Llamamiento de los arquitectos asturianos a aprovechar los bosques (hoy semiabandonados) para producir madera apta para la construcción: "La estamos importando..."
Miguel Casariego, decano del Colegio de Arquitectos, afirma que la demanda de madera laminada encolada y contralaminada está creciendo en el sector, lo que abre una oportunidad para los montes de la región

El futuro sostenible está en el bosque / LNE
Miguel Casariego Rozas
Miguel Casariego es decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias
Hace algún tiempo, en una conferencia del ingeniero de montes Abel Vega, le escuché expresar una idea que me pareció de una claridad deslumbrante: "Si nos dijeran que se ha inventado una máquina capaz de capturar el dióxido de carbono del aire empleando energía renovable y gratuita, nos apresuraríamos a fabricarla a gran escala; pues bien, esa máquina ya existe, y se llama BOSQUE".
Tal vez la idea sea suficientemente elocuente por sí sola, pero trataré de desarrollarla en el contexto de la amenaza climática y la evolución de la técnica edificatoria y su normativa reguladora.
EL EFECTO INVERNADERO
Como es sabido, el aumento de la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera ha roto el equilibrio entre la cantidad de energía que nos llega del Sol y la que nuestro planeta es capaz de devolver al espacio exterior. A esa pérdida de capacidad reflectante, que se traduce en ganancia energética, la denominamos "efecto invernadero", y su consecuencia directa es el "calentamiento global". El gas de efecto invernadero (GEI) más importante es el CO2, y sus emisiones se producen fundamentalmente con la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural), que durante los dos últimos siglos han sido nuestra principal fuente de energía. Por si esto no fuese suficiente, otro GEI menos perjudicial pero más abundante es el vapor de agua, y su concentración en la atmósfera aumenta con la temperatura. Nos encontramos pues —y nunca mejor dicho— ante la tormenta perfecta.

Bosque de Meres. / M. Casariego
Para revertir los sombríos pronósticos de la crisis climática, gran número de países —incluido el nuestro— se han puesto de acuerdo para implementar políticas dirigidas a reducir significativamente las emisiones de GEI, con la esperanza de que los más reticentes se vayan sumando a este esfuerzo colectivo a medida que las alteraciones meteorológicas vayan siendo más incontestables y apremiantes. En la Unión Europea, todos los sectores sociales han sido llamados a colaborar, e importantes fondos comunitarios se están destinando a ese propósito. Por su parte, la edificación lleva mucho tiempo comprometida con la limitación del consumo energético, y comienzan a dar resultados las nuevas maneras de concebir las envolventes y las instalaciones de los edificios. Pero a medida que los inmuebles —tanto los rehabilitados como los de nueva planta— van reduciendo su demanda de "energía operativa", cobra más importancia la necesidad de actuar sobre la energía empleada durante el resto de las etapas que componen el ciclo de vida completo de los edificios, y para ello es preciso poner el foco en las emisiones que se producen antes y después de su periodo de utilización.
LA HUELLA DE CARBONO
El procesamiento de los materiales de construcción durante las etapas anteriores y posteriores al periodo en que los edificios son habitados (extracción, fabricación, transporte, obra, deconstrucción y reciclaje) requiere una considerable cantidad de energía primaria, la mayor parte de la cual sigue siendo de origen no renovable. Las emisiones totales de CO2 que se producen en esas etapas se evalúan mediante un factor denominado "huella de carbono", y su reducción es actualmente uno de los objetivos prioritarios del sector.
La directiva europea EPBD (del año 2024), relativa a la eficiencia energética de los edificios, tiene por finalidad controlar la sostenibilidad de la edificación a través del cómputo pormenorizado de la huella de carbono de los materiales constructivos, y su transposición a la normativa española está prevista para el año 2026. En una fase preliminar se obligará a declarar la huella de carbono en los proyectos, y posteriormente se exigirá que esa huella no sobrepase ciertos límites preestablecidos. Como suele ser habitual, la consecución de los objetivos marcados se planteará mediante premios (ayudas y subvenciones) y castigos (denegación de licencias). Cuando la disposición legislativa española entre en vigor, uno de los materiales que experimentará un avance importante será la madera, pues este antiguo material de construcción (tal vez el más antiguo de todos) tiene una huella de carbono prácticamente nula debido a que las emisiones de GEI que se producen a lo largo de las etapas "no operativas" se equilibran (o incluso se superan) con el CO2 que la madera captura del aire durante su etapa de crecimiento.

