde casa tengo millones de cosas que hacer. Ahora que veo que puedo empalmar con la gravel pienso en ampliar mi mapa… y cuando asfalten la pista de Chía será más fácil”.
Su mayor peso es pedir ayuda, le parece egoísta pringar a alguien en sus movidas, aunque sería más fácil si le ayudasen “a trasportar la bici de un lado a otro para subir por una vertiente y bajar por otra. No soy Kilian, él tiene un equipo porque se lo puede permitir, se lo ha ganado y puedeo pagarlos porque es increíble. Lo que hizo en el Pirineo, en Alpes, ahora en Estados Unidos, con travesías con 2.000 kilómetros de bici... Es una brutalidad”.
Él se siente más fuerte que nunca, incluso más cuando encadenó los 51 tresmiles del macizo de la Maladeta en 34 horas, enlazó las crestas Salenques, Llosas y Alba en veinte horas o conectó el Posets, Perdiguero y Aneto en inviernal. “Tengo muchísima más experiencia y físicamente me encuentro como nunca a mis 41 años. Fíjate que al día siguiente aún pude correr doce kilómetros, las piernas me aguantaban”. Está hecho un toro. En las próximas semanas se correrá la ultra del Valle de Arán y la Aneto-Posets.
Y entre tantas animaladas él se queda con otros momentos más mundanos. Todos los días recoge a su hijo del cole y muchas veces se van al rocódromo. “Con cuatro años ya hace vías de cuarto grado de segundo. Ojalá un día pueda venir conmigo. Tengo tantos proyectos en la cabeza que seguro no me dará tiempo a hacerlos y, si quiere, él podrá seguirlos”. Quizá llevarle a ver la Brecha. Quién sabe. El rey amplía su imperio para su amado heredero.
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