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El viaje de 1.300 km en bicicleta de un aragonés hasta el mítico puerto de Furka, en los Alpes suizos: "Ha salido perfecto"

Enrique Cortés, vecino de Alcañiz, ha completado en una semana la ruta entre la localidad turolense y el hotel Belvedere, que logró la fama mundial gracias a una película de James Bond hace más de 60 años

El aragonés Enrique Cortés, frente al hotel Belvedere, en los Alpes suizos

@enriquecortes_ (cedida)

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Iván Ruiz Jiménez

Iván Ruiz Jiménez

Zaragoza

Algo más de 1.300 kilómetros separan la localidad turolense de Alcañiz y el puerto de Furka, en los Alpes suizos, cuya aparición en la trama de la tercera película de la saga de James Bond (Goldfinger, 1964) le otorgó, junto a su principal tarjeta de presentación, el icónico hotel Belvedere, cerrado y abandonado desde 2015, esa fama mundial que solo un bombazo cinematográfico era capaz de conseguir mucho antes de Internet y, por supuesto, de las redes sociales.

No fue ese reclamo cinéfilo, sino el puro azar el que ha hecho que esos dos puntos geográficos, tan alejados y sin ningún nexo de unión aparente, tengan sentido en una misma historia, en la de un alcañizano, Enrique Cortés, que acaba de completar ese recorrido en bicicleta en tan solo una semana.

"Todos los años hago una ruta de ese tipo durante las vacaciones y este año no sabía dónde ir; vi esa zona por Instagram y me entró por los ojos", asegura este profesor de Formación Profesional (FP) en automoción y mantenimiento de vehículos. La forma escogida para completar esa ruta fue el bikepacking, una modalidad cicloturista o de las carreras calificadas como de supervivencia donde todo lo imprescindible para el viaje se lleva en unas bolsas especiales adheridas al cuadro, sillín y/o manillar. La máxima antes de lanzarse a la aventura es clara: cada kilo a cuestas cuenta.

Hotel Belvedere, en Suiza

Hotel Belvedere, en Suiza / Liu Xiao (Wikimedia Commons)

Y así, una vez elegido el destino "una semana antes" de ponerse en marcha casi por azar y atraído por ese entorno de postal -y de cine-, preparó su exiguo equipaje: "Una tienda de campaña ultraligera, una colchoneta, una esterilla, ropa para dormir y un neceser con cosas básicas". Por delante, siete jornadas acompañado solo por su Bianchi de color celeste.

200 kilómetros diarios

Que nadie se piense que cualquiera puede despertarse un día y decidir completar un recorrido semejante como si nada. Aunque por momentos, así lo parezca escuchando parte del relato de Cortés: "Metí la ruta en Koomot -una aplicación para planificar rutas al aire libre de senderismo, ciclismo o running-, poniendo los puntos de salida y llegada y diciéndole que quería ir por carretera; me iba metiendo por carreteras secundarias y carriles bici, quitándome todas las autovías; es una maravilla".

La realidad es otra. Aunque el camino sea cómodo, la exigencia física, dejando aparcado el lado competitivo, nada tiene que envidiar a pruebas de segundo nivel del calendario UCI World Tour. Este alcañizano, ciclista amateur, dicho sea de paso, completó las siete etapas de su viaje con una media de 200 kilómetros diarios y sumando casi 52 horas sobre la bicicleta.

Imagen de la bicicleta de Enrique Cortés durante una parada en Girona

Imagen de la bicicleta de Enrique Cortés durante una parada en Girona / Enrique Cortés (cedida)

"Mi idea era dormir donde pillara, pero al final de la primera etapa llegué a una zona de Barcelona donde todo eran pueblos y no podía dormir en ningún sitio. Encontré un camping y, a partir de ahí, sí que buscaba de manera anticipada otros para poder ducharme, porque ese aspecto se me estaba haciendo un poco duro", reconoce.

"Casi todos los días salía a las 11 de la mañana, entonces iba bien desayunado y me detenía en gasolineras o supermercados, lo que pillara, para echarme algún snack; luego hacía un parón para comer para comer en cualquier lado"

La comida es la otra gran preocupación para un viaje de estas características. "Casi todos los días salía a las 11 de la mañana, bastante tarde, entonces iba bien desayunado y me detenía en gasolineras o supermercados, lo que pillara, para echarme algún snack; luego hacía un parón para comer en cualquier lado", detalla Cortés. Con la cena sí que era más exigente, ya fuera en el propio camping de turno, en un restaurante del lugar o en un hotel. "Si no, al día siguiente estás sin fuerzas", puntualiza.

"Se me hizo más duro Montañas Vacías"

En una semana rodando durante más de 1.000 km por tres países y con un acumulado de 12.000 metros de desnivel, las probabilidades de que la meteorología hiciera de las suyas -Francia ha vivido un verano inédito con varias olas de calor que se han ido encadenando- o algún contratiempo que ocurriera. Pero no ha sido así, en esta ocasión. "No me ha pasado absolutamente nada, ha salido un viaje perfecto".

Sí sufrió algún pinchazo sin importancia. "Cosas que pueden pasar", dice. También algún día "que llovió más de la cuenta" y la noche le comió. También días de fatiga que pesan poco a quien está acostumbrado a batirse en terrenos incluso más adversos. "Se me hizo más duro Montañas Vacías", confiesa, en alusión a la famosa ruta de 700 km que transcurre por parte de la Laponia española, a través de los Montes Universales, la sierra de Albarracín, la serranía de Cuenca, el alto Tajo y las sierras de Gúdar y Javalambre. "Como todo es tan nuevo, vas disfrutando y se te pasa el día volando", apunta.

Con todo, sí hace una pequeña concesión: "Llevaba una media de 200 km, me lo planteé un poco también como reto y algún día sí se me hizo un poco bola; quizás me lo hubiese pasado mejor yendo un poco más relajado; eso sí, esta semana estaba reventado, pero lo esperaba peor".

Así hasta llegar a su destino. "Empecé a subir puertos, puertos, puertos, bajar por Suiza y ya con unas bajadas que me quedé flipando, y ya el último puerto, el de Furka, donde fui emocionadísimo durante toda la subida", confiesa Cortés. Y allí estaba, a pocos metros de coronar el Furka. El hotel Belvedere. Fin de la aventura.

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