Madera laminada encolada y madera contralaminada / LNE
Y aquí volvemos a la idea inicial de este artículo: el bosque es una eficiente y sofisticada maquinaria transformadora de CO2 en tejido vegetal. El agua procedente del terreno es absorbida por las raíces de los árboles y conducida hasta las hojas, donde en presencia de la luz solar se combina con el carbono del aire para devolver oxígeno y fabricar un material leñoso cuyas asombrosas propiedades aún no hemos conseguido igualar con todo nuestro progreso científico y tecnológico. Pero además de purificar el aire y producir un amplio repertorio de tipos de madera, el bosque es un lugar repleto de vida y de belleza, el hogar de una inmensa variedad de seres vivos de cuya supervivencia depende la nuestra. Y por esa razón, ante los devastadores incendios que nos azotan cada vez con más frecuencia, se impone la necesidad de encontrar soluciones que aseguren su preservación.
¿POR QUÉ ARDE EL BOSQUE?
"El bosque se quema si no se cuida, y no se cuida si no es rentable". Esta doble afirmación, aparentemente simplista, podría aplicarse con rigor a gran parte de la superficie forestal de España, y ayuda a entender por qué los incendios no se producen en los bosques de pino Valsaín o de pino Soria (por citar solo dos ejemplos de zonas arbóreas bien gestionadas). El aspecto de los bosques en los que se practica una silvicultura adecuada se parece muy poco al que ofrecen aquellos que dormitan abandonados a su suerte, donde la ausencia de clareos selectivos y la proliferación de matorral y arbustos crean condiciones idóneas para la propagación de los incendios, bien sean naturales o provocados.
El análisis de esta realidad pone de manifiesto que, más allá de la desidia, la irresponsabilidad y la falta de imaginación, la solución no está en dedicar más recursos a la extinción de los incendios y poner en riesgo la vida de más personas, sino en convertir los bosques en lugares seguros y en fuentes reales de riqueza. Y para ello conviene dirigir la mirada hacia los países con mayor tradición y cultura forestales, en los cuales la madera no solo se utiliza para producir papel, embalajes, astillas o pellets, sino principalmente para fabricar materiales de construcción en sus múltiples formatos modernos. Gracias a la investigación aplicada, estos productos industrializados han ido evolucionando para ajustarse a los diversos requisitos de la edificación, logrando superar las limitaciones que presenta la madera aserrada fuera de su ambiente natural: tamaño, imperfecciones puntuales, resistencia transversal y vulnerabilidad frente al ataque del agua, los agentes bióticos y el fuego. Entre todos los formatos comerciales disponibles actualmente, centraremos la atención en la madera contralaminada, conocida por su abreviatura inglesa CLT (cross laminated timber).
LA MADERA CONTRALAMINADA (CLT)
Los paneles de madera contralaminada se fabrican mediante encolado y prensado de sucesivas capas de tablas colocadas alternativamente según las dos direcciones del plano de las piezas. Aunque a una escala muy superior, su principal virtud se basa en el mismo principio mecánico de los tableros contrachapados (desarrollados a finales del siglo XIX), pues la disposición cruzada de las fibras de la madera les confiere una gran estabilidad dimensional y un comportamiento homogéneo. El resultado de este proceso industrial es un material tan resistente como el hormigón armado, pero cinco veces más liviano y doce veces más aislante térmicamente. Muy fáciles de mecanizar, ensamblar y desensamblar, los paneles CLT pueden fabricarse en grandes dimensiones, tan solo limitadas por el tamaño de los medios de transporte. Gracias a sus excelentes propiedades físico-mecánicas, con estos paneles se pueden construir —con notable rapidez y precisión— los elementos más masivos de los edificios: estructuras verticales (muros de carga), estructuras horizontales (forjados) y cerramientos (fachadas, cubiertas y particiones interiores).
