Si la indecisión política está abocando a Europa al borde del precipicio, algo semejante sucede en EEUU, donde los dos grandes partidos siguen enzarzados en un pulso ideológico más orientado a las presidenciales del 2012 que a la posible e inminente debacle. Casi todo el mundo en Washington da por hecho que se alcanzará un acuerdo para aumentar el techo del endeudamiento antes del 2 de agosto y evitar así la suspensión de pagos.

Esta en juego la credibilidad de la mayor economía del mundo, la primacía del dólar como reserva internacional de facto y la suerte de la titubeante recuperación mundial. Mientras, sin embargo, se pierde el tiempo en escenificaciones teatrales como la que vivió ayer el Congreso. Los republicanos, reacios a aceptar subidas de impuestos a las rentas más altas y las corporaciones, como quieren los demócratas para compensar los recortes del gasto social, presentaron un proyecto de ley para enmendar la Constitución. Bautizada como Cut, Cap and Balance, e impulsada por los ultraconservadores del Tea Party, fijaría el techo del gasto en el 18% del PIB, obligaría al Gobierno a presentar presupuestos equilibrados y supeditaría cualquier subida de impuestos a la aprobación de dos tercios del Congreso.

Aunque permitiría a la Casa Blanca aumentar el techo de la deuda, no tiene posibilidades de ser aprobada. Para los demócratas dejaría al Estado sin armas fiscales para estimular la economía, mermaría demasiado el Estado de bienestar y lastraría la recuperación. Por si acaso, el presidente, Barack Obama, ya ha dicho que está dispuesto a vetarla.

El resto del mundo contiene la respiración. Un default podría generar un "armagedón económico", según la Casa Blanca. EEUU no tendría dinero suficiente para pagar todas sus obligaciones. Aunque se da por hecho que priorizaría el impago de las pensiones o los salarios de los funcionarios sobre los réditos que debe a sus acreedores extranjeros, en manos del 53% de su deuda pública si se excluye la porción controlada por el Gobierno, sus bonos del Tesoro y el dólar podrían hundirse, arrastrando a las bolsas y provocando en el camino una rebaja de la solvencia de EEUU.

En el peor de los escenarios el pánico podría drenar el mercado de préstamos a corto plazo y abocar a la quiebra a muchas instituciones financieras. El Congreso estudia otras alternativas más viables a la votada anoche. El caos es perfectamente evitable.