Con el cierre de la hostelería debido a la crisis del covid-19, se han disparado las concentraciones de jóvenes (y no tan jóvenes) en lugares públicos para realizar una práctica considerada como diversión: el consumo de sustancias estupefacientes como el alcohol o los «porros», con los que consiguen alegría finita y dependencia creciente.

Estas reuniones son cada vez más grandes, incapacitando a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para contener los disturbios causados por ellas. Los Ayuntamientos tampoco pueden hacer nada, y el Gobierno, que se supone que es el que promulga las leyes, tampoco propone ninguna solución ante un problema que nos afecta a todos.

Para corregir este problema tenemos que analizarlo y empezar por el principio. ¿Por qué es tan común un método de diversión asociado al alcohol que puede llegar a convertirse en una adicción causante de tantas muertes al año? Porque sí, unas 37.000 personas de todas las edades mueren en España por culpa del alcohol, y a pesar de los avisos de nuestros profesionales sanitarios, este número sigue aumentando. 

Otra aportación más: un estudio entre adolescentes realizado por la Fundación Alcohol y Sociedad revela que el 41% de los encuestados pensaban que la sustancia les hacía estar más simpáticos y alegres, el 14% pensaba que de esa manera vencen su timidez, otro 14% porque «se liga más», mientras que el resto lo hacía para «vencer su autocontrol»

¿Cuál sería la solución?

Entonces, ¿la solución sería cambiar la ley, y que se permita el consumo de alcohol entre menores, habilitando zonas públicas destinadas a este propósito?, ¿o por otro lado la posibilidad de poner duras sanciones a aquellos que incumplan la ley?... Pues ninguna de estas opciones es recomendable: expertos confirman que el consumo de alcohol entre menores lleva a daños cerebrales irreversibles relacionados con la memoria, el pensamiento y el juicio. Por otra parte, en la ciudad de Granada, en 2007, se habilitó una zona para la práctica del botellón, que acabó por prohibirse por el crecimiento que obtuvo. En cuanto a las sanciones, la realidad nos dice que acabarían por imponerse solamente a los que han causado grandes daños y destrozos y no a todos los que incumplan las normas, por lo que no modificarían la conducta de la mayoría en un futuro.

Por el momento, y al parecer por mucho tiempo más, tendremos que esperar a que se impongan normas serías que regulen de verdad este tipo de cuestiones. Por ahora tendremos que conformarnos con charlas educativas que, pensamos, no influyen en la decisión final de los jóvenes, pero el tema de la educación, lo dejamos para otro artículo.