Economía del submundo
JUAN Royo
Los cómics de la editorial Autsaider están llenos de moralejas económicas y empresariales. En Submun-dos (Kaz, 2015) hablan de productividad, delegación, motivación y nuevas maneras de trabajar (NW2W, new Way To Work). El jefe necesita del joven empleado llamado Newton que esté revolviendo papeles hasta las doce en punto. A esa hora le reclama que esté perdiendo el tiempo junto a la máquina de agua y contando chistes. "Para allá que voy", exclama solícito. A las 15.00 horas le reclama que se mantenga sentado a ratos en su puesto el resto del día. "Sin problemas", le responde Newton. Pero musita: "¡Es que aquí tengo que hacerlo todo yo!"
También de factores externos que condicionan el mercado laboral, excluyendo a muchos y abocándoles al paro estructural. Con la escalada de desgracias a nivel mundial, payasos y cómicos y humoristas de todo tipo se entregan en los campos de concentración locales. "Ya nadie os necesita para nada, pollos", afirma el carcelero. "Corre el rumor que están soltando a los payasos tristes primero", le susurra una pelusa con gorro de joker a un clown subido a un minúsculo coche de policía.
Y de aparentes políticas de Responsabilidad Social Corporativa (RSC), éticas cambiantes y principios mutantes que se retuercen cuando las perspectivas del mercado no son las deseadas. El osito bebé acude a la feria para que la pitonisa le revele su futuro. Su sueño era vivir en una chalupa tocando el banjo. Pero la bruja le vaticina que crecerá y se transformará en un depredador nocturno de cuatro metros y media tonelada que vivirá solo en una cueva comiendo basura. ¿Existen negocios que se lucran con la desgracia ajena o cuyos negociados parten de una información asimétrica? Los hay.
Contra esa anti-RSC, nada mejor que el activismo, la economía local, de cercanía, y el consumo responsable. "Han conquistado nuestros mercados y esclavizado a nuestras gentes", musita Creeper, una rata mutante que vive en Nueva York. "General, aguardo órdenes", le espeta Sam Snuff ataviado de vikingo con casco y espada. "A mi señal, sangre y fuego", gritan mientras se lanzan a través de un parking desierto a una metafórica y desigual lucha contra un gran centro comercial.
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