Otra ventaja relevante respecto a los materiales pétreos tradicionales del sur de Europa (ladrillo, hormigón, mortero…) es su excelente aptitud frente a la fisuración, patología responsable de un elevado porcentaje de los daños reclamables en los edificios convencionales. La notable ligereza de estas piezas, y esa reciedumbre que les permite soportar golpes, movimientos y deformaciones sin agrietarse, facilitan significativamente su transporte y su manejo durante la ejecución de las obras. Pero tal vez lo más destacable de los paneles CLT —y de cualquier otro elemento constructivo fabricado con madera— es su contribución a la sostenibilidad global en virtud de su función "secuestradora de carbono", aspecto que distingue a la madera de los materiales que han protagonizado la construcción durante los últimos siglos (cerámica, cemento, hormigón, acero, aluminio, vidrio…).
LA FABRICACIÓN AUTÓCTONA
Nuestro país —tercero de Europa en extensión forestal— acumula un notable retraso en cuanto al uso de la madera en la edificación. La demanda de elementos estructurales de madera laminada encolada (MLE) y de paneles de madera contralaminada (CLT) crece paulatinamente, pero seguimos importando de otros países la mayor parte de estos productos debido a que, por el momento, no existen en España suficientes empresas que los elaboren. Y mientras esto ocurra, los sobrecostes y los impactos medioambientales derivados de la logística continuarán obstaculizando el empleo de estos renovadores y ventajosos sistemas constructivos.
No es difícil asegurar que cuando las emisiones de CO2 asociadas al transporte se evalúen debidamente, y la huella de carbono de los edificios comience a verificarse con rigor, aumentará de manera significativa la demanda de este tipo de materiales, y muy especialmente la de aquellos que se fabriquen a distancias razonables de los puntos de consumo. ¿Será entonces cuando comencemos a valorar nuestros bosques y a disponer las medidas necesarias para garantizar su rentabilidad y su preservación? ¿No sería preferible comenzar a hacerlo ya?
CONCLUSIÓN
Vivimos en un mundo cada vez más complejo, donde las decisiones suelen adoptarse teniendo que elegir entre opciones que presentan al mismo tiempo ventajas e inconvenientes. Con frecuencia nos vemos obligados a escoger la menos mala de las alternativas posibles, y solo en muy contadas ocasiones tenemos la suerte de poder optar por soluciones que, resolviendo los problemas planteados, producen beneficios sin acarrear efectos negativos indeseados.
Esta afortunada coincidencia se produce en el caso que nos ocupa, pues orientar la gestión de nuestros bosques hacia la producción de madera apta para la edificación, e invertir en instalaciones industriales que transformen ese material natural en elementos constructivos eficientes y sostenibles, son las dos caras de una estrategia mucho más acertada y rentable que incrementar la dedicación de recursos humanos, técnicos y económicos a la extinción de incendios en bosques semiabandonados.
He aquí algunas de las principales recompensas de esa estrategia a corto, medio y largo plazo:
- Rentabilizar los bosques y asegurar su futuro.
- Garantizar su limpieza y evitar la propagación de los incendios.
- Cuidar la naturaleza y la biodiversidad, y proteger la vida y los bienes de las personas.
- Contribuir a la creación de empleo y a la fijación de población en el medio rural.
- Controlar el contenido de dióxido de carbono del aire y mitigar el cambio climático.
- Producir materiales de construcción eficientes y con escasa o nula huella de carbono.
- Industrializar la edificación e incrementar su calidad técnica.
- Mejorar las condiciones laborales de los trabajadores y paliar la escasez de mano de obra.
- Reducir el peso de los edificios y el tamaño de sus cimentaciones.
- Acortar los plazos de ejecución de los edificios y disminuir su coste.
Siendo conscientes de la importancia y la urgencia de rentabilizar y proteger los bosques, así como de las ventajas que supone el empleo de materiales de construcción derivados de la madera, desde el colectivo de los arquitectos hacemos un llamamiento al espíritu empresarial del sector forestal de nuestro país.
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