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LA OPINIÓN DE ÁNGEL GINER

Megaespectacular

Esta vez el Tour no innovó. Por primera vez copió el circuito de los Juegos

Pogacar, al frente del pelotón pasa junto al Arco del Triunfo de París.

Pogacar, al frente del pelotón pasa junto al Arco del Triunfo de París. / ASO / THOMAS MAHEUX

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Zaragoza

A Pogacar le va el barro. No tenía necesidad de jugarse el tipo en las peligrosas calles de Montmartre, pero su coraje le supera. No sirve para el falsete. Es un auténtico tenor. Quería pasar primero por delante de la escalinata de la Basílica del Sagrado Corazón, reconvertida en fanática tribuna.

En las tres ascensiones del programa buscó la ruptura absoluta ante el delirio de miles de parisinos que escoltaban su adoquinado con una afluencia propia del metro en hora punta, pero a ese escenario le falta cancha para las cualidades del esloveno. Aún así saco de su chistera, junto con Van der Poel, un virtuoso final de Tour -megaespectacular- nada comparable con aquellos mecanizados sprints de Abdoujaparov, Cavendish o Greipel en los Campos Elíseos.

Dos galápagos como Van der Poel y Pogacar mantuvieron a raya a la jauría de llegadores que aspiraba a la última etapa. Finalmente un agónico Mathieu clavó su daga en todos ellos y mató sus aspiraciones con un justo triunfo. Nunca se agradecerá suficientemente a la Olimpíada de Paris la introducción de ese escenario en el ciclismo. Esta vez el Tour no innovó. Por primera vez copió. Un Tour que pareció desposeído de su alma competitiva por la caída de Vingegaard, se transformó en un espectáculo permanente para terminar siendo una de las ediciones mas bellas de lo que va de siglo.

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