LA MONTAÑA EN ARAGÓN
Tres rutas por la Comarca de Jiloca: una diversidad de sorpresas
La Comarca de Jiloca ha desplegado una entusiasta red de senderos para recorrer este extenso y variado mapa turolense en el que se encierran árboles singulares, vestigios bélicos, aromas serranos, castillos de asombro, cicatrices mineras, estepas áridas, humedales, huellas jurásicas... una tierra que esconde mil atractivos que descubrir

El sabinar de Olalla es un conjunto arbóreo de gran interés. / SERVICIO ESPECIAL

OLALLA. PASEO AL SABINAR
El alivio estival en una ruta familiar a la sombra
Punchada y elegante, el campanario de la antigua iglesia de Olalla desafía en equilibrio al incrédulo que llega a esta población absorbida administrativamente por Calamocha. Bonita, su mudéjar reclama la atención desde las alturas.
Esta pequeña localidad esconde otro tesoro. En sus alrededores encontramos uno de los sabinares mejor conservados de Aragón. A él nos encaminaremos en una excursión sencilla, fácil de seguir y corta (no más de ocho kilómetros llanos), ideal para pequeñajos y que, con estos calores, reconforta por el auxilio de la sombra y el refresco de un paraje con paradas para aprovisionarse de agua.
Elegimos esta, pero deben saber que uno de los fuertes en la Comarca de Jiloca son sus árboles singulares: hasta nueve catalogados encontramos en su interior. Investigando en la web comarcal se toparán otras rutas para surcar rebollares, carrascales o individuos asombrosos de almez.
El itinerario no tiene misterio. Salgamos de Olalla siguiendo hacia el oeste por un área agrícola. El descenso nos deja pronto entre árboles, pasando por un abrevadero para girar al norte y entrar ya en el bosque. No corran, vayan con calma, admirando cada sabina albar, sus inmensas copas y el intríngulis de ramas que nos cobijan del sofocante sol o de la lluvia.
Llevamos nuestros pasos al barranco de Cenizales, donde el ambiente cambia de imprevisto. Entre chopos enormes, balsas de riego y abrevaderos para los rebaños, volveremos poco a poco a Olalla por la rambla del Sabinar.

Las formaciones calcáreas del Caño El Gato. / SERVICIO ESPECIAL
RUBIELOS DE LA CÉRIDA. CAÑO EL GATO
Un viaje desde la Guerra Civil al periodo Jurásico
Volver a casa con más peso en la mochila nunca está mal. Más si es con conocimiento de nuestra tierra. No es tampoco mala idea si el aprendizaje tiene que ver con ese pasado cercano y horrible que deberíamos aprender para cultivar paz y concordia, pese a que eso suponga ahora ir contra el algoritmo.
No se confundan. Nos vamos a Rubielos. No de Mora. De la Cérida. No dejen de visitarlo. ¿Razones? Les grito una: ¡En medio del pueblo hay una sima! Varias leyendas ilustran su origen; la del cura, la del carro de mulas... cada cual más curiosa. En el Torretón se han hallado vestigios íberos y romanos.
Señalada y circular, la ruta salta desde el aparcamiento de las trincheras de la Guerra Civil, las mejor conservadas de la provincia: 200 metros en zigzag, parapetos, nidos de ametralladora o refugios.
¡Vamos a andar! Tenemos 14 kilómetros por delante. Entre campos nace un sendero rocoso que luego se estrecha para más tarde engordarse. Estas mutaciones nos dejan en los abrevadores del Plomicero y sus carrascas. Ellas y algunas sabinas nos acompañan en una subida hasta hilvanar con el itinerario que viene de Monreal.
Nos metemos en el Caño el Gato, un singular paraje calizo. La erosión ha esculpido formas curiosas, bautizadas con tino e imaginación, como el rincón conocido como las Capillas o la Paridera. Fíjense en la piedra porque aquí se han sacado fósiles de animales marinos del Jurásico.

La minería dejó su huella latente en este costado del Jiloca. / SERVICIO ESPECIAL
OJOS NEGROS. CIRCULAR A SIERRA MINERA
Las cicatrices mineras entre lagos renacidos
Te dicen Ojos Negros y hay dos respuestas: piel canela o mina. A nosotros nos valen las dos, aunque caminaremos por la segunda, reconociendo en esta localidad su singularidad industrial y geológica. Nos esperan explotaciones oxidadas, el antiguo barrio minero, humedales y barrancos en un recorrido variado que permite descubrir cómo la naturaleza ha ido recuperando un paisaje roto por la extracción de hierro desde que, en 1900, Ramón de la Sota y su primo Eduardo Aznar fundaron la compañía minera Sierra Menera.
Partimos del casco urbano en dirección al molino de viento para alcanzar las Salinas Reales antes de adentrarnos en el agradable barranco de Montiel. Tras cruzarlo atraparemos la antigua planta de clasificación del mineral, pasando junto a las tolvas y con la posibilidad de acercarnos a la ermita del Santo Cristo. Muy cerca aparecen los basaltos, una curiosidad geológica poco habitual que merece una pausa antes de continuar entre vestigios de la actividad minera.
El recorrido prosigue hasta los cocherones y el mirador del lago El Menerillo, antiguo espacio extractivo convertido hoy en un humedal. Rodeamos sus orillas para enlazar, en plena estepa, un tramo de la Vía Verde Ojos Negros-Sagunto hasta alcanzar el Barrio Centro, donde conviene detenerse para conocer sus singulares edificios.
El regreso corre por una cómoda pista que observa la obra escultórica del viento en las formaciones de la Piedra del Mortero, poniendo la despedida a nuestra breve visita a la Comarca de Jiloca.
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