La montaña en Aragón
La victoria más emotiva de la Gran Trail Aneto Posets: "Terminar la carrera con mis hijos me ha hecho muy feliz"
Juli, Rubén y Paula protagonizaron una de las historias más intentas y preciosas de la última Gran Trail Aneto Posets. Esta brava madre montisonense (61 años) completó en compañía de sus dos hijos los exigentes 105 kilómetros de la ultra en una exhibición de amor y orgullo que perdurará para siempre en sus vidas

Juli, Paula y Rubén, felices. / GTAP

Qué es una victoria. Qué es ganar. Quiénes son los verdaderos campeones. Confundidos, erramos al sostener ese valor en una nota ajena, en un resultado efímero, en un cronómetro fugaz o en un trofeo dorado que se oxidará. El triunfo real, ese que nunca cesa, descansa en las emociones más sinceras, en esos escalofríos que inscriben recuerdos con ecos en la eternidad. Esta es una de esas historias de vencedores rotundos, absolutos, que pervivirán en lo insuperable: el amor de una madre a sus hijos, el orgullo de unos hijos por su madre. En Juli, Rubén y Paula, ‘la familia’ que conquistó para la inmortalidad la última ultra de la Gran Trail Aneto Posets.
Cuando en plena comida de Navidad, Juli Fernández soltó la bomba, nadie se metió debajo de la mesa. “¿Por qué no nos apuntamos a la ultra de Benasque?”. Ella miró por alusiones a su hijo Rubén, no por casualidad: con él había completado el triatlón olímpico de Barcelona. Ni se inmutó. “No dudé. Le dije que sí. Sabía que era un tren que pasaba ahora y que quizá no lo podríamos coger en el futuro”. Al otro lado de la mesa, Paula, más chica, menos montañera, reclamó la atención de todos. “No me lo iba a perder”.
Si la secuencia no es muy habitual, vamos a poner todo en contexto. No, porque no es muy normal que una mujer de 61 años quiera correr una distancia de 105 kilómetros con 6.760 metros de desnivel positivo. Más inhabitual es que la acompañen sus dos hijos y que entre ellos disten 15 años (44 y 29), “pero son del mismo padre”, recalca Juli. En los pronósticos era inimaginable que terminaran. Tampoco importaba. “Daba igual el tiempo, el ritmo que llevásemos, incluso que cuando acabáramos en Benasque hubieran quitado el arco de meta. Queríamos llegar y llegar juntos, fuese como fuese”, reconoce Juliana.
No era un ecosistema extranjero para ella. De Monzón, brava, en plena forma, “aunque las rodillas se resienten”, recuerda como si fuera ayer esas acampadas en la chopera a la salida de Benasque a principios de los ochenta. “Tenemos algún vídeo con mi padre de esos días de vacaciones, entonces se podía poner la tienda en cualquier lado”, añade Rubén. Fue más tarde, cuando compraron casa en Sesué, cuando empezaron las aventuras entre senderos que cada vez llegaban más lejos, hasta desembocar en los tresmiles más míticos y en esas correrías más exigentes. “Primero me apunté de escoba a la Maratón de las Tucas. Me enganchó y la corrí cinco años seguidos. Hace dos probé La Vuelta al Aneto. Terminé tan cansada que pensaba que la Ultra sería demasiado para mí”, relata la matriarca.

La familia, en plena prueba. / GTAP
Y ahora os desvelamos otro secreto fundamental para entender esta gesta. Los hijos se apellidan Moracho. ¿Les suena? “Sí, mi padre es el hermano de Javier, el finalista olímpico y campeón en vallas. Recuerdo ir con él a esquiar de pequeño, competía en todo. Ha sido siempre un fenómeno. Ahora, con casi setenta, va en bici. Nos vino a ver a la salida”, dice Rubén. “Está claro que por ese lado tenemos buena genética, pero como está mi madre, por el otro igual”, apostilla Paula.
Rubén ha seguido la saga atlética a su manera. Profesor de Educación Física en Barcelona, con experiencia en Ironman, triatleta, multidisciplinar, no era su primera vez en la carrera de Benasque, aunque la paternidad le alejó del compromiso de la competición. Comprometido por la causa, él fue quien preparó la planificación de entrenamientos y hasta la carga nutritiva que llevarían en sus mochilas. Sin embargo, atrapado contra el rompeolas y con dos bichos pequeños a sus espaldas, apenas escapaba a cumplir alguna serie en las rampas de Collserola o del Tibidabo. “Veía el Strava de mi hermana y me motivaba. Ha sido un viaje de seis meses, un contacto directo e indirecto”.
A fuego
Ellas iban a fuego. “Entre semana hacíamos gimnasio: spinning, Body Pump y pilates. Y andábamos mucho”, rememora Juli. Los fines de semana escapaban donde dejaba el parte de nevadas. “Al ser profesora aprovechaba para salir alguna tarde. Me iba a la Sierra de Carrodilla y subía al Buñero a hacer mil metros de desnivel y veinte kilómetros”, relata Paula, más inexperta en estas faenas montañeras. En 2025 debutó por las pedreras acompañando a su madre en la Maratón de las Tucas y un poco antes completando la Trail Tozal de Guara.
Cuando los espesores menguaron, subían a Sesué. “Acumulábamos en todo el fin de semana treinta kilómetros y más de dos mil metros de desnivel, intentando hacer rutas que coincidieran por el recorrido para que mi hija se acostumbrara al terreno. Nos subimos el Posets desde Eriste e los tres hicimos un simulacro, por la noche, con los frontales, que casi llegamos a Salenques”, relata.
Se consumieron semanas y semanas, se acercaba la hora y los nervios arreciaban. “La noche anterior apenas dormí”, reconoce Paula. Rubén apareció el jueves por el valle desde Menorca. Por fin estaban juntos y el reto asomaba. “La organización se enteró de nuestra historia y nos hicieron un reportaje de fotografías, nos grabaron con un dron y a mi hermana le dieron una GoPro para que la llevara durante la carrera. Queríamos que fuera todo muy íntimo y se ha convertido en toda una película”, resalta Rubén.

