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LA OPINIÓN DE ÁNGEL GINER

Philipsen y Ocaña

Philipsen, tras ganar la etapa de este miércoles en el Tour.

Philipsen, tras ganar la etapa de este miércoles en el Tour. / Agencias

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Zaragoza

Este miércoles era la etapa de última oportunidad para los llegadores. Por eso la carrera se manifestó loca desde el inicio hasta que todos los magos del esprint que quedan, salvo Girmay, se embarcaron en una fuga multitudinaria, integrada por desahuciados de la Ley Pogacar.

Esa anomalía dio lugar a un sprint en petit comité que justificó la presencia de Philipsen en el Tour. Ha sido su victoria número once, que no es poco. Pero hoy se cambia de escenario y se llega la cima mítica de Orcières Merlette. Allí, en 1971, cerró Luis Ocaña una jornada épica que figura en libro de oro del Tour.

La etapa venía de Grenoble. Un ataque inicial de Agostinho pilló al Molteni de Merckx descuidado. Delante se metieron Agostinho, Zoetemelk (líder), Ocaña y Van Impe que pedalearon como posesos para arruinar por una vez al astro belga, absolutamente desconcertado. Bajo un calor tórrido, a sesenta kilómetros de meta Ocaña atacó y se fue en solitario en una gestión imposible frente al invencible Merckx, el cual, destrozado y roto entró en meta a casi nueve minutos del español.

Allí el belga declaró: “Nos ha matado a todos como El Cordobés mata a un toro”. El Tour estaba sentenciado pero la tragedia del descenso del Col de Mente cambió el destino. Ocaña protagonizó la primera evacuación en helicóptero del Tour abriendo la rueda de mala fortuna que siempre le buscó, pese a su triunfo de 1973.

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