32.000 personas abarrotan la plaza del Pilar de Zaragoza: Ferran es un maño más
El gol del delantero hace estallar a una marea roja y blanca que se vació animando a la selección española, a la que guio desde miles de kilómetros de distancia hacia su merecida segunda estrella. Desde el primer momento, Zaragoza fue una bombonera y, aunque sufrió, acabó disfrutando y celebrando el éxito español en el Mundial

Pablo Ibáñez
No se queden en el titular. Ferran Torres no es aragonés ni zaragozano, pero desde ya mismo, como Don Andrés Iniesta Luján, Ferran es un maño más, un manchego más, un balear más o un andaluz más. Ha hecho feliz a todo un país con un gol que ya es historia y Zaragoza lo cantó a lo grande.
La plaza del Pilar volvió a no fallar, pero tuvo que roerlo para saborearlo. Pasó de la fiesta y la confianza extrema en esta selección a la agonía ante un partido tan, tan difícil para después estallar de júbilo y de alegría. Un éxtasis colectivo sin igual. 32.000 personas, a ojo de buen cubero, de Goya a la fuente de la Hispanidad, llenando una plaza del Pilar increíble, con un ambiente sin igual. Parecía el pregón de las Fiestas del Pilar, no un partido de fútbol.
Con el sol todavía ajusticiando ya eran miles y miles de personas las que se agolpaban frente a las tres pantallas gigantes instaladas en el centro neurálgico de Zaragoza. Si contra Bélgica y Francia el ambiente ya fue de diez, ante Argentina no se quedó atrás. A la hora del partido, mirar desde el privilegiado balcón del Ayuntamiento de Zaragoza, desde lo alto, dejaba la boca abierta. Solo se contaban cabezas y más cabezas, sin hueco alguno. Zaragoza salió a la calle, igual que toda España.
16 años hacía que España no jugaba una final del Mundial y pilló con ganas, especialmente a los más jóvenes. Y no es solo vivir el momento, es compartirlo, porque es difícil encontrar en España algo que una más que el fútbol. Pequeños y mayores, todos unidos por el mismo sentimiento.
Mientras la marea roja y blanca iba tomando posiciones, muchos aprovechaban para refrescarse tratando de esquivar el calor. Otros muchos se pintaban las caras o los brazos con la cara de España y antes del duelo los aficionados tenían muy claro que España iba a ganar. La confianza era plena y absoluta en un equipo que había demostrado hasta la final, y en ella, que era el mejor de las 48 selecciones.
Dos jóvenes ataviados con el pack completo de camiseta, bandera y cara pintada estaban muy tranquilos: «No hay nervios, estamos segurísimos de que va a ganar España», dijeron. No se quedó atrás la porra, que fue un 4-0 con goles de Lamine, Oyarzabal, Porro y Fabián. La misma seguridad mostraba una aficionada acompañada con sus amigas: «Vamos a ganar seguro, 3-0, con goles de Lamine, Olmo y Porro».
Y otro seguidor, con la superventas camiseta blanca, era más cauto: «Va a ser un partido muy difícil porque Argentina tira mucho de corazón, aunque creo que somos superiores a nivel futbolístico». Además, no quiso jugarse la porra por superstición.
De Nico a Ferran
Además, la enjundia del partido se dejó notar desde el primer momento y no solo por la enorme afluencia en la plaza del Pilar, sino en la intensidad con la que los miles de aficionados de La Roja vivieron la final incluso desde antes del pitido inicial.
Con el himno de España, Zaragoza se vino abajo cantándolo con alma y corazón, con los pelos de punta. Y acto seguido, con los acordes argentinos, hubo un ensordecedor sonido de cierzo.
Con el inicio del partido la intensidad se mantuvo en todo momento. Desde el primer instante cada falta fue protestada, cada golpe gritado y en cada acercamiento argentino se palpaba la tensión. Y cuando España llegaba a la meta del Dibu Martínez el griterío iba en aumento, aunque siempre se quedó en un «¡Uy!». En la primera ocasión de Lamine Yamal a alguno que otro se le escapó un grito de gol ante la desesperación por la oportunidad desperdiciada y lo mismo ocurrió con el balón que le cayó en la frontal a Oyarzabal y que detuvo el Dibu, así como con el tiro cruzado de Cucurella, al que más de media plaza animó a probar suerte.
La plaza comenzó a creérselo aún más con la meredisíma expulsión de Enzo Fernández y luego pasó un microinfarto con el fundido a negro de una de las pantallas, la principal. Por suerte, duró muy poco. Con el gol anulado a Nico Williams pasó de la alegría al enfado en cuestión de segundos, pero cuando marcó Ferran... los decibelios sonaron a música celestial.
Abrazos, besos, gente a corderetas, petardos, bengalas, banderas de España al viento... Orgullo, pertenencia, sabor a campeón. Hubo otro conato de alegría con el segundo gol de Ferran, que fue anulado, y un resoplido general de alivio cuando Giuliano falló dentro del área casi al final. Con el pitido del árbitro la fiesta ya se desbordó tanto en toda Zaragoza Coches pitando y la Plaza de España con ganas de celebrar por fin alguna alegría. Ferran Torres ya es una superestrella.
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