Emoción en la llegada a meta. / GTAP
La carrera fue intensa desde el principio. Desde esa emblemática salida a medianoche. Ahí llegó la primera imagen para la eternidad. “Nos fundimos en un abrazo y Rubén dijo algo que nunca olvidaré: ‘Ya hemos ganado. Estar aquí ya es haber vencido, ahora disfrutemos’”, narra Juli. Él sería el que llevaría la voz cantante. “Sabíamos las horas de corte y nos adaptamos a ellas. Apretábamos en los tramos que podíamos correr”, recalca la madraza.
El plan empezó a flojear como las piernas del primogénito. Al llegar a Ixalenques, guiados por el tañido de la esquella en la oscuridad, Rubén empezó a sentirse regular. Su hermana, que iba fresca, tomó el relevo: “En teoría era el que iba a ir sobrado y al final me limitaba a poner el pie donde ellas lo ponían”.
Al terminar el primer ciclo, las ampollas estaban ya reventadas y la cabeza ronroneaba incógnitas. Llegaron con suficiente tiempo como para comer tranquilos y hasta echarse una ducha “para tonificar el cuerpo”. Al comenzar la redolada al Llardana, llegaría otro instante que nunca se extinguirá. Paula tenía una sorpresa. Del bolsillo sacó su móvil y en él brillaba una esperanza renovada. “Quería tener una bala extra para motivarles y ese momento era clave. Unas semanas antes les pedí a amigos y familiares que nos mandaran un pequeño mensaje de ánimo y edité un vídeo con todos”, dice Paula. “La bala funcionó”, responde Rubén.
Con esas fuerzas renovadas, alcanzaron a su ritmo el Ángel Orús y se encaminaban a la linde con el Sobrarbe cuando, de nuevo, el hijo sufrió un buen blancazo. “Pensaba que no podía continuar. Entonces, mi madre hizo de madre. Me cogió del hombro y me dijo que no me preocupara, que comiese, que me tomara el tiempo que necesitara, que no pasaba nada si no llegábamos en el tiempo”. Esa mano cálida de amor reconfortante, esa comprensión sin límite, relanzaron su corazón en la bajada a Biadós.
Emocionante
No sería el último segundo crítico. Llevaban dos noches sin dormir, más de treinta horas, el calor azuzaba y las lumbares de Paula reclamaban el abandono. “Me dolía todo. No sabía si iba a llegar, pero sí que desde el collado era todo bajada, aunque quedaban cinco horas. Al llegar al refugio de Estós vi cómo nos recibieron todos los voluntarios y exploté. Fue una mezcla de cansancio y emoción. Una chica andaluza se acercó, me cogió de la mano y me dio ánimos, me dijo que lo íbamos a conseguir”, recuerda.
Eso es lo que más destacan. El soporte de todos: el porrón revitalizador de Monrasín, el masaje en Coronas, los avituallamientos llenos de alimentos y cariño... Cómo se fue extendiendo su gesta, iban siendo reconocidos, eran ‘la familia’, arropados por un entusiasmo y un ánimo que les acompañó hasta la gloria de los últimos kilómetros. “La humanidad de los voluntarios ha sido lo mejor”, coinciden.

Rubén, en pleno 'avituallamiento'. / GTAP
Llega el último plano imborrable: en ese pasillo final de todo el público en Benasque, entre aplausos y vítores mientras la organización atronaba con su historia desde la megafonía, masticaron todas las emociones de cada zancada. Lo habían conseguido. Iban a llegar. Iban a terminar juntos. Eran los campeones. “Cruzar ese pasillo con tanta gente animándonos, cruzar la meta con mi madre y mi hermano de la mano. ¡Lo habíamos hecho y lo habíamos hecho juntos! Es un orgullo. Es un orgullo tener una madre así. Ella es la protagonista”, dice Paula, y asiente Rubén al unísono.
Ha pasado una semana y a Juli no se le evapora la emoción del cuerpo. Ese es el síntoma inequívoco de ese escalofrío del corazón, de ese eco infinito que es la verdadera victoria: “El tiempo y la vida pasan, quizá no podré volver a hacer algo así. Y hacerlo con mis hijos quedará para siempre. Me han hecho muy felices”